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La expulsión es un buen negocio para el senador Horvath

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Los partidos de masa han perdido sentido político en la democracia electoral en la era del neoliberalismo. Las agrupaciones políticas hoy, no cumplen ninguna de las funciones que, clásicamente, se les atribuían; no conectan a los ciudadanos con el Estado, tampoco son escuelas de educación cívica y ni siquiera asumen la responsabilidad de seleccionar liderazgos, mas bien son sólo mafias que se autorreproducen, que se reparten el botín del Estado y que transforman los procesos electorales en pactos duopólicos – muy similares a aquellos que implementan las farmacias para coludirse respecto a los precios de los medicamentos -.

Los partidos de masas están en decadencia – las leyes de Michels son tan “evidentes” como lo son los principios físicos de I. Newton – así, los partidos políticos son excrecencias que, en una sociedad libre, tienen que, necesariamente, desaparecer. Para mí, al menos, el sostener que los Partidos, tal como son concebidos en la actualidad, son consubstanciales a la democracia, además de ser un lugar común, es una falacia, pues terminan convirtiéndose en reproductores de una plutocracia, cada vez más lejana del ciudadano.

Las socialdemocracias, las democracias cristianas y los partidos comunistas son resabios del siglo XX que, por cierto, van a tardar bastante en desaparecer, y los sistemas electorales son apenas una argucia para mantener intacta la democracia elitista.

Las teorías de organización de partidos políticos, en especial el centralismo democrático, una forma para asegurar la tiranía del comité central sobre sus militantes, la comisión política sobre el comité central y “el dictador” sobre la estructura, afortunadamente se derrumbó, junto al socialismo realmente existente, lo cual constituye una buena nueva para la humanidad, pues el socialismo burocrático se estaba convirtiendo en una institución autoritaria y obsoleta.

Hoy, lo mejor que le puede ocurrir a un militante de partido político es ser expulsado por los llamados “tribunales supremos” que, se supone, deben velar por la disciplina de sus militantes y, como también constituyen una mafia, las reglas son similares a las de una empresa y no las propias de una organización doctrinaria.

Renovación Nacional es un partido que podría ser calificado como de directorio: en la actualidad, su estructura depende del dinero del simpático de don Carlitos, que hace y deshace a su amaño en esta singular organización, donde hay liberales, pinochetistas, conservadores “pechoños” y democratacristianos inconscientes, como el Presidente Piñera.

En una mazamorra semejante un juicio del tribunal supremo es el hazmerreír; por lo demás, convertirse en senador independiente por expulsión es un muy buen negocio, pues sería adorado por el nuevo gobierno y comprado, con excelentes beneficios, para la región de Aysén – el voto de un senador independiente vale oro – además de recuperar su libertad de acción respecto de un Partido, dirigido ahora por el “conde de Tierra del Fuego”, Carlitos Larraín, mientras el “tercer Estado” no le corte la cabeza a la nobleza versallesca de la monarquía presidencial.

Lo único que ignora el senador Horvath es que los pillines de la Concertación es que tienen metidas sus acciones en ENDESA, en consecuencia, les importa un rábano el medio ambiente, y mucho menos la famosa conectividad.

Por Rafael Luis Gumucio Rivas

Clarin

 

 

 

 

 

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