Boletín de la Internacional Progresista N.º 2: Nos quieren con miedo

Desde Hyderabad hasta Caracas, las luchas por la dignidad persisten bajo la sombra de la intimidación imperial y exigen un internacionalismo lo suficientemente fuerte como para desafiarla

Boletín de la Internacional Progresista N.º 2: Nos quieren con miedo

Autor: El Ciudadano

Desde Hyderabad hasta Caracas, las luchas por la dignidad persisten bajo la sombra de la intimidación imperial y exigen un internacionalismo lo suficientemente fuerte como para desafiarla.

En el segundo Boletín de la Internacional Progresista de 2026, les traemos noticias desde la primera línea de las luchas en todo el mundo que abren un espacio para respirar frente a la dominación imperial.

En un mundo acorralado por la creciente campaña de dominación de Washington, la gente sigue abriéndose espacio para respirar y decidir.

La soberanía no es una noción abstracta, reducida a una bandera ondeando sobre un parlamento. Es la comida en tu plato. Es tu capacidad para buscar una vida mejor sin el temor de que las bombas extranjeras arrasen tus ciudades, o que las sanciones te priven de la capacidad de construir o sanar. Es la obstinada insistencia, en los países, las familias, las fábricas y los campos, de que la vida no debe organizarse para las ganancias de otrxs.

Esta urgencia se pone de relieve con la espectacular y mortífera violencia de los Estados Unidos en Venezuela, y la amenaza de más en Cuba, México, Colombia, Groenlandia, Irán y otros lugares. El secuestro del presidente Nicolás Maduro es algo más que la toma del control del petróleo de Venezuela y el intento de destruir el proyecto bolivariano. Se trata también de proyectar el poderío bruto de los Estados Unidos al mundo entero. 

El objetivo es explícitamente asustar: advertir a los Estados y movimientos de todo el mundo que no desean seguir los dictados de Washington. Para lxs estrategas de los Estados Unidos, el éxito de la operación de Caracas depende de su capacidad para quebrantar la confianza de todxs quienes luchan por la dignidad.

Apunta a los esfuerzos por construir un mundo más humano por el que los movimientos progresistas luchan durante toda su vida.

Su verdadero objetivo no es solo un gobierno en Caracas, sino todxs lxs trabajadorxs, campesinxs, comunidades y movimientos que se atreven a creer que otro orden es posible, y a actuar en consecuencia.

Desde lxs conductorxs de aplicaciones en la India hasta lxs habitantes de chabolas en Durban, desde lxs minerxs en La Paz hasta lxs huelguistas de hambre en Gran Bretaña, estas luchas se desarrollan a la sombra de esa amenaza. Persistir de todos modos ya es un acto de rebeldía que abre una perspectiva de esperanza.

En la India, lxs trabajadores temporales, lideradxs por la organización miembro de la IP Telangana Gig and Platform Workers Union (TGPWU) junto con la Alianza Internacional de Trabajadores del Transporte Basado en Aplicaciones (IAATW), han recordado claramente que incluso los lugares de trabajo más algorítmicos pueden organizarse desde abajo.

Tras las huelgas relámpago de diciembre de 2025, que movilizaron a más de 40,000 repartidorxs, lxs organizadorxs forzaron una confrontación pública con las presiones letales de los mandatos de «entrega en 10 minutos» y consiguieron una intervención que obligó a las plataformas a eliminar esa promesa de sus aplicaciones.

La lección es clara: cuando lxs trabajadorxs actúan de forma estratégica, la inevitabilidad de la economía de plataformas se resquebraja, y las personas que realmente hacen funcionar el sistema pueden imponer límites, conseguir protecciones y acumular poder para la siguiente ronda. (Puedes leer más sobre esta victoria en una entrevista con Shaik Salauddin, fundador y presidente del Sindicato de Trabajadorxs Gig y de Plataformas de Telangana, TGPWU.)

En Bolivia, lxs trabajadorxs y el campesinado se movilizaron para luchar contra una nueva reforma neoliberal. Mediante un decreto ejecutivo de diciembre de 2025, el presidente Rodrigo Paz puso fin a los subsidios a los combustibles que durante mucho tiempo han sido un salvavidas para la mayoría de la población del país. La medida desencadenó huelgas lideradas por el Sindicato de Trabajadorxs Bolivianxs, protestas continuas y bloqueos en La Paz, ya que lxs trabajadorxs se niegan a aceptar que se equilibren las cuentas a costa de ellxs.

En Sudáfrica, el miembro de la IP Abahlali baseMjondolo celebró veinte años desde que comenzó a organizarse en comunidades que viven en chabolas. En eKhenana, una ocupación de tierras que se convirtió en una comuna en Durban, construyó la Escuela Frantz Fanon, un lugar para aprender «el conocimiento de la resistencia» y profundizar en la vida intelectual compartida del movimiento, que puede pensar, organizarse y defenderse en un mundo estructurado en su contra.

(Puedes leer más sobre la comuna urbana y el proyecto de educación política de Abahlali en una entrevista con el vicepresidente Mqapheli Bonono).

En Venezuela, las comunas siguen insistiendo en que la democracia debe ser material, arraigada en la producción y la toma de decisiones colectiva, y no reducirse a ser espectadorxs cada pocos años. Sus asambleas comunales son las células básicas de un proyecto nacional socialista, cuyo objetivo es someter la producción al control democrático y destinar el excedente a las necesidades sociales, desde la educación hasta las clínicas y la vivienda. El movimiento comunal plantea un desafío directo a la narrativa imperial de que solo los mercados y la violencia pueden coordinar la vida, y que cualquier alternativa puede ser aplastada por sanciones, coacción y asedio. (Puedes leer más sobre el movimiento comunal de Venezuela y su papel en la Revolución Bolivariana y su relación con la resistencia del Estado a la agresión de los Estados Unidos en esta entrevista con la educadora popular Cira Pascual Marquina).

Y en Gran Bretaña, lxs presxs políticxs han puesto sus cuerpos en peligro por Palestina, algunxs de ellxs negándose a comer durante más de setenta días, arriesgándose a sufrir daños irreversibles para desafiar su detención y la complicidad de Gran Bretaña en la guerra de Israel.

Su huelga de hambre contribuyó a forzar una concesión clave: la denegación de un contrato gubernamental de 2000 millones de libras esterlinas al gigante armamentístico israelí Elbit Systems. Pero la importancia va más allá de una simple victoria. La huelga de hambre puso de manifiesto tanto un sistema en el que se criminaliza la solidaridad como el poder de la gente común para desafiarlo. Estas luchas son variadas y distintas. Cada una tiene su propio enemigx inmediato: una empresa, un decreto, una unidad policial, unx terrateniente, un ministerio, una potencia ocupante.

Para ganar, cada unx debe derrotar a ese enemigx en su propio terreno. Pero ninguno puede hacerlo de forma aislada, porque todxs se enfrentan a la misma arquitectura global que limita lo que está permitido: la violencia imperial y la coacción financiera; las sanciones y el robo de activos; las amenazas militares y las normas de inversión; la disciplina de los gobiernos y la degradación del trabajo; el cercado de la tierra y la destrucción del futuro.

Lo que necesitan no es solo valor en el momento del conflicto, sino una conexión más allá de él: un horizonte compartido que fortalezca cada lucha local situándola en el marco de una lucha común contra el sistema que las genera a todas.

Por eso, este momento de escalada de la agresión imperial exige un compromiso renovado con el internacionalismo.

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