Por Jean Flores Quintana
Para la lógica del mercado, el 1 de enero es solo un cambio de folio en el calendario, una oportunidad para vender ilusiones de renovación. Pero en la memoria de los pueblos rebeldes, esta fecha no marca un inicio desde cero, sino la continuidad de un combate histórico.
En América Latina no recibimos el año con una página en blanco, sino con el peso y la gloria de quienes se atrevieron a desafiar lo imposible. Es una fecha que nos recuerda que el destino no está escrito por los poderosos.
Celebramos dos amaneceres que rompieron la fatalidad histórica: el triunfo de la Revolución Cubana en 1959 y el levantamiento del Ejército Zapatista en 1994. A pesar de las décadas que los separan, ambos comparten una verdad profunda que el peruano José Carlos Mariátegui nos advirtió tiempo atrás: la liberación de nuestros pueblos no puede ser «calco y copia», sino una «creación heroica».
Y eso fue exactamente lo que hicimos: inventar nuestra propia forma de ser libres.
El primero de enero de 1959, la entrada de los barbudos a La Habana no fue solo un cambio de gobierno; fue una redefinición de lo posible.
Cuba cometió la osadía imperdonable de demostrar que se podía construir soberanía a noventa millas del imperio más grande de la historia. Nos enseñaron que la dignidad de un pueblo vale más que cualquier mercado.
Como sentenció Fidel Castro, aquella fue una revolución «de los humildes, por los humildes y para los humildes», y esa lección cruzó el océano para ayudar a liberar a África del colonialismo y encender la esperanza en cada rincón de nuestro continente. Y en esa gesta, mujeres como Haydée Santamaría nos recordaron que la política revolucionaria es, ante todo, un acto de amor radical; que «la vida no es solo respirar», sino luchar por lo que se ama hasta las últimas consecuencias.
Treinta y cinco años después, en 1994, cuando el neoliberalismo nos decía que la historia había terminado y los gobiernos brindaban por tratados comerciales que vendían la patria, los indígenas de Chiapas bajaron de la niebla para decir «¡Ya Basta!».
El Subcomandante Marcos y el zapatismo desnudaron la mentira del progreso moderno: no hay desarrollo posible si se construye sobre el exterminio de las culturas originarias. Ellos nos regalaron una profundidad ética nueva: el «mandar obedeciendo».
Fue la Comandanta Ramona, pequeña en estatura pero gigante en autoridad moral, quien nos enseñó que la lucha por la tierra es inseparable de la lucha de las mujeres, exigiendo «nunca más un México sin nosotras».
Sin embargo, estos faros de luz han sido blanco de una campaña de odio brutal. El odio que destilan las derechas y sus monopolios de prensa no nace de una preocupación democrática, sino del terror de clase.
No demonizan a estos procesos por sus tropiezos, sino por su mayor virtud: haber quebrado la jerarquía natural entre el patrón y el peón, demostrando que la obediencia no es el único destino.
Pero lo más repugnante es la claudicación de cierta izquierda acomplejada que, en su afán por ser aceptada en los salones de la democracia liberal, mira con pudor vergonzante a Cuba y Chiapas, como si fueran parientes incómodos que es mejor esconder.
Es un progresismo de calculadora en mano, domesticado, que ha cambiado la trinchera por la carrera funcionaria; sectores que buscan llegar al Congreso y a las instituciones no por convicción transformadora, sino por la ambición mezquina de asegurar sus propios bolsillos.
Se suman al linchamiento moral para parecer ‘responsables’ ante la oligarquía y cuidar sus cupos, pero al final, solo quedan reducidos a tristes administradores de la miseria y maquilladores del modelo.
El 2026 no será un año de paz, será un campo de batalla
Esta traición interna es suicida ante el escenario que se avecina.
El 2026 marca el inicio de un reajuste global violento donde nuestra América Latina deja de ser vista como continente para ser tratada, nuevamente, como botín de guerra. Las potencias ya no disimulan su hambre: vienen por el litio, por el cobre, por el agua y la biodiversidad, recursos críticos que definirán la hegemonía tecnológica y militar del siglo XXI.
La disputa entre Estados Unidos y China tensionará cada frontera, y Washington, en su decadencia imperial, buscará reafirmar su «patio trasero» con renovado intervencionismo. En este tablero, las elecciones de 2026 en Colombia y Brasil serán trincheras decisivas. No nos enfrentaremos a adversarios democráticos, sino a una derecha desinhibida y radicalizada que, bajo discursos de «mano dura», busca entregar nuestra soberanía al mejor postor extranjero.
Por eso, reivindicar este 1 de enero es un acto de legítima defensa. Cuba nos legó la urgencia de tomar el Estado para servir al ser humano; el zapatismo, la potencia de la autonomía comunitaria. Ambos caminos confluyen en la certeza de Allende: «La historia es nuestra y la hacen los pueblos».
Ante una derecha envalentonada y un mapa geopolítico que amenaza con despedazarnos, mirar atrás no es nostalgia, es estrategia de guerra. Este año nuevo no basta con pedir deseos; hay que recuperar la capacidad de organizar la rabia y la esperanza. Porque la libertad no se pide de rodillas, se conquista de pie.
Jean Flores Quintana.-

