Del catolicismo al activismo lésbico: «Esto no es una oración» de Carmina Asunción

Carmina creció en un colegio católico y en una familia donde la fe era parte de la rutina: misa los domingos, un sacerdote cercano como consejero y el tradicional Mes de María junto a sus hermanas


Autor: El Ciudadano

Carmina creció en un colegio católico y en una familia donde la fe era parte de la rutina: misa los domingos, un sacerdote cercano como consejero y el tradicional Mes de María junto a sus hermanas. No fue una crianza extrema, pero sí profundamente atravesada por esa cultura religiosa. Desde ese conocimiento íntimo surge su primera novela, Esto no es una oración, donde una joven protagonista sigue las reglas impuestas por monjas y sacerdotes hasta comenzar a cuestionarlas y descubrirse a sí misma. La historia se adentra en las zonas grises de los colegios de mujeres y en las marcas, visibles e invisibles, que esos espacios dejan en la identidad.

¿De dónde nació la idea o qué te inspiró a escribir Esto no es una oración?

Yo quería retratar el otro lado de los colegios católicos, esas pequeñas fugas que tienen las niñas en un ambiente opresivo, las contradicciones de las monjas o de lo que estaba viviendo el país con el famoso «No a la muerte, sí a la vida», mientras estábamos recién saliendo de una dictadura. Quería escribir incluso sobre la violencia psicológica que se normaliza en esos espacios

    Cuando partí escribiendo, a principios del año 2023, me sentía profundamente deprimida, había pasado por una experiencia traumática y estaba atravesando por un trastorno de ansiedad. No confiaba en nadie y apenas salía de mi casa, pensé que con la escritura de alguna forma podía sanarme o al menos pensar en otra cosa, abstraerme de mi sufrimiento escribiendo algo más agradable, pero no. Estaba equivocada. Escribía y solo volvía a revivir otros traumas, quizás porque no había sanado en primer lugar y tenía que sacar por alguna parte. Como hace años no me tomaba vacaciones, una amiga, Rubí, me invitó a su casa en Valdivia. Allá sola y frente al computador no podía parar de escribir y llorar. Salieron varios capítulos del libro esos días, no eran perfectos, no tenían un orden, me iba acordando de cosas complementando, pero seguía escribiendo, al final, pensé que tenía que seguir, total, ya iba en la mitad del camino.

    ¿Sientes esta publicación como el gran inicio de tu carrera como escritora?, ¿Cómo fue ese proceso?

    No me consideraba una autora, tampoco sabía que podía escribir. En este mismo período de fragilidad emocional me invitaron de una revista digital a escribir un micro relato llamado Lucidez terminal, esa fue la primera vez que publiqué y a las personas les gustó. Eso hizo que creyera en mí y empecé a tomarme más en serio el ejercicio de escribir. Luego de eso, tomé dos talleres literarios que fueron clave, uno con Diego Zuñiga en la librería Inquieta, donde además conocí a personas muy talentosas y grandes escritores y para terminar el manuscrito, tomé uno personal con Franco Cárcamo de los Talleres de la Correccional. Pienso que está mucho ese imaginario de la persona que escribe sola alejada de todo sin hablar con nadie, cuidando su proceso creativo, pero para mí aunque empezó así, el escribir es muy de socializar también lo que escribo. De hecho le pedí a varias amigas que fueran leyendo fragmentos. Soy muy de contar lo que voy haciendo para ver si funciona, si se entiende, si pudiera ponerle de por aquí o sacarle por allá y fueron ellas las que me iban alentando a terminar. 

      ¿Haces alguna actividad cotidiana que acompañe, motive o complemente tu rutina de escritura?

        No tengo una forma especial de complementar la escritura, me gusta pensar que trabajo para la escritura, que es un oficio, entonces soy metódica. Siempre me obligo a darme al menos tres horas a la semana para escribir y eso crea un hábito. Tampoco es mucho, pero es a lo que puedo comprometerme seriamente. No sé si las cosas se inspiran, prefiero pensar que si llega la inspiración que me encuentre trabajando, (es una frase de Pablo Picasso bien funado, pero la aplico bastante en mi vida). 

        Algo que me inspira que quizás no es tan común es que sueño mucho y tengo la ventaja de que me acuerdo de lo que sueño, entonces varias ideas o pensamientos de las cosas que escribo son los que tengo en sueños y de esas ideas salen los escritos. 

        LEE UN ADELANTO DE SU NOVELA «ESTO NO ES UNA ORACIÓN»

        Tengo en el living de mi departamento una foto familiar de los cinco juntos en la puerta del colegio, es
        de las únicas que aún conservo enmarcada. Salimos muy sonrientes, mi hermana mayor y yo
        uniformadas; yo le tengo agarrada la mano a mi papá y mi hermana chica de la mano de mi mamá con
        un traje de marinero. Debe haber tenido tres años. Sale con el pelo enredado y con una gran sonrisa,
        obvio que había estado haciendo alguna embarrada porque tenía mucha cara de mala.

        En primero básico, con cinco años, entré al colegio de la congregación de las hermanas
        descalzas, La Santísima Trinidad. Mi mamá desde siempre había querido que sus hijas estudiaran ahí
        por los contactos que quizás harían algún día: mejores trabajos, amigas con accesos a otros círculos,
        todo muy lejos, pero también todo muy concreto; además, según las estadísticas, el treinta por ciento de
        las niñas que salían de ese colegio entraban a la Universidad Católica. Entonces, sí, era un colegio de
        niñas, pero no uno en el que enseñaran economía doméstica o priorizaran la casa y familia por sobre la
        educación, era un colegio que, según se definía a sí mismo, «formaba a mujeres completas», lo que
        significaba con profesión, pero también que podía llevar una casa, con marido e hijos. Mi papá, por
        otro lado, solo quería que estudiáramos en un colegio con puras niñas; él había estudiado en un colegio
        solo de hombres y para él había sido el infierno.

        REVISTA LA LENGUA

        Suscríbete
        |
        pasaporte.elciudadano.com

        Reels

        Ver Más »
        Busca en El Ciudadano