El director rancagüino, uno de los nombres más interesantes de la nueva generación del cine nacional, habló en profundidad sobre su proceso creativo, sus actores no profesionales y el universo propio que está construyendo película a película.
En una tarde de febrero todavía calurosa, Diego Soto llega al estudio de CiNeRd, el programa de Canal Ciudadano, con la tranquilidad de alguien que ya conoce de memoria cada rincón de su propia película. Y con razón: La Corazonada lleva meses en cartelera, acumulando elogios y consolidando a su director como una de las voces más singulares del cine chileno reciente.
Se trata de una nueva película hecha desde el origami fílmico que tan bien trabaja Diego Soto desde Un fuego lejano, de 2019; Muertes y Maravillas, de 2023 y esta, La Corazonada: el relato de un amor crepuscular que nace y florece sin fronteras claras entre la realidad y la ficción durante el rodaje de una película.

La Corazonada forma parte de un fenómeno más amplio: una nueva camada de cineastas —junto a Tomás Alzamora (Denominación de Origen), Constanza Tejo (La Mutante) y Diego Céspedes (La Misteriosa Mirada del Flamenco)— que está construyendo un cine situado fuera de las zonas obvias de la capital, al margen del centro, con una mirada deliberadamente local.
Soto acepta la lectura, pero la matiza. “Para mí el cine chileno es una pregunta”, dice. “Algo que uno tiene que explorar, inventar.” Su gran inspiración, aclara, no es el novísimo cine de los 2000 sino los cineastas de los años 60, los que hacían películas pensando primero en su propio público, y solo después soñaban con recorridos internacionales. “Lo fundamental es que estas películas las hago por indagar en el mundo que me rodea”, explica. “La Corazonada la protagonizan mis tíos, y lo más importante era que a ellos les gustara”.

Esa lógica tiene consecuencias concretas en el relato. Un plano de alguien moliendo palta o sirviendo una once no necesita explicación para un espectador chileno. Para cualquier otro, puede que no signifique nada. Para Soto, esa es exactamente la apuesta: construir un cine que hable en chileno, que piense en chileno, que confíe en que los códigos compartidos entre director y audiencia son suficientes para sostener una película entera.
Esa confianza, sin embargo, no viene gratis. Una de las marcas más visibles de su trabajo es la producción mínima. Sin fondos concursables —algo que según el propio director ha sido una constante frustración— el equipo de La Corazonada filmó en apenas siete u ocho días. Eso obliga a decisiones radicales: fuera la cobertura tradicional, fuera el plano contraplano, cero dollies. «Inmediatamente la película puede ser bella, pero inmediatamente se ve más barata», reconoce Soto con honestidad. «Y eso te lo identifica el programador que selecciona para la Berlinale». Pero lejos de lamentarlo, lo reivindica como el precio de la libertad: la libertad de moverse, ajustarse, capturar lo que está ocurriendo de verdad frente a la cámara. Lo que busca, dice, es la contingencia, esa sensación de que lo que ocurre en pantalla está pasando en ese instante, irrepetible, casi como documentar a un león en la selva.

Esa búsqueda de autenticidad se extiende también a su método de trabajo con actores no profesionales, en muchos casos su propia familia. Soto no les entrega diálogos escritos. Les explica lo que deben transmitir de la manera más enredada posible, para que ellos tengan que construir su propia versión. El objetivo es eliminar la autoconciencia, ese enemigo silencioso que convierte a cualquier persona frente a una cámara en alguien que ya no es. «Me divierte filmarlos pensando qué responder», confiesa. «Eso es lo que hacemos los seres humanos cuando nos comunicamos normalmente». Lo comparé, no sin humor, con la táctica kubrickiana de desorientar deliberadamente a los actores. Soto no rechazó la analogía. El resultado es un tipo de actuación que algunos confunden con documental, y que en su película anterior, Muerte y Maravillas —ganadora en el BAFICI— llegó al extremo de incorporar a un completo desconocido el mismo día del rodaje, tras fallar un actor previsto.
Cuando en 2016 Soto comenzó a filmar en Rancagua, se dio cuenta de algo llamativo: nunca antes se había rodado un largometraje de ficción en esa ciudad. «Y así se pueden enumerar cientos de localidades de Chile que nunca han sido filmadas», señala. Para él, eso no es un dato menor. Es casi un programa estético y político: mostrar la diversidad real de un país demasiado acostumbrado a verse a sí mismo desde Santiago, con todos sus climas, sus estructuras urbanas y rurales, sus ámbitos laborales, sus formas de vida que el cine ha ignorado durante décadas.

Ahora está en pleno rodaje de su cuarta película, nuevamente en la Sexta Región, esta vez en Idahue, con algunos actores de La Corazonada y un proceso de escritura que, como siempre, ocurre mientras la cámara rueda. El guion no se completa antes de empezar: se escribe llegando a los lugares, probando ideas, aceptando que muchas fracasen. «El fracaso de una idea es como preguntarle al mundo y el mundo te responde no», dice, y en esa frase hay algo que resume bien su manera de entender el oficio.
Al cierre de la conversación, Soto formuló lo que podría ser su credo: en tiempos de inteligencia artificial, la cualidad más importante de un creador es la curiosidad. Preguntarse por el vecino, por la familia, por lo que se tiene cerca. No hace falta irse a Tierra del Fuego. La vida, con todos sus secretos y maravillas, está justo ahí, al lado. Solo hay que animarse a mirarla.
Entrevista realizada en CiNeRd, Canal Ciudadano. Conducción: Ernesto Garratt.
