Columna de opinión

En memoria de Jürgen Habermas, el filósofo de la disputa de argumentos

Como todos los grandes, Habermas tampoco estuvo exento de errores, y ya habrá tiempo para aquilatar y hacer un balance de sus muchas luces y algunas de sus sombras. Pero, con todo, en tiempos de conflictos bélicos y fake news, el filósofo y sociólogo de la disputa de argumentos deja con su partida un vacío difícil de llenar.

En memoria de Jürgen Habermas, el filósofo de la disputa de argumentos

Por Rafael Alvear

Jürgen Habermas, el filósofo y sociólogo alemán más destacado de fines del siglo XX e inicios del siglo XXI, falleció este 14 de marzo a la edad de 96 años, dejando un vacío difícil de llenar. Quien fuera uno de los principales representantes de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt y discípulo intelectual de Theodor W. Adorno, desarrolló su trabajo académico principalmente en la Universidad de Frankfurt (1964–1971, 1983–1994), así como en el Instituto Max Planck de Starnberg (1971–1983), lugar donde formuló su tratado más ilustre, La teoría de la acción comunicativa. Este libro presenta una propuesta teórica de alta complejidad que constituye un ambicioso intento por comprender la sociedad moderna a partir de un marco conceptual que considera, por un lado, la deriva alienante asociada a un sistema capitalista echado a su suerte y, por otro, las posibilidades de reorientación que aún podría ofrecer el sistema democrático mediante el debate racional de argumentos.

Adoptando la impronta intelectual de la crítica frankfurtiana, podría identificarse en esa tarea de comprender e incentivar el debate racional de argumentos el leitmotiv central de la obra de Habermas. A pesar —si no incluso debido— a las circunstancias de conflicto que atraviesan a la sociedad moderna (tal como se observa por doquier en la actualidad), la idea del debate o discurso racional vendría justamente a erigirse como una alternativa no para evitar los conflictos, sino más bien para sublimarlos en el plano comunicativo. Contra las lecturas bondadosas que de vez en cuando aparecen para santificar la imagen de Habermas, desarraigando su anclaje crítico, la idea del discurso argumentativo no está concebida como una propuesta bonachona, sino todo lo contrario: una vez asegurados el respeto y la simetría entre las partes, se apuntaría a desatar lo que él mismo acuñara en su primer gran libro, El cambio estructural de la opinión pública, como el denominado Streit der Argumente, la lucha o disputa de argumentos.

En ese sentido, el pretendido acuerdo o consenso comunicativo al que se aspira a arribar en aquella lucha o disputa de argumentos no sería en ningún caso asimilable a una negociación en la que dos posturas antagónicas se encuentran equidistantemente, sino que sería más bien una forma de vehiculizar esa antagonía mediante las palabras. De lo que se trata es justamente de sublimar el conflicto violento por vía racional o, como dijera quien hasta el final de sus días fuera una de sus principales fuentes de inspiración, Karl Marx: se trata de transitar del mero “poder sin frase” como medio de resolución de los conflictos —aquel poder que presenciamos hoy día en la geopolítica global— al “poder de la frase”, es decir, al poder de las razones y de los mejores argumentos. En definitiva, el objetivo es la conversión de la vieja fórmula de la lucha de clases en una lucha o disputa de argumentos racionalmente motivados que, cooperativamente, podrían conducir a la tan ansiada paz social.

Tal como dijera hace algunos años, la dificultad del cambio, la incertidumbre y la complejidad del mundo contemporáneo “no deben convertirse en una huida de los problemas que, si fuera acaso posible, solo podrán resolverse a la luz del día, cooperativamente, con las últimas gotas de una solidaridad casi desangrada”.

Para nadie es un misterio que los últimos años de Habermas estuvieron acompañados de un creciente pesimismo. La proliferación de los conflictos armados, junto con el impacto de la era de la “posverdad”, han golpeado el corazón de su proyecto teórico: un proyecto atado a las banderas ilustradas de un concepto de razón cada vez más a la deriva. Si embargo, si hay algo que nos deja su trayectoria, además de una amplia batería de conceptos y propuestas de enorme complejidad teórica, es el intento de rebelarse frente a las aporías de la sociedad. Al tenor de sus maestros frankfurtianos, Habermas hizo carne hasta el final la máxima que invita a aceptar el pesimismo en el plano teórico, pero sin dejar de abrazar el optimismo en el plano práctico. Con ello se apunta a una resistencia activa que aspira a trascender las trincheras de la desesperanza aprendida y a enfrentar los problemas de manera colectiva y sin aspavientos. Tal como dijera hace algunos años, la dificultad del cambio, la incertidumbre y la complejidad del mundo contemporáneo “no deben convertirse en una huida de los problemas que, si fuera acaso posible, solo podrán resolverse a la luz del día, cooperativamente, con las últimas gotas de una solidaridad casi desangrada”.

Para quienes tuvimos la suerte de conocer a Jürgen Habermas, este tipo de planteamientos escapaban de cualquier pose filosófica y estaban más bien anclados en su propio operar intelectual. La actitud racional, la apertura a debatir argumentos, así como la predisposición a no dejarse abatir por las inclemencias de la complejidad del mundo, eran disposiciones que acompañaban su quehacer práctico y de las que difícilmente renegaba. En congresos, coloquios, entrevistas, así como en el trato individual, Habermas dejaba entrever una apertura casi trascendental a dejarse persuadir por las “buenas razones”. Con el solo ánimo de honrar esa apertura, me quedo con un último intercambio epistolar que pude sostener hace tan solo algunas semanas, a propósito de una recensión crítica que me tocó escribir sobre su último libro Es musste etwas besser werden [Algo tenía que mejorar…]. A pesar del peso teórico-político de la crítica —entre otras cosas, haciendo mención a lo que ocurre en Gaza y a su propia postura pública al respecto—, Habermas aceptaba e incluso agradecía el cuestionamiento por considerarlo fundado “en buenos argumentos”.

Como todos los grandes, Habermas tampoco estuvo exento de errores, y ya habrá tiempo para aquilatar y hacer un balance de sus muchas luces y algunas de sus sombras. Pero, con todo, en tiempos de conflictos bélicos y fake news, el filósofo y sociólogo de la disputa de argumentos deja con su partida un vacío difícil de llenar. Por ello, si hemos de querer honrar su predisposición práctica, tendremos que continuar luchando, debatiendo y discutiendo sin cesar —muy al estilo del Weitermachen! de su maestro Herbert Marcuse— en pos de construir una sociedad mejor: hoy, mañana y pasado también.

Por Rafael Alvear

Doctor en sociología e investigador postdoctoral en el Centro Interdisciplinario de Estudios Europeos (ICES) de la Universidad Europea de Flensburg. Su libro «¿Sociología sin personas? Esbozos de una antropología sociológica» fue publicado por Transcript Verlag en 2020.


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