Google, Meta y reuniones sin registro: el estilo empresarial de Lincolao abre nuevo flanco en el Ministerio de Ciencia

La ministra de Ciencia enfrenta nuevos cuestionamientos tras revelarse encuentros con representantes ligados a Google y Meta que no figuraron en la plataforma de lobby. El caso vuelve a exponer el choque entre el relato empresarial del gobierno de Kast y las reglas de transparencia del Estado.

Google, Meta y reuniones sin registro: el estilo empresarial de Lincolao abre nuevo flanco en el Ministerio de Ciencia

Primero fueron las sociedades omitidas. Luego vino la renuncia del subsecretario Rafael Araos y de parte importante del equipo político del Ministerio de Ciencia. Después , las denuncias por despidos masivos y el creciente malestar interno. Ahora, un nuevo capítulo vuelve a golpear a Ximena Lincolao: reuniones y contactos con representantes ligados a Google y Meta que, según reveló La Tercera, no quedaron registrados, al menos inicialmente, en la plataforma de lobby.

El caso no aparece aislado. Más bien, se suma a una secuencia que viene tensionando a una cartera que usualmente no ocupa el centro de la controversia política. La ministra, una de las figuras técnicas con que el gobierno de José Kast buscó instalar un relato de eficiencia, innovación y velocidad empresarial en el aparato público, vuelve a quedar atrapada en el mismo problema de fondo: gobernar no es manejar una empresa.

La diferencia puede parecer obvia, pero en este caso es clave. En el mundo privado, una reunión puede resolverse rápido, con llamados, contactos directos y confianza entre ejecutivos. En el Estado, en cambio, cada encuentro con empresas, gestores de intereses o representantes de grandes corporaciones debe cumplir estándares de transparencia. No porque toda reunión sea sospechosa, sino porque la ciudadanía tiene derecho a saber quién se reúne con quién, cuándo, dónde y para qué.

Reuniones sin registro de Lincolao: Google, Meta y el nuevo flanco en Ciencia

Según publicó La Tercera, el sábado 4 de abril, mientras permanecía en Estados Unidos, Lincolao sostuvo desde su casa una reunión telemática con representantes ligados a Google. El problema es que ese encuentro no fue ingresado al registro de lobby.

Consultada por el medio citado, la ministra rechazó haber incumplido deliberadamente la normativa. Sobre ese episodio, sostuvo que “sostuvimos una reunión virtual de carácter técnico y administrativo con BS Tecnología, empresa proveedora de la plataforma de correo electrónico institucional, y con integrantes del equipo técnico de Google Administración”. Según explicó, el objetivo fue “coordinar la recuperación del acceso a la consola del dominio web institucional”.

La respuesta intenta ubicar el encuentro en un plano técnico y administrativo. Pero el punto de fondo no desaparece. Cuando una ministra se reúne con una empresa proveedora y con equipos vinculados a uno de los gigantes tecnológicos más influyentes del planeta, el estándar público no puede quedar reducido a una explicación posterior. El problema no es solo si hubo lobby en sentido estricto. El problema es la trazabilidad.

Dicho de otro modo: la transparencia no sirve únicamente para perseguir irregularidades una vez que explotan. Sirve para evitar zonas grises. Si una autoridad pública sostiene una reunión con privados en materias vinculadas al funcionamiento institucional, lo básico es que exista registro claro, oportuno y verificable.

Meta, Rincón y una visita que tampoco quedó clara

La Tercera también informó que cinco días después, el jueves 9 de abril, ya de regreso en Santiago tras el incidente en la Universidad Austral de Valdivia, Lincolao recibió en dependencias del ministerio a la ministra de Energía, Ximena Rincón, acompañada de un gestor de intereses de Meta.

En redes sociales quedó registro de la visita de apoyo de Rincón. Sin embargo, según el mismo medio, no quedó constancia pública de la presencia de ejecutivos o representantes ligados a la empresa tecnológica. Tampoco hubo, en un primer momento, registro de esa reunión en la plataforma de lobby.

Lo que sí figura, de acuerdo con la información publicada, es que los gestores de Meta tuvieron una reunión con Rincón a las 13.00 horas de ese día. Posteriormente, ambos pasaron a saludar a Lincolao y a entregarle apoyo por lo ocurrido el día anterior. Incluso le llevaron un ramo de flores. Pero no quedó registro de aquello ni de los temas tratados.

Desde el entorno de la ministra, según La Tercera, explicaron que el entonces subsecretario Rafael Araos recibió durante la mañana a representantes de Meta, reunión que sí fue inscrita bajo la Ley de Lobby. Sin embargo, la visita del gestor durante la tarde, junto con Rincón, no figura en los registros oficiales.

Y ahí está el punto sensible. No se trata de convertir un ramo de flores en prueba de nada. Tampoco de sostener que cada saludo protocolar constituye necesariamente lobby. El problema es otro: cuando un gestor de intereses de una Big Tech entra a un ministerio y termina en una reunión con la autoridad máxima de la cartera, aunque sea en el marco de una visita de apoyo, el estándar de transparencia exige más que una explicación informal.

La alerta interna: el Estado no funciona a punta de confianza

El episodio, según La Tercera, encendió alertas internas. Funcionarios y asesores aseguran que en más de una ocasión se le advirtió a la ministra que cualquier encuentro con representantes de compañías o grupos de interés debía ser inscrito, incluso si no había sido solicitado formalmente por Ley de Lobby. “El administrador siempre se lo indicó”, afirmó una fuente citada por el medio.

La frase es relevante porque saca la discusión del terreno puramente administrativo. Si efectivamente hubo advertencias internas, el problema ya no sería solo una omisión puntual, sino una forma de entender el ejercicio del poder público.

En el sector privado, la rapidez suele presentarse como virtud: resolver rápido, saltarse trámites, llamar directamente, destrabar. En el Estado, esa misma lógica puede transformarse en un problema. Los procedimientos no son adornos burocráticos: son mecanismos de control, probidad y confianza pública.

Por eso, las reuniones sin registro de Lincolao abren un flanco político mayor. No por el solo hecho de hablar con empresas tecnológicas, sino porque el Ministerio de Ciencia es precisamente una cartera donde la relación con el mundo privado, la innovación, los datos, la inteligencia artificial y las plataformas digitales debe administrarse con especial cuidado.

Google y Meta no son actores menores. Son corporaciones globales con intereses económicos, influencia tecnológica y capacidad de presión sobre agendas públicas. Por lo mismo, cualquier contacto con autoridades requiere máxima claridad.

El relato empresarial de Kast vuelve a chocar con la institucionalidad

Este nuevo episodio dialoga directamente con el artículo anterior de El Ciudadano, titulado Gobernar no es manejar una empresa: Lincolao queda atrapada entre sociedades omitidas, despidos masivos y crisis en Ciencia. Allí se abordaba el modo en que la ministra quedó en el centro de una crisis que combinaba omisiones patrimoniales, tensiones internas, salidas de altos cargos y una conducción marcada por el ideario empresarial que el gobierno de Kast ha intentado proyectar sobre el Estado.

La llegada de Lincolao al Ministerio de Ciencia fue leída como parte de esa apuesta: perfiles técnicos, experiencia privada, conexión con el mundo productivo y una promesa de gestión rápida. En el papel, la fórmula podía sonar atractiva. En la práctica, el choque con la institucionalidad ha sido más áspero.

La propia ministra defendió su orientación ante La Tercera. “La investigación científica y académica es el corazón de este ministerio; sin ella no hay conocimiento que transferir”, respondió frente a las críticas. Pero agregó que “para que esa ciencia impacte en el desarrollo del país, necesitamos conectar de mejor manera nuestra capacidad científica con el sector productivo”.

La frase, en sí misma, no es problemática. Chile necesita vincular ciencia, tecnología, investigación y desarrollo productivo. El punto es otro: esa conexión no puede construirse como si el ministerio fuera una aceleradora de negocios, una consultora o una mesa de networking. En el Estado, la relación con privados exige reglas, registros y límites claros.

“Ella tiene otra velocidad”: el choque cultural dentro del ministerio

Según La Tercera, quienes han compartido con Lincolao durante estos meses describen una mezcla de velocidad empresarial, confianza en sus convicciones y poca disposición a adaptarse a la lógica institucional.

“Ella tiene otra velocidad y otra lógica”, relataron dentro del ministerio al medio citado. El problema, según esas mismas fuentes, es que el choque cultural fue inmediato. “Ella esperaba que las cosas avanzaran con los tiempos de una empresa. Pero el sector público funciona distinto, con procesos, controles y discusiones políticas”.

La descripción coincide con lo que ya venía apareciendo en la crisis interna de Ciencia. La renuncia de Araos y de parte importante del gabinete no ocurrió en el vacío. Tampoco las denuncias sobre el trato cotidiano o las tensiones con los equipos. Lo que se observa es una fricción sostenida entre una conducción que se presenta como técnica y eficiente, y un aparato público que exige deliberación, formalidad y contrapesos.

Al interior del ministerio, según el reporteo de La Tercera, varios funcionarios describen una conducción marcada por la desconfianza hacia los equipos y una baja tolerancia a las críticas. Una frase se habría vuelto recurrente entre quienes trabajaron con ella: “En este lugar yo soy la persona que más sabe de ciencia y tecnología”.

“Podías llegar con todos los argumentos técnicos, jurídicos o políticos”, relató un testigo al interior del ministerio. “Pero ella desarmaba todo desde esa premisa. Era una forma de invalidar cualquier contrapunto”.

Lincolao rechaza esa caracterización. Según la ministra, “ejercer el liderazgo de una cartera tan estratégica demanda un alto nivel de exigencia, rigor técnico y un ritmo de trabajo intenso”. También descarta que exista un clima de tensión permanente con los funcionarios.

Reuniones sin registro de Lincolao: más que una omisión administrativa

La defensa de Lincolao busca ordenar los hechos bajo una lógica técnica: una reunión para resolver un problema de acceso con Google, una visita de apoyo donde participó una representante de Meta, encuentros que no habrían tenido el carácter que sus críticos les atribuyen.

Pero la política no funciona solo con explicaciones posteriores. Funciona también con señales. Y la señal que deja este episodio es complicada: una ministra ya cuestionada por su estilo de conducción queda nuevamente bajo escrutinio por contactos con privados que no fueron transparentados de manera clara desde el inicio.

Por eso, el caso no puede leerse como una simple falla de agenda. Las reuniones sin registro de Lincolao vuelven a mostrar el límite del relato empresarial aplicado al Estado. La eficiencia no puede pasar por encima de la transparencia. La velocidad no puede reemplazar a los procedimientos. La confianza personal no puede sustituir los mecanismos de control público.

Esa es la discusión de fondo. Kast ha intentado presentar la lógica empresarial como respuesta a la supuesta lentitud del Estado. Pero el Estado no es lento solo por capricho. Opera con reglas porque administra bienes públicos, poder público e información pública. Y cuando esas reglas se relativizan, el resultado no es modernización: es opacidad.

Ciencia no puede ser una zona gris entre gobierno y Big Tech

El Ministerio de Ciencia debería ser una vitrina de modernización pública. Pero modernizar el Estado no significa privatizar sus lógicas ni convertir la gestión pública en una red de contactos con grandes empresas tecnológicas. Modernizar también significa dejar registros, transparentar agendas, cuidar los conflictos de interés y asumir que la relación con Big Tech requiere especial vigilancia.

Este nuevo flanco no solo complica a Lincolao. También golpea una idea central del kastismo en el poder: la fantasía de que el Estado se arregla importando gerentes, acelerando decisiones y tratando la política pública como si fuera una empresa.

Gobernar no es hacer networking. Gobernar no es administrar una marca personal. Gobernar no es recibir a gigantes tecnológicos sin que la ciudadanía pueda ver con claridad qué ocurrió, quién estuvo presente y qué temas se trataron.

La crisis en Ciencia ya no parece un accidente aislado. Parece una advertencia. Cuando se confunde velocidad con eficacia, empresa con Estado y convicción personal con autoridad pública, el resultado no es innovación. Es desorden institucional con discurso tecnológico.

Obtén tu Pasaporte y apoya a El Ciudadano

Elimina la publicidad, accede a contenido exclusivo y sé parte de la comunidad.

Elige tu plan

Turista

$1.990 /mes

 


Sin anuncios · Publica tus artículos

Ciudadano — TOP

$4.990 /mes

 


Sin anuncios · Publicar artículos · PDFs · Newsletter exclusivo · Favoritos

Diplomático

$10.990 /mes

 


Sin anuncios · Publicar artículos · PDFs · Newsletter exclusivo · Favoritos · Voz editorial

Cancela en cualquier momento  ·  Sin permanencia


Reels

Ver Más »
Busca en El Ciudadano