Bastián Bodenhöfer y su nueva obra «Empieza con D, siete letras»: un éxito de taquilla acerca de la diferencia de edades en el amor

Bastián Bodenhöfer llega a la charla con esa solemnidad que solo tienen los actores que ya no necesitan demostrarle nada a nadie

Bastián Bodenhöfer y su nueva obra «Empieza con D, siete letras»: un éxito de taquilla acerca de la diferencia de edades en el amor

Bastián Bodenhöfer llega a la charla con esa solemnidad que solo tienen los actores que ya no necesitan demostrarle nada a nadie. Acaba de cumplir 65 años y me lo dice como quien anuncia una buena cosecha: está en la edad exacta en que el teléfono suena más, no menos. Hace unos años se había resignado a la jubilación actoral y terminó cesante de la Municipalidad de Recoleta —lo echaron, cuenta sin dramatismo— justo antes de que el teatro volviera a llamarlo.

Viene a hablarme de «Empieza con D, siete letras», la obra de Juan José Campanella que Marcela del Valle trajo desde Buenos Aires tras verla arrasar allá más de dos años en cartelera, y que Alexis Moreno dirige ahora en el Teatro Mori de Vitacura junto a Del Valle y César Sepúlveda. Vi el estreno la noche anterior y todavía me dura la risa —y algo más incómodo que la risa— de esa historia entre un cardiólogo viudo de 67 años y una mujer de 39, divorciada y fanática frustrada del Tinder, que se cruzan por azar en la sala de espera de un dentista y terminan desarmándose el uno al otro como quien deshace un nudo.

Bastián Bodenhöfer corrige de entrada: no es adaptación, es el texto de Campanella tal cual. Su personaje, el doctor Luis Cavalli, es de esos hombres de educación rígida a los que la vida les empieza a «cobrar remesones» —la expresión es suya y me la robo— justo cuando ya se habían acomodado en la resignación. El truco de Campanella, dice, es usar un crucigrama como excusa para tejer referencias que reaparecen y arman sentido narrativo con el público de testigo y cómplice. «Uno ya tiene el 50% ganado cuando el texto es bueno», resume, con la calma de quien lleva 45 años de oficio.

Le pregunto qué significa, a los 65, encarnar personajes que solo se vuelven interesantes cuando ya han vivido lo suficiente para tener capas. Su respuesta es lúcida y sin nostalgia: esos personajes son tridimensionales porque cargan biografía, y esa biografía coincide con el «carrete profesional» del actor que los interpreta. «Basta con que uno aparezca en algo para que la gente recuerde que existe», dice, y ahí queda comprimida una crítica entera a un país que olvida a sus actores apenas dejan de aparecer en pantalla.

Hablamos también de Calcuytún, la próxima película de Jorge Olguín, donde interpreta a un intendente real que en 1889 fue enviado a «modernizar» Chiloé y terminó exterminando a los brujos de la isla con la excusa de la superstición. Bodenhöfer lo pone en su lugar exacto: no es Edad Media, es el siglo XIX, la modernidad ya instalada, y aun así centenares de muertos bajo la coartada de la razón.

La charla se vuelve otra cosa cuando llegamos a «Imagen Latente», de Pablo Perelman, su primera película, filmada en la clandestinidad de los ochenta con plata que llegaba a cuentagotas. Ahí suelta, casi sin querer, el dato que deja frío: una maquilladora del equipo, con quien compartía auto de vuelta a casa, resultó ser agente de la CNI especializada en torturar niños delante de sus padres. Tuvo que huir a Brasil cuando la funaron. Él no necesita adornarlo: el horror ya viene incorporado.

Se despide invitando a reservar con anticipación —hay sala llena de jueves a sábado en el Mori— y bromeando él mismo con la palabra del título: «Diarrea», dice, antes de que yo pueda arriesgar nada. Pero la palabra que en realidad sostiene la obra, y esta charla, es otra: dignidad. La de un actor de 65 años al que el país casi da por perdido, y que hoy vuelve a completar su propio nombre.

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