Opinión

La otra inseguridad de Chile: vivir con miedo al mañana

Durante décadas, Chile apostó por un modelo que impulsó el crecimiento económico, promovió la iniciativa privada y generó avances innegables en diversos ámbitos. Sin embargo, junto con esos logros también se consolidó una lógica donde gran parte de los riesgos de la vida fueron trasladados a las personas y sus familias.

La otra inseguridad de Chile: vivir con miedo al mañana

«El desarrollo consiste en expandir las libertades reales de las personas» (Sen, 2000, p.19).

Por Ángel Durán

Cada vez que en Chile hablamos de seguridad, casi siempre pensamos en lo mismo: delincuencia, crimen organizado, homicidios, portonazos. Las portadas de los diarios, los debates televisivos y las promesas de campaña giran, una y otra vez, en torno a cómo recuperar las calles.

Es una discusión legítima. Ninguna sociedad puede desarrollarse plenamente si sus ciudadanos viven con temor a la violencia o al delito. El Estado tiene el deber irrenunciable de proteger la vida, la integridad y los bienes de las personas.

Pero hay una pregunta que seguimos evitando: ¿qué tan segura es la vida de un chileno cuando no hay delincuentes de por medio?

Porque existe otra inseguridad. Una que no aparece en las estadísticas policiales, pero que acompaña silenciosamente a millones de personas.

Es el miedo a enfermar y descubrir que una atención oportuna depende del lugar donde se atiende o de cuánto dinero tiene.

Es el miedo a perder el empleo y ver cómo, en cuestión de semanas, se derrumba el esfuerzo de toda una vida.

Es el miedo de quienes trabajan durante cuarenta años y llegan a la vejez con una pensión insuficiente para vivir con dignidad.

Es el miedo de una madre que no sabe si podrá costear el tratamiento de su hijo. De un estudiante que duda si podrá terminar su carrera. De una familia que vive con la angustia permanente de no llegar a fin de mes.

Ese miedo también tiene un nombre.

También es inseguridad.

Durante décadas, Chile apostó por un modelo que impulsó el crecimiento económico, promovió la iniciativa privada y generó avances innegables en diversos ámbitos. Sin embargo, junto con esos logros también se consolidó una lógica donde gran parte de los riesgos de la vida fueron trasladados a las personas y sus familias.

La enfermedad pasó a ser, muchas veces, un problema económico.

La educación, una oportunidad condicionada por el ingreso.

La cesantía, una amenaza capaz de destruir años de esfuerzo.

La vejez, para demasiados, una etapa de incertidumbre en lugar de tranquilidad.

Nos acostumbramos a vivir administrando el miedo.

La seguridad también es la tranquilidad de saber que una enfermedad no destruirá el proyecto de vida de una familia.

Miedo a enfermar.

Miedo a perder el trabajo.

Miedo a que el sueldo no alcance.

Miedo a que un diagnóstico cambie para siempre el destino de una familia.

Miedo a envejecer.

Y quizás ese sea uno de los mayores fracasos de nuestro tiempo: haber normalizado la incertidumbre como si fuera una condición inevitable de la vida moderna.

Sin embargo, el desarrollo nunca debió significar eso.

Como plantea Amartya Sen (2000), el desarrollo consiste en ampliar las libertades reales de las personas. No basta con que existan derechos reconocidos formalmente; las personas deben contar con las capacidades y condiciones materiales para ejercerlos. La libertad pierde sentido cuando una enfermedad conduce al endeudamiento, cuando aceptar cualquier empleo es la única alternativa para sobrevivir o cuando una pensión insuficiente obliga a elegir entre comprar medicamentos o alimentos.

Por eso, la seguridad no puede seguir reduciéndose exclusivamente a la persecución del delito.

La seguridad también es la tranquilidad de saber que una enfermedad no destruirá el proyecto de vida de una familia.

Es la certeza de que perder el empleo no significará caer en la pobreza.

Es la confianza de que la educación abrirá oportunidades reales y no reproducirá las desigualdades de origen.

Es la convicción de que la vejez será una etapa de descanso y reconocimiento, y no de abandono.

Las políticas públicas deberían perseguir precisamente ese objetivo: disminuir la incertidumbre y ampliar las posibilidades de que cada persona desarrolle su proyecto de vida con dignidad.

Porque una democracia no se fortalece únicamente cuando reduce los índices de delincuencia.

También se fortalece cuando protege a quienes enferman, cuando acompaña a quienes pierden su empleo, cuando garantiza educación de calidad, cuando ofrece pensiones suficientes y cuando entiende que la dignidad no puede depender exclusivamente del mercado.

Chile necesita calles más seguras.

Pero también necesita vidas más seguras.

Necesita comprender que la seguridad no comienza con una patrulla ni termina en una sentencia judicial.

Comienza cuando las personas pueden mirar el futuro con esperanza y no con angustia.

Cuando saben que, si la vida cambia de un momento a otro, no quedarán abandonadas a su suerte.

Porque un país verdaderamente desarrollado no es aquel donde algunos logran salir adelante pese a las dificultades.

Es aquel donde nadie pierde su dignidad cuando las dificultades llegan.

La verdadera seguridad no consiste únicamente en caminar sin miedo por una calle.

La verdadera seguridad consiste en vivir sin miedo al mañana.

Por Ángel Durán

Asistente Social

Referencias

Sen, A. (2000). Desarrollo y libertad (E. Rabasco & L. Toharia, Trads.). Editorial Planeta. (Obra original publicada en 1999).


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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