Alejandra Costamagna, escritora: “La amistad puede funcionar como reservorio afectivo frente a un entorno que agrede”

Entrevista por Natalia Figueroa Publicado por la editorial Anagrama, el más reciente libro de la reconocida escritora chilena se adentra en el vínculo de dos adolescentes durante los últimos años de la dictadura en Chile


Entrevista por Natalia Figueroa

Publicado por la editorial Anagrama, el más reciente libro de la reconocida escritora chilena se adentra en el vínculo de dos adolescentes durante los últimos años de la dictadura en Chile.

La última novela de Alejandra Costamagna (56), Dónde puedo dejarlo, desentraña una historia trenzada por la amistad, la política y la pérdida. En ella, las preguntas sobre los escenarios posibles ante la separación de dos amigas, se convierten en una invitación a revisitar un pacto de afectos y complicidades. 

La autora de El sistema del tacto (2018) vuelve sobre la infancia y la adolescencia durante los últimos años de la dictadura. Como en gran parte de su obra, la memoria y la experiencia sensorial articulan la narración. Lejos de las grandes épicas, Costamagna apuesta por la intimidad y por un lenguaje que, más que describir, va abriendo sentidos paralelos durante la novela.

La historia ocurre a finales de la dictadura y se entra en ese contexto político a través de lo íntimo. Hablas también del silencio, de las fracturas en el tiempo. ¿Cómo dialogan esas dimensiones personales con la historia colectiva del país? ¿Buscaste establecer resonancias entre ambas? 

El vínculo entre la intimidad y la historia fue apareciendo sin necesidad de forzarlo, en realidad. Creo que desde mi primera novela, En voz baja, los pormenores de la  historia — las micro épicas, si se quiere— conviven o incluso disputan el espacio con los macro relatos. En la escritura de Dónde puedo dejarlo la memoria se me presentó llena de vacíos y zonas grises, fracturadas. Eran restos o esquirlas, más que una explosión. Y eso empujó también a que el contexto no figurara desde lo grandioso, sino desde lo cotidiano, lo pequeñito. Diría que, de manera orgánica, lo político se trenza y se aloja acá en el campo de lo afectivo.

La novela cuenta la historia de una amistad interrumpida, habla del dolor después de una separación amistosa, de una complicidad que se lee a través de sus páginas. ¿Cómo te planteaste construir esa amistad enfrentada a la experiencia de la pérdida? 

Había una imagen insistente, que volvía cada tanto como una foto: una amiga muy querida se involucra en actividades de resistencia a la dictadura y un día desaparece. Durante los años siguientes, el padre reúne a la familia y a las amigas más cercanas en cada cumpleaños de la hija. Y donde debería estar ella hay un plato y una taza vacías. Y todos cantan el feliz cumpleaños y el padre sopla las velas y sirve un trozo de torta a la hija que no está. La escena fue apenas un puntapié para adentrarme en la ficción, pero quizás esa imagen simbolice el eje del libro: la pregunta acerca de qué se hace con lo que no está, cómo se incorpora esa pérdida

Entre los personajes de las dos amigas adolescentes hay un vínculo fuerte, han compartido sus vidas hasta el último abrazo que se dan. ¿Cómo ves a la adolescencia en la representación literaria? ¿Qué tensiones se pueden introducir pensando en la construcción de los afectos en la actualidad, incluso, en la salud mental, la soledad? 

Yo percibo un polo de atracción muy sugerente en la amistad entre mujeres. No es que se dé siempre, por supuesto. Pero pienso que, a diferencia de otros vínculos, la amistad carece de normas o de instituciones que la regulen y entonces tiene un margen de acción liberado de mandatos (o con mandatos menos opresivos), que se prestaría mejor para complicidades y confabulaciones. Muchas veces las redes de amistad pueden funcionar como reservorios afectivos frente a la opresión de un entorno que agrede y excluye. No sé si puedo hablar de la construcción de los afectos en la actualidad de manera más amplia y generalizada. Pero estoy convencida de que la literatura por sí misma abre espacios para imaginar otros escenarios posibles. La ficción presenta mundos, roles, afectos, opciones de vida, corrientes de opinión o modos de relacionarnos a los que de otra forma no accederíamos. Y los valida como posibilidades concretas, muchas veces opuestas a la exclusión, la crueldad y la intolerancia que los poderes actuales fomentan.

Hay un uso muy bello del lenguaje, de ocupar definiciones de conceptos, como asilo, silencio, condicional, pero también hay palabras, como cachureo, charchazo, cachipún, hallulla, y otras, que son muy identitarias. ¿Hay una intención de construir memoria a través del uso del lenguaje?

La pregunta acerca de qué se hace con lo que no está, que mencionaba al inicio, se proyecta también en el lenguaje: cómo usar las palabras para tocar algo que no se puede tocar. Las definiciones van armando una suerte de relato paralelo, un registro posible para asomarse a lo ausente. A veces ocurre mediante resignificaciones de conceptos, pero en otras ocasiones son palabras nuevas, recién nacidas, que adquieren su identidad mientras se incorporan al cuerpo del relato. Y también está lo que observas sobre la memoria a través del lenguaje, sobre cierta forma de pertenencia que pueden otorgar las palabras. 

Frente a la ausencia, la narración se abre a múltiples preguntas, hipótesis y posibilidades de interpretación. En ese sentido, la imaginación, el relato literario, ¿qué posibilidades ofrece para acercarse a aquellas historias marcadas por vacíos, silencios o fragmentos que no pueden reconstruirse completamente? 

Dices “imaginación” y pienso en la palabra “conjetura”. ¿Será que la amiga huyó como huyen Thelma y Louise por el desierto? ¿Será que una arrastra a otra en la huida pero también la retiene? ¿Y si la que se queda es la que se fue y viceversa? No se puede conjeturar, pienso, si no se amplía esa dimensión paralela entre lo real y lo posible. Apelar a lo que pudo haber ocurrido, a lo que hubiera ocurrido, a lo que dicen que ocurrió, a lo que sería improbable pero no imposible que ocurriera. Y al pensar esto que pienso ahora asoma esa otra palabra: “especulación”. La palabra en su doble acepción de verbo y de adjetivo. Como verbo, ese “especular”, ese “realizar conjeturas o hipótesis sobre algo que no se sabe con certeza”, tiene todo que ver con la ausencia. Y como adjetivo, por su lado, la palabra “especular” alude al carácter de espejo de una cosa, de una conducta, de una situación, de un comportamiento, que es a fin de cuentas el que enlaza a las protagonistas en estas páginas. La suya es una amistad simbiótica, casi umbilical: una relación especular, justamente, sostenida en el ímpetu de ser la otra.

Sobre otros temas, la Cultura está enfrentando un recorte presupuestario importante. Ya desde el año pasado, se registró el retraso en la convocatoria al Premio Municipal de Literatura de Santiago, el que contó con menos categorías por falta de recursos. Y ahora, en un panorama más general conocemos de los recortes desde el Ministerio. ¿Qué visión se está imponiendo sobre la Cultura? 

Una visión negadora del alcance de lo cultural. Parece que vieran la cultura como algo accesorio, un adorno, un capricho, una lesera de artistas. Parece que no vieran que lo cultural da cuenta de la sensibilidad de una época y permite imaginar el futuro, que pone en diálogo a las generaciones, da sentido a lo que vivimos, interroga, amplía la percepción, expande la convivencia cívica, descomprime, genera lazos, pertenencia, integración, vida en común, autovaloración, goce, en fin, vidas vivibles. Pero, en realidad, no es que no vean todos estos alcances. Al contrario, creo que saben muy bien que por todo eso la cultura implica un pensamiento crítico, un cuestionamiento a la manipulación de lo real y una desobediencia al orden que nos quieren imponer. Y a eso apuntan, por eso recortan. Al ministro no le basta con el 3% que se le encomendó y anuncia el recorte del 9,8%. Hay saña ahí.

¿Cómo defender esta trinchera que es la Cultura?

Supongo que siendo persistentes. Estando muy alertas, conversando e interviniendo en la calle, en las aulas, en los espacios públicos, pero también en los domésticos. En las tribunas que tengamos, por mínimas que sean. Y en la práctica misma: en las escrituras, en las obras de teatro, en la música, en los fanzines, en la pintura, en los podcast, en todas las disciplinas y en todos los formatos posibles. No soltar.

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