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La Cofradía: ¿El desembarco de la manósfera en Chile?

"Es válido preguntarnos: ¿estamos asistiendo al desembarco en Chile de una estrategia comunicacional que, en otros países, ya demostró su capacidad para atraer hombres jóvenes y adolescentes para formar con ellos comunidades políticas online que los conviertan en votantes de la ultraderecha? Eso es la manósfera".

La Cofradía: ¿El desembarco de la manósfera en Chile?

Por Garazi Oñederra, Myriam Aravena y Verónica Berroeta

«¿No que éramos nosotros los gordos cara de vírgenes?» «¿Cuánto por ** a tu hermana?» «Estos les gustan a los niños con autismo, ya que son los que no hablan», y otros chistes sobre menores de edad y sobre violaciones, son algunas de las expresiones que se han viralizado estos últimos días, de Italo Omegna y del programa “La Cofradía”, realizado por simpatizantes del Partido Nacional Libertario.

Luego del revuelo causado, los integrantes se defendieron diciendo que es humor, que es legítimo provocar e incomodar, escudándose en la libertad de expresión, y cuestionando que alguien defina los límites de lo decible, defensa que encontró apoyo en el líder del PNL, Johannes Kaiser.

El debate sobre los límites del humor es algo totalmente legítimo, pero aquí estamos frente a algo mucho más profundo: ¿qué función política cumple este humor? ¿A quiénes se dirigen y con qué objetivo?

Es válido preguntarnos: ¿estamos asistiendo al desembarco en Chile de una estrategia comunicacional que, en otros países, ya demostró su capacidad para atraer hombres jóvenes y adolescentes para formar con ellos comunidades políticas online que los conviertan en votantes de la ultraderecha? Eso es la manósfera.

Para contestar estas preguntas, el estudio «Los sentidos de las masculinidades entre jóvenes varones votantes de Milei» de la Fundación Heinrich Boll Stiftung es esclarecedor.

El trabajo entrevistó a hombres jóvenes entre 16 y 25 años que votaron por La Libertad Avanza y adhieren a la agenda cultural antifeminista promovida por Javier Milei. El estudio muestra que muchos de estos jóvenes no se perciben como privilegiados, sino como una generación precarizada económicamente y amenazada por los avances del feminismo.

A ello se suma el temor a ser «acusados falsamente», «escrachados» (funados), o «cancelados» por expresar sus opiniones, especialmente en el ámbito de las relaciones sexoafectivas.

Es en ese contexto donde cobra relevancia la manósfera, la red de espacios digitales que promueven la masculinidad hegemónica, discursos antifeministas y la cosificación de las mujeres.

Según el estudio, muchos jóvenes llegan a estos espacios buscando respuestas a su malestar y terminan incorporando, a través del humor, los memes y la provocación, ideas políticas de ultraderecha. La politización, concluyen los autores, no suele ser el punto de partida, sino el punto de llegada.

El caso argentino ofrece un marco útil para interpretar un fenómeno que comienza a mostrar rasgos similares. ¿No es justamente eso lo que parece ofrecer La Cofradía? Un lugar donde decir aquello que supuestamente ya no puede decirse, donde la provocación deja de ser solamente un recurso humorístico para convertirse en una forma de identidad compartida, donde la transgresión es un recurso para ofrecer un lugar de pertenencia a quienes sienten que ya no lo tienen o nunca lo tuvieron.

Porque si la defensa es que el humor puede provocar, la pregunta que surge es: ¿Provocar qué?

Una broma sobre violaciones a niños o niñas no impulsa una reflexión ni señala que está mal; simplemente lo naturaliza y lo banaliza. Entonces quizás el objetivo no sea provocar una discusión sobre ese tema, sino disputar quién tiene la autoridad para definir los límites de lo que puede decirse.

El feminismo —uno de los grandes blancos de ataque de los libertarios— precisamente ha cuestionado formas de humor que reproducen o banalizan violencias, abriendo una discusión sobre los efectos sociales del discurso humorístico, sobre todo cuando afecta a segmentos de la población que han estado históricamente vulnerables y desprotegidos, como las infancias.

Sin embargo, el estudio muestra que esta visibilización de las violencias es interpretada por estos jóvenes como una restricción sobre ellos mismos. Y es precisamente ahí donde la manósfera encuentra una oportunidad.

De acuerdo con la investigación, «ingresan a la ‘derechósfera’ buscando inicialmente respuestas frente al malestar masculino, y posteriormente este ecosistema de influenciadores digitales los conduce a una politización de ultraderecha. Para los jóvenes que experimentan una mayor radicalización, este entorno facilita un sistema de formación ideológica y política mediante conferencias, artículos y libros configurando un paquete cerrado que tiene un punto de inicio y un punto de llegada».

El humor deja de ser el centro de la discusión para transformarse en una puerta de entrada a la ultraderecha.

Primero aparece la sensación de pertenencia, luego la identidad compartida y finalmente la politización. La Cofradía tiene todas las condiciones de ser un ejemplo de la versión chilena de la manósfera: un espacio donde muchos hombres adolescentes se sienten cómodos escuchando las mismas bromas que haría con su grupo de amigos y, desde ahí, comenzar a compartir una visión más amplia del mundo.

Lo verdaderamente relevante es comprender qué función política cumple este tipo de humor y por qué aparece de manera sistemática en ecosistemas digitales vinculados a la ultraderecha.

Más que un fin en sí mismo, el humor opera como una herramienta para construir comunidad, disputar los límites de lo decible y acercar a hombres jóvenes que experimentan una profunda sensación de marginalidad, precariedad o falta de lugar en el mundo.

En ese proceso encuentran un espacio donde se sienten aceptados y comprendidos, mientras la ultraderecha encuentra una puerta de entrada para convertir esa identidad compartida en un proyecto político.

Si el diagnóstico del estudio es correcto, el desafío para los sectores progresistas y feministas no pasa solo por denunciar estos espacios, sino también por comprender el malestar que los hace atractivos para tantos jóvenes que no se sienten privilegiados, sino precarizados y sin un lugar en el mundo.

Disputar ese terreno implica ofrecerles formas distintas de pertenencia, reconocimiento y futuro, sin renunciar a la igualdad ni a los avances feministas, pero entendiendo que la comunicación también debe ser capaz de interpelar emocionalmente a quienes hoy encuentran en la masculinidad tradicional una respuesta simple a problemas profundamente complejos.

Garazi Oñederra, Myriam Aravena y Verónica Berroeta

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