Señor Director:
El próximo 18 de agosto, la Cámara de Diputadas y Diputados deberá votar qué hacer con las carreras de galgos en Chile: regularlas o prohibirlas definitivamente. Y hay algo profundamente inquietante en que todavía, siendo 2026, tengamos que discutirlo.
Una carrera de galgos parece un asunto sobre animales, pero dice algo más sobre nosotros: alguien construye la pista, pone el señuelo, establece las reglas y hace correr a otros para satisfacer su deseo. Lo mismo ocurre en el rodeo. El ternero no eligió participar de ninguna tradición. Simplemente fue puesto en el centro para que otros puedan disfrutar del espectáculo, como la Ministra Ducó.
Hay algo común en ambas escenas: quien disfruta no es quien pone el cuerpo. Y quizás ese sea también uno de los grandes privilegios que tienen los poderosos de este país: casi nunca ponen el cuerpo.
Porque nosotros también conocemos esa pista: nos hacen competir por educación, vivienda, trabajo, seguridad y oportunidades. Nos enseñan a mirar al que corre al lado como adversario/a y a pensar que, si alguien quedó atrás, simplemente no corrió lo suficiente. Trabajador contra trabajador. Pobre contra pobre. Migrante contra chileno. Vecino contra vecino.
Mientras peleamos entre nosotros, no nos preguntamos quién construyó la pista.
Por eso los galgos podríamos ser perfectamente nosotros. Corremos detrás de señuelos que otros pusieron, bajo reglas que otros escribieron y pagando con nuestros propios cuerpos las consecuencias. Ojalá eso haga que mediante su patológico egocentrismo, puedan empatizar.
El galgo pone el cuerpo. El ternero pone el cuerpo. Nosotros/as ponemos el cuerpo. Los docentes y los asistentes de la educación. Quienes deciden las reglas miran desde afuera con gracia.
Quizás, entonces, este 18 de agosto no deberíamos solo preguntarnos qué clase de país permite carreras de galgos en 2026. Deberíamos preguntarnos algo bastante más incómodo: ¿Por qué siempre somos los mismos los que tenemos que correr y no quiénes deben garantizar nuestro bienestar?
Trinidad López Marambio
Licenciada y profesora de Filosofía
Certificada en Neurociencias y Magíster en Filosofía
U. de Chile
