Opinión

El costo invisible de seguir funcionando

¿En qué momento aprendimos que estar bien era lo mismo que seguir funcionando? Vivimos en una época que valora la rapidez, la productividad y la capacidad de adaptarnos. Los cambios tecnológicos, económicos y sociales modifican permanentemente nuestra manera de trabajar, relacionarnos y organizar la vida cotidiana.

El costo invisible de seguir funcionando

Por Romina Lavín

¿En qué momento aprendimos que estar bien era lo mismo que seguir funcionando? Vivimos en una época que valora la rapidez, la productividad y la capacidad de adaptarnos. Los cambios tecnológicos, económicos y sociales modifican permanentemente nuestra manera de trabajar, relacionarnos y organizar la vida cotidiana.

Frente a este escenario, las organizaciones buscan personas flexibles, comprometidas y capaces de responder bajo presión. Se habla de liderazgo, innovación, bienestar y trabajo colaborativo. Sin embargo, no siempre observamos qué ocurre emocionalmente con quienes deben adaptarse una y otra vez.

Detrás de muchos equipos que cumplen sus metas existen personas cansadas, preocupadas o desconectadas del sentido de lo que hacen. Personas que continúan respondiendo porque detenerse, dudar o pedir ayuda podría ser interpretado como falta de compromiso.

Esta realidad tiene una expresión particular en la vida de las mujeres.

Durante las últimas décadas hemos ampliado nuestra participación en el mundo laboral, profesional, académico, empresarial y político. Hemos conquistado espacios que antes parecían lejanos y demostrado que podemos liderar organizaciones, dirigir equipos, emprender y participar en las decisiones que transforman nuestras comunidades.

Pero esa incorporación no siempre ha significado una redistribución equivalente de las responsabilidades.

Muchas mujeres continúan organizando la vida familiar, sosteniendo los cuidados y atendiendo las necesidades emocionales de quienes las rodean. No solo realizan tareas: recuerdan fechas, anticipan dificultades, coordinan horarios y procuran que todo siga en movimiento.

Así, la capacidad de sostener se convierte en una fortaleza reconocida, pero también en una carga difícil de mostrar.

Una mujer puede asistir a una reunión, resolver un problema, contener a su equipo y regresar a casa para seguir respondiendo. Puede verse competente y segura mientras interiormente se siente agotada o sobrepasada.

Mientras continúe cumpliendo, probablemente nadie advertirá lo que ocurre.

Conozco esa experiencia. Durante mucho tiempo pensé que dudar era una debilidad, que necesitar una pausa era falta de disciplina y que sentirme sobrepasada significaba que no estaba siendo capaz.

Como tantas mujeres, he liderado mientras dudaba, he sostenido mientras estaba cansada y he continuado porque había personas, compromisos y proyectos que dependían de mí.

El problema no está en nuestra capacidad de sostener. Aparece cuando creemos que debemos hacerlo siempre, sin límites y en silencio.

Seguir funcionando no significa necesariamente estar bien.

Esta distinción importa en nuestras familias y también en las organizaciones. Cuando el cansancio se vuelve permanente, afecta la creatividad, la comunicación, la confianza y la capacidad de tomar decisiones. No basta con implementar acciones de bienestar si las culturas continúan premiando la disponibilidad absoluta y normalizando el agotamiento.

Tampoco basta con decirles a las mujeres que deben organizarse mejor, pensar positivo o aprender a quererse. Necesitamos revisar las condiciones reales en las que trabajamos, cuidamos y convivimos.

Pero esta transformación no corresponde únicamente a las mujeres.

No podemos construir una sociedad más corresponsable conversando solo entre nosotras. Necesitamos también la conciencia, la participación y el aporte de los hombres. No como espectadores ni como adversarios, sino como protagonistas de un cambio que también puede liberarlos de antiguas exigencias sobre cómo deben ejercer la autoridad, proveer o expresar sus emociones.

La corresponsabilidad no consiste solamente en distribuir tareas. Implica compartir la carga de anticipar, decidir, cuidar y sostener emocionalmente la vida familiar y organizacional.

Desde el coaching ontológico he comprendido que nuestra experiencia también está determinada por la forma en que habitamos el cuerpo, interpretamos nuestras emociones y utilizamos el lenguaje.

El cuerpo puede advertirnos que hemos sobrepasado nuestros límites. Las emociones muestran cómo estamos interpretando una situación. El lenguaje puede abrir posibilidades, pero también encerrarnos en sentencias como “debo poder con todo” o “si me detengo, estoy fallando”.

Observar estas dimensiones no elimina nuestras responsabilidades ni transforma mágicamente la realidad. Pero puede ayudarnos a recuperar la capacidad de elegir cómo queremos responder y qué conversaciones necesitamos abrir.

Quizás el desafío de este tiempo no sea formar personas capaces de soportar cada vez más. Tal vez sea construir familias, organizaciones y comunidades donde mujeres y hombres podamos relacionarnos desde una conciencia diferente.

Las mujeres hemos demostrado ampliamente nuestra capacidad de sostener. Ahora necesitamos preguntarnos, junto a los hombres, qué formas de vida, liderazgo y convivencia vale la pena sostener.

Y, sobre todo, quiénes queremos ser mientras lo hacemos.

Por Romina Lavín

Coach ontológica y cofundadora de CEDEP Coaching

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