COLUMNA

Servimos apenas para la foto

"El problema no comienza cuando una ministra sale. Comienza mucho antes, en la responsabilidad de quien decide que determinada persona está preparada para ocupar uno de los cargos más importantes del Estado. La paridad no consiste en encontrar suficientes mujeres para completar una fotografía. Supone reconocer que existen mujeres con experiencia política, técnica y de gestión suficientes para ocupar espacios de poder y buscarlas con el mismo rigor con que se buscan hombres para enfrentar una crisis".

Servimos apenas para la foto

Por Pamela Aguirre Guzmán, Magíster en Historia de América Latina, y Karina Acosta Barbosa, Dra. Ingeniería Eléctrica, académicas de la Facultad de Ingeniería de la Usach.

El Gobierno de Kast comenzó exhibiendo una presencia femenina cercana a la paridad, pero cuando las crisis alcanzaron la primera línea política, la respuesta fue sistemática: las mujeres salieron y los hombres ocuparon su lugar.

Queremos hacer algunas preguntas que incomodan.

En primer lugar, preguntamos por qué las tres primeras ministras removidas o renunciadas fueron mujeres y por qué, en los tres casos, la solución fue un hombre.

En segundo lugar, quizás más profunda que la anterior, preguntamos qué compromiso real hay con la participación femenina cuando se nombra a mujeres cuya idoneidad para determinados ministerios era cuestionable desde el comienzo, se las pone en posiciones extraordinariamente visibles y, cuando fracasan, quienes aparecen como reserva de experiencia, autoridad y gobernabilidad son hombres.

Esto conecta con un problema de género profundo. Porque la incompetencia de un ministro hombre suele individualizarse: ese ministro era malo. En cambio, la incompetencia de una ministra corre el riesgo de convertirse culturalmente en evidencia acerca de las mujeres, de la paridad, de las “cuotas”, de haber privilegiado el género sobre el mérito.

No es solo eso, también hay una concentración de cargos para resolver las salidas: Claudio Alvarado quedó simultáneamente en Interior y Segegob; Louis de Grange en Transportes y Obras Públicas; Daniel Mas ya había comenzado como ministro de Economía y de Minería.

Tras el cambio de mayo, 25 ministerios quedaron encabezados por solo 22 ministros. Esto se puede deber a que hay pocos cuadros políticos o a la idea de preparar el camino para tener menos ministerios.

La decisión transmite una señal todavía más problemática: que una cartera que una mujer no habría sido capaz de conducir adecuadamente puede ser administrada por un hombre como una responsabilidad adicional, sin siquiera requerir dedicación exclusiva.

Tenemos entonces que se ha producido un fenómeno que qué es políticamente perverso, porque debilita el rol de las mujeres en política: foto paritaria → mujeres cuestionadas → crisis → hombres experimentados → restauración del orden.

Aquí aparece una tercera pregunta, quizás todavía más incómoda: ¿Cómo se seleccionó a las mujeres que debían encarnar esa primera fotografía cercana a la paridad? Porque no todos los nombramientos responden a la misma lógica ni pueden evaluarse del mismo modo.

Mara Sedini tenía credenciales en comunicación política y había sido vocera de la campaña presidencial, de modo que su llegada a la Segegob puede entenderse como una apuesta por trasladar al Gobierno una figura de confianza que había funcionado en campaña.

Sin embargo, comunicar una candidatura no es lo mismo que conducir las comunicaciones del Gobierno: la segunda función exige gestionar crisis, coordinar ministerios, relacionarse con medios e instituciones y representar públicamente decisiones cuyo control no está en manos de quien las comunica.

Su nombramiento parece haber privilegiado cercanía, confianza y desempeño comunicacional electoral por sobre experiencia de conducción gubernamental.

El caso de Natalia Duco es distinto y quizás más revelador. Haber sido una deportista de alto rendimiento le otorgaba conocimiento del mundo del deporte y una importante legitimidad simbólica, pero aquello no equivale necesariamente a tener experiencia para dirigir un ministerio.

Administrar una cartera supone conducción política, gestión presupuestaria, coordinación de servicios, relación con federaciones y organizaciones, manejo administrativo y responsabilidad sobre funcionarios y recursos públicos.

La pregunta, entonces, no es si una deportista puede ser ministra del Deporte; por supuesto que puede, sino por qué su condición de deportista pareció suficiente para acreditar competencias de gestión que en otros nombramientos se consideran indispensables.

Y es aquí donde la cuestión adquiere una dimensión de género. Una posible explicación es simplemente la falta de cuadros. Otra es que hayan predominado compromisos políticos, vínculos de confianza o la necesidad de construir rápidamente un gabinete cercano a la paridad.

Pero hay una hipótesis más incómoda que no debiera descartarse: que exista una infravaloración de la complejidad de los cargos cuando quienes van a ocuparlos son mujeres. Como si bastara con que una mujer tuviera una trayectoria simbólicamente relacionada con el área, fuera conocida públicamente o representara adecuadamente una determinada imagen.

No podemos saber cuál de estas razones predominó sin conocer las deliberaciones internas que condujeron a los nombramientos. Lo que sí podemos observar son sus consecuencias. Cuando esas apuestas fracasan, el contraste resulta especialmente dañino: la mujer aparece como la figura que fue puesta a prueba y no estuvo a la altura; el hombre que la reemplaza aparece como experiencia, oficio, autoridad y restauración del orden.

Por eso el problema no comienza cuando una ministra sale. Comienza mucho antes, en la responsabilidad de quien decide que determinada persona está preparada para ocupar uno de los cargos más importantes del Estado.

La paridad no consiste en encontrar suficientes mujeres para completar una fotografía. Supone reconocer que existen mujeres con experiencia política, técnica y de gestión suficientes para ocupar espacios de poder y buscarlas con el mismo rigor con que se buscan hombres para enfrentar una crisis.

Entonces quizás la lógica reformulada es esta: paridad inicial → selección desigual o riesgosa → mujeres expuestas → crisis → hombres investidos de autoridad → reconcentración masculina del poder. Eso es bastante más perturbador que simplemente que haya tres ministras menos.

Pamela Aguirre y Karina Acosta, académicas Usach

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