Por Sahasranshu Dash
Escribo esto recién terminado el último episodio de la extraordinaria adaptación que Netflix estrenó el 26 de agosto, todavía con esa sensación rara que dejan las despedidas que uno sabía que iban a llegar. Habiendo leído la novela por primera vez cuando tenía doce años, en un lejano 2004, la he vuelto a leer varias veces desde entonces, en distintas edades y distintos idiomas de mi propia vida. Fue ese libro el que me hizo querer aprender español, y el que despertó en mí un interés por América Latina que no ha dejado de crecer desde entonces: hoy, ya adulto, ese interés moldea buena parte de mi vida profesional e intelectual. Pocas novelas dejan una marca tan duradera en quien las lee siendo casi un chico. Ésta lo hizo conmigo. Espero que un día puedo irme a Colombia y hacer mi peregrinación a Aracataca.
Vuelvo a ella ahora, después de ver la serie, con la misma sensación de siempre: que su reputación ha oscurecido su verdadero logro. Se la recuerda, casi por consenso universal, como la gran obra del realismo mágico: las mariposas amarillas, la peste del insomnio, los manuscritos proféticos, los fantasmas que nunca terminan de irse, la mujer que asciende al cielo entre sábanas recién lavadas. La etiqueta no es falsa. Pero recordar la novela sobre todo como un triunfo del método mágico es como recordar El rey Lear como una obra sobre la locura: se identifica un recurso narrativo y se pierde la arquitectura moral que sostiene todo lo demás.
Porque lo que escribió García Márquez no es apenas la novela definitoria del realismo mágico, ni siquiera simplemente una de las grandes novelas latinoamericanas. Es una de las grandes tragedias épicas del siglo XX, hermana de Shakespeare y del Mahabharata, porque intenta, como ellos, comprender una civilización entera a través del destino de una sola familia. Que semejante empresa filosófica esté narrada a través de mariposas y fantasmas quizás la volvió más fácil de admirar que de entender del todo.
La tragedia detrás de la magia
La primera sorpresa de una relectura atenta es que «Cien años de soledad» es una de las novelas más tristes de la literatura moderna. Se recuerda el reguero de sangre que llega hasta la cocina de Úrsula, pero se olvida que anuncia el asesinato de un hijo. Se recuerdan las mariposas de Mauricio Babilonia, pero no que Fernanda lo manda a matar por amar a Meme, y que él sobrevive lisiado el resto de su vida. Se recuerda la ascensión de Remedios la Bella, pero no el silencio conventual en el que Meme se apaga para siempre, ni a Petra Cotes diciéndole con dulzura a Aureliano Segundo, después de toda una vida de pasión desmedida, que ya para esas cosas no están. La imagen mágica permanece en la memoria mucho después de que se haya desvanecido el dolor que le daba sentido.
Y esa abundancia no es incidental a la tragedia. ES la tragedia. La novela no desgarra porque la belleza interrumpa ocasionalmente el sufrimiento, sino porque esa belleza es tan abundante y aun así resulta incapaz de vencer al tiempo o a la historia. Macondo vive de un exceso casi dionisíaco: la curiosidad de José Arcadio Buendía ante el hielo y los imanes, la sensualidad de Pilar Ternera, que acepta el deseo sin culpa ni cálculo moral, la fertilidad desbordada de Petra Cotes y Aureliano Segundo, cuyo amor es tan exuberante que hasta el ganado parece contagiarse de él. Casi todas las vidas importantes del libro terminan, sin embargo, en la derrota, la soledad o la aniquilación: José Arcadio Buendía enloquece atado al castaño; el coronel Aureliano Buendía sobrevive treinta y dos guerras solo para descubrir que la historia vació de sentido los ideales que lo llevaron a combatir; Amaranta convierte el orgullo en una vocación de la que ya no puede escapar; Úrsula sobrevive a casi todos, condenada a ver repetirse los mismos errores durante seis generaciones. García Márquez no empieza, como Kafka o Camus, desde la alienación o el absurdo. Hace algo más cruel: primero nos convence de que la vida es magnífica, y recién después la destruye.
Una izquierda que desconfía de las revoluciones
Este mismo amor por la vida es la fuente de la política de la novela. Los compromisos públicos de García Márquez fueron inequívocamente los de la izquierda latinoamericana, y el libro lleva esa marca. Pero la lleva de un modo que distingue a la gran literatura de la alegoría ideológica: la novela nunca sugiere que todos los revolucionarios sean virtuosos ni que todos los conservadores sean despreciables. El coronel Aureliano Buendía es capaz de una crueldad terrible. El conservador José Raquel Moncada es uno de los personajes más honorables del libro, y García Márquez llora su fusilamiento con una ternura inconfundible. Esta complejidad se ha confundido a veces con neutralidad política. No lo es: es lo que vuelve artísticamente convincente su juicio político. La simpatía de la novela va siempre hacia los seres humanos dañados por los sistemas de poder, sea cual sea el lenguaje que esos sistemas hablen: el de la revolución, el de la ganancia o el del honor.
Esto queda más claro en la historia de la compañía bananera, que no solamente explota Macondo: culmina en una masacre y, más escalofriante todavía, en la negación oficial de que la masacre haya ocurrido. La violencia se completa con la amnesia histórica; los muertos son asesinados dos veces, primero por las balas y después por el olvido. El capitalismo imperial, en la novela, no aparece nunca como una simple abstracción económica: aparece como la destrucción concreta de la capacidad de una comunidad para recordar su propio sufrimiento. El mismo mecanismo gobierna, a escala mucho menor, el mundo doméstico de Fernanda del Carpio, cuyas armas son la respetabilidad, la jerarquía heredada y la certeza religiosa. Fernanda manda matar a Mauricio Babilonia porque el honor lo exige; encierra a Meme en un convento, esa institución de la Iglesia que custodia la doctrina antes que la compasión, porque la decencia lo exige; años después le escribe a José Arcadio que su hermana murió en paz en brazos de su madre, prefiriendo la mentira al reconocimiento del amor. La Iglesia, en la novela, es precisamente eso: el símbolo del orden que se opone al exceso dionisíaco de los Buendía. Donde ellos desbordan de cuerpo, de deseo, de música y de vitalidad, ella impone la disciplina, la culpa y la renuncia; el convento no es un detalle de trama sino la maquinaria institucional que convierte el deseo de Meme en un pecado que hay que sofocar detrás de un muro. La compañía bananera destruye la memoria de una nación; Fernanda, la de una familia. Las dos reemplazan la realidad vivida por una ficción oficial; las dos subordinan a las personas a un sistema impersonal.
Esa correspondencia no es casual, y tampoco vuelve neutral a García Márquez: al contrario, explica por qué su humanismo de izquierda excede la alegoría partidaria convencional. Desconfía de cualquier orden, político o social, que le pida a un ser humano desaparecer detrás de un principio. Por eso, cuando el coronel Aureliano Buendía manda fusilar a Moncada, le dice a su viejo amigo, en esencia, que no es él quien dispara sino la revolución: la misma lógica moral con la que Fernanda se exime de responsabilidad. La revolución, en ese instante, mata con la misma crueldad que el orden que pretende derrocar, porque se ha convertido en una abstracción lo bastante grande como para esconder a la persona que da la orden. La crítica de García Márquez hacia la izquierda está contenida dentro de su compromiso con los valores de la izquierda: una política emancipadora se traiciona a sí misma cuando la revolución importa más que los seres humanos en cuyo nombre actúa. Así, la visión política de la novela sigue siendo reconociblemente de izquierda, pero su lealtad más profunda es con la vida misma.
La memoria contra el poder
Viendo la serie, esta idea se vuelve todavía más nítida. La cámara se detiene en los rostros de los trabajadores antes de la masacre, en el gesto de Fernanda cuando decide el destino de Mauricio, en el silencio de Moncada frente al pelotón: son decisiones de puesta en escena que no inventan nada que no estuviera ya en la novela, pero que subrayan algo que la lectura a veces deja pasar por alto, apurada por el ritmo de la prosa.
García Márquez, sin embargo, no le concede a la historia la última palabra emocional. Los capítulos finales no se hunden en la esterilidad: estallan en una última afirmación de la existencia. Amaranta Úrsula vuelve a Macondo riendo, abre las ventanas selladas, devuelve la casa a la vida, y con Aureliano Babilonia protagoniza la gran afirmación erótica con la que cierra el libro: el mismo exceso dionisíaco que la Iglesia había intentado sofocar detrás de los muros del convento donde encerraron a Meme, ahora desatado, sin permiso ni penitencia, en la última generación de los Buendía. Es la culminación de esa larga celebración de la vitalidad humana que empezó con la curiosidad de José Arcadio Buendía y la generosidad de Pilar Ternera. Pero esa liberación llega demasiado tarde. Amaranta Úrsula muere apenas después de dar a luz. El hijo que podría haber roto el ciclo, nacido como otro Aureliano y no con el nombre nuevo que ella había imaginado, es arrastrado por las hormigas antes de que su padre termine de descifrar la profecía que explica su propia existencia. Entonces Macondo desaparece, arrasado por el viento, en el instante mismo en que sus últimos habitantes parecían haber recuperado la capacidad de vivir.
Por eso el final no puede llamarse simplemente pesimista. García Márquez demuestra que la historia puede derrotar a los seres humanos sin que eso pruebe que sus vidas carecieron de sentido. Y por eso también, supongo, uno vuelve a este libro cada tantos años, como quien vuelve a un lugar que lo formó. Macondo desaparece de la historia para poder perdurar, para siempre, en la literatura, y para mí, desde los doce años, perdura también en la persona en la que he terminado siendo.
Sahasranshu Dash es un investigador asociado en el Centro Internacional de Ética Aplicada y Asuntos Públicos (ICAEPA) en Sheffield, Reino Unido.
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