Conclusiones de la psicóloga:

Omegna y sus amigos

Llevamos años viendo cómo el desprecio se disfraza de irreverencia. Cómo humillar al otro se presenta como transgresión. Cómo poner límites empieza a ser visto casi como censura y cómo la persona que se incomoda termina siendo el problema, en vez de aquello que provocó la incomodidad.

Omegna y sus amigos

Por Erika Tejerina Donoso

Lo de Omegna y sus amigos no me interesa analizarlo desde el escándalo fácil ni desde diagnósticos que nadie puede hacer mirando un video. Me interesa algo bastante más incómodo: qué ocurre en un grupo de adultos, además vinculado a espacios de poder, para que la vulnerabilidad de un niño termine convertida en material de entretención.

Porque acá no hay solamente una frase desafortunada. Hay un grupo, risas, complicidad y un límite que se va corriendo entre todos.

Uno dice algo brutal. Otro se ríe. Alguien agrega algo peor. Nadie frena.

Y así se instala el permiso.

Psicológicamente, los grupos pueden disminuir la responsabilidad individual. Uno se atreve a decir cosas que probablemente no sostendría solo porque tiene alrededor una audiencia que valida. La risa funciona como aprobación y la aprobación permite avanzar un poco más.

Pero en este caso hay otra variable que no se puede ignorar: el poder.

Porque no estamos hablando solamente de un grupo cualquiera conversando en una mesa. Estamos hablando de personas que circulan por espacios políticos, comunicacionales y de influencia, donde además se construye opinión, se toman decisiones y se instalan discursos.

Y el poder tiene una característica bastante peligrosa cuando no encuentra contrapesos: empieza a naturalizar sus propios límites.

Cuando durante mucho tiempo se instala la idea de que ciertas cosas son simplemente “humor negro”, se genera una especie de salvoconducto. Todo puede decirse, porque si alguien cuestiona, entonces “no entendió la talla”, “es demasiado sensible” o “ya no se puede decir nada”.

El humor negro termina convertido en una coartada.

Y eso no ocurrió de un día para otro.

Llevamos años viendo cómo el desprecio se disfraza de irreverencia. Cómo humillar al otro se presenta como transgresión. Cómo poner límites empieza a ser visto casi como censura y cómo la persona que se incomoda termina siendo el problema, en vez de aquello que provocó la incomodidad.

Ahí se corre algo socialmente muy peligroso.

Porque cuando todo puede justificarse desde el humor, el límite deja de estar puesto en quien agrede y empieza a exigirse tolerancia a quien recibe la agresión.

Porque cuando todo puede justificarse desde el humor, el límite deja de estar puesto en quien agrede y empieza a exigirse tolerancia a quien recibe la agresión.

Y nuevamente, siempre se golpea hacia abajo.

Al niño.

Al que tiene una discapacidad.

Al pobre.

A la mujer violentada.

Al que tiene menos herramientas para defenderse.

En este caso, además, se utiliza precisamente una posible dificultad de comunicación de niños con TEA como parte de la gracia.

Eso para mí es particularmente brutal.

Porque significa tomar aquello que podría aumentar la vulnerabilidad de un niño —su dificultad para contar lo que le sucede, pedir ayuda o ser comprendido— y transformarlo en ventaja para un agresor imaginario y en entretenimiento para adultos.

Para llegar a eso primero hay que hacer algo básico: dejar de ver al niño como sujeto.

Ya no es un niño con miedo, historia, familia, derechos y dignidad.

Es un objeto dentro del chiste.

Eso es deshumanización.

Y la deshumanización no comienza necesariamente con un delito. Empieza mucho antes. Empieza cuando el sufrimiento ajeno deja de incomodarnos. Cuando el vulnerable se vuelve utilería. Cuando la empatía empieza a parecer exageración y la crueldad se premia con una carcajada.

Por eso el contexto de poder importa tanto.

El poder no solamente se expresa en cargos, dinero o influencia. También se expresa en quién puede burlarse de quién sin pagar costos inmediatos, quién siente que tiene permiso para definir al otro, ridiculizarlo y después exigir que no se lo tome tan en serio.

Y cuando esa lógica se reproduce dentro de un grupo, se convierte en cultura.

Uno cruza el límite y los demás normalizan.

Después alguien va más lejos.

Y al final lo aberrante termina siendo tratado como una simple falta de sentido del humor de quien se ofendió.

Y al final lo aberrante termina siendo tratado como una simple falta de sentido del humor de quien se ofendió.

Eso es lo que me parece realmente preocupante de Omegna y sus amigos.

No solamente lo que dijo uno, sino el espacio que hizo posible que eso pudiera decirse, celebrarse y escalar.

Porque los grupos también tienen responsabilidad moral. Pueden frenar una brutalidad o pueden alimentarla. Pueden decir “hasta aquí” o pueden convertir la crueldad en una forma de pertenecer.

Y cuando quienes habitan esos grupos tienen acceso a espacios de poder, el asunto deja de ser una anécdota privada.

Porque esas mismas personas después participan de conversaciones sobre infancia, discapacidad, políticas públicas, derechos, presupuestos y protección social.

Entonces sí importa cómo miran al vulnerable cuando creen que están entre los suyos.

Nos llenamos la boca hablando de inclusión y protección, pero los valores no se demuestran cuando hay una cámara al frente y un discurso preparado.

Se demuestran justamente cuando nadie te obliga a ser correcto.

Ahí aparece el límite propio.

Y si ese límite desaparece apenas el grupo ríe, tenemos un problema bastante más profundo que una mala broma.

Tenemos una cultura que ha ido confundiendo libertad con impunidad, irreverencia con crueldad y humor negro con permiso para deshumanizar.

Y quizás esa sea la parte más incómoda de todo esto: el poder también se aprende en pequeñas escenas donde alguien descubre que puede degradar a otro y los demás, en vez de detenerlo, se ríen.

Después nos sorprendemos de la violencia, del abuso de poder, de la discriminación o de la falta de empatía.

Pero esas cosas no aparecen de la nada.

Se ensayan. Se justifican. Se normalizan.

Y muchas veces comienzan exactamente así: entre amigos, entre risas y bajo la cómoda excusa de que era solamente humor.

Por Erika Tejerina Donoso

Neuropsicología. Perito en educación, clínica, familia, infancia y adolescencia.

Fuente fotografía


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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