Opinión

Aciertos, dudas y una sospecha. La carta de los dos alcaldes

No tengo nada contra los acuerdos. Tengo mis dudas sobre este. El que celebraría se notaría el día en que a los de arriba les costara algo, el día en que el agua le llegara antes al pueblo que a la empresa que hoy tiene derecho a secarlo. Un acuerdo se mide por quién pierde comodidad en él y por quién fue invitado a escribirlo.

Aciertos, dudas y una sospecha. La carta de los dos alcaldes

Por Verónica Aravena Vega

El domingo [23 de agosto], Tomás Vodanovic, alcalde de Maipú y Jaime Bellolio, de la UDI, publicaron juntos una carta en El Mercurio y al otro día fueron a Tolerancia Cero a explicarla. La titularon Chile a treinta años, una invitación desde dos veredas distintas. Conviene decirlo de entrada, porque se está comentando como si fuera más: es una carta. No hay ley firmada ni proyecto ingresado, solo dos alcaldes que piensan distinto proponiendo conversar y eso es legítimo. Pero una carta tampoco es poca cosa. Es un anticipo de intenciones, la primera señal de por dónde alguien quiere llevar las cosas, aunque no se sepa todavía hacia dónde. Y justamente porque no se sabe, la miro con atención en vez de aplaudir de inmediato. Le veo aciertos, me quedan dudas y al fondo, una sospecha. Voy por partes, porque juntas se confunden.

Los aciertos primero, porque los tiene. Voy a ser honesta con lo que sentí: al principio me pareció bien. Celebré que dos que discrepan en casi todo se sentaran a pensar el país más allá del próximo titular, a hacer política en lugar de trinchera. Lo he defendido antes, cuando escribí sobre la dulzura como una forma de potencia, la de acercarse a alguien sin querer destruirlo. Sentarse con quien no piensa como uno puede ser un acto de fuerza. Estaba dispuesta a aplaudir.

Después vinieron las dudas. Se me fue dando vuelta con las horas y lo que la dio vuelta, entre otras cosas, fue ver a quiénes aplaudían. En poco tiempo la celebraron desde Evelyn Matthei hasta Carolina Tohá, la reposteó Boric, la valoró Ignacio Briones, que fue ministro de Hacienda de Piñera y cayó bien en el mundo empresarial. Un aplauso casi sin bordes. Y cuando a los que les ha ido bien con las cosas como están les gusta tanto una misma cosa, algo aprendí: conviene revisar si ahí adentro está de verdad lo que necesita la gente a la que le ha ido mal.

Así que me puse a mirar quién la había escrito. Antes de publicarla, la conversaron con otros alcaldes y con figuras de sus sectores. No sé si más allá de ese círculo alguien más opinó, alguna organización social o cualquiera que no salga ya en la foto; por lo que se ha sabido, hasta ahora la conversación ha sido entre ellos. Una invitación a imaginar las próximas tres décadas del país que, por ahora, parece escrita por los de adentro y para los de adentro. Llevamos tanto tiempo acostumbrados a que estas cosas se decidan arriba que ya casi no lo notamos.

Y después está con quién se firma. En algunos países de Europa, cuando la extrema derecha crece, los demás partidos suelen aislarla en lugar de pactar con ella: lo llaman cordón sanitario. Acá pasa lo contrario. Bellolio [alcalde de Providencia] es de la UDI, del sector que sostiene al gobierno de Kast, el que empuja la reforma de seguridad más autoritaria en décadas y recorta lo social. Si bien Bellolio objeta la reforma, incluso pidió que la retiren, no se mueve de la coalición que la hace posible. Y es con él, no contra ese gobierno, con quien Vodanovic se sienta a proyectar treinta años, el mismo Vodanovic que salió de reunirse con Kast diciendo que era como hablar con una pared, con un presidente dispuesto a oír pero no a escuchar. No sé cómo caben las dos cosas a la vez y que casi nadie lo nombre es parte de lo que me hace ruido.

Ellos responden con un argumento que suena impecable: “estamos demasiado polarizados, hay que bajar la confrontación y buscar soluciones prácticas”. Dicho así, quién va a oponerse. Lo que se cuela por debajo es la idea de que ponerse de acuerdo vale por sí solo, como si acordar fuera siempre mejor que discrepar. Chantal Mouffe lo veía al revés: tapar el conflicto en nombre del consenso no calma a los extremos, los engorda, porque el que no se siente representado por el acuerdo de “los razonables” termina buscando a quien sí le hable. Disputar ideas y proyectos de país también es hacer política y muchas veces es la forma más honesta que hay.

Me gustaría una izquierda capaz de sentarse con cualquiera sin tener que parecerse a la derecha para que la tomen en serio, con convicciones y sin pedir permiso.

Y está, además, la prueba más simple: leer los siete puntos y preguntar quién podría estar en contra. Resguardar la democracia, modernizar el Estado. Nadie. Un acuerdo que todos pueden firmar es un acuerdo que a nadie le cuesta nada. Lo que todavía no sabemos es a quién van a llegar esos acuerdos y quién va a pagarlos y ahí se juega todo. La envuelven en el proverbio griego de que una sociedad crece cuando los viejos plantan árboles a cuya sombra saben que no van a sentarse. Puede ser generosidad, o la coartada más elegante que existe, porque un árbol que dará sombra en treinta años es una forma muy fina de no dar sombra a nadie hoy.

Para ser justa: un alcalde ve de cerca la basura que no se recoge y la plata que no alcanza para el invierno y ese lugar empuja a buscar salidas que desde la pura opinión resulta cómodo despreciar. El gesto de Vodanovic puede no ser tibieza. Lo que no me saco de encima es el realismo de quién y para quién, porque en Chile esto rima con lo que Tomás Moulian llamó el consenso de la transición: acordar por arriba mientras abajo la vida seguía igual. La generación de Vodanovic vino, se suponía, a enterrar esa costumbre. A lo mejor la está reponiendo con mejores modales. Y esa costumbre, más que la carta, es mi sospecha de fondo.

Sé que todo esto incomoda, porque estos días mucha gente de izquierda nos critica a los que dudamos, en nombre de la unidad. La unidad hace falta y el diálogo también. Pero conversar con la derecha es una cosa cuando esa derecha condena lo que este gobierno le hace al país, un gobierno que trata la memoria y los derechos humanos como un estorbo, y es otra muy distinta cuando se lo calla. Ahí está la condición que no negociaría: unirse no puede ser hacerse el desentendido. Un frente ancho tiene sentido y hace falta, pero ancho no significa una sigla, significa toda la gente que quiere frenar esto sin dejar de ser ella misma.

No tengo nada contra los acuerdos. Tengo mis dudas sobre este. El que celebraría se notaría el día en que a los de arriba les costara algo, el día en que el agua le llegara antes al pueblo que a la empresa que hoy tiene derecho a secarlo. Un acuerdo se mide por quién pierde comodidad en él y por quién fue invitado a escribirlo. Un horizonte a treinta años no se dibuja desde arriba; se gana abajo, respondiendo qué pasa hoy y qué pasa a fin de mes. Moderar las formas lo queremos todos, más en los tiempos de crueldad que corren. Transar las ideas es harina de otro costal. Me gustaría una izquierda capaz de sentarse con cualquiera sin tener que parecerse a la derecha para que la tomen en serio, con convicciones y sin pedir permiso.

Pero eso no lo hace sola una dirigencia y aquí me incluyo. Podría quedarme en la desconfianza, que es el rincón cómodo, opinando de la jugada desde la galería sin bajar nunca a la cancha. Y esa galería llena de gente que solo mira es parte de cómo llegamos hasta acá, conmigo sentada en ella. Si la política de verdad se juega donde no estamos, mirarla mejor no alcanza. Hay que meterse y proponer, ocupar las organizaciones que existan, pelear por estar cuando se escribe el futuro en vez de esperar a leerlo en el diario. La carta pasará y la semana que viene estaremos hablando de otra cosa. Lo que más me incomoda es la costumbre de esperar que los de siempre arreglen un país que también es mío. Y esa costumbre podría cambiar.

Por Verónica Aravena Vega

Psicóloga. Doctora en Estudios de Género y Política. Universidad de Barcelona. Máster en Masculinidades y género. Máster en Recursos humanos. Máster en Psicología Social/organizacional. En Instagram

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Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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