Humanismo crítico, poder popular y convergencia frentista en la encrucijada chilena

Desafío al tutelaje: Pensamiento insumiso de Jecar Nehgme

"En la actualidad, frente a la ofensiva de la ultraderecha y las derivas del neofascismo contemporáneo, su ideario y su ética emancipadora resurgen como una brújula indispensable para la reconstrucción del proyecto popular y la izquierda chilena".

Desafío al tutelaje: Pensamiento insumiso de Jecar Nehgme

Por Águeda Sáez Fick, periodista (*)
Santiago de Chile, septiembre 2026

Mientras las cúpulas partidarias, el Pentágono y la dictadura pinochetista definían los cerrojos de una transición confinada a la Constitución de 1980, el dirigente mirista Jecar Nehgme Cristi planteó una ruptura audaz: desafiar el tutelaje pactado articulando la resistencia social, la autodefensa y la movilización popular.

Su asesinato a manos de la CNI en las vísperas electorales de 1989 no constituyó un desborde anacrónico, sino un crimen preventivo de Estado planificado para blindar la continuidad del modelo dictatorial y descabezar el proyecto de una izquierda revolucionaria autónoma, humanista y unitaria.

En la actualidad, frente a la ofensiva de la ultraderecha y las derivas del neofascismo contemporáneo, su ideario y su ética emancipadora resurgen como una brújula indispensable para la reconstrucción del proyecto popular y la izquierda chilena.

  1. La porfía de la memoria y la clausura tutelada

Existe una dialéctica subterránea en los procesos históricos: frente a la amnesia administrada desde las estructuras institucionales y las retóricas del consenso, la memoria de las resistencias sobrevive como una impugnación radical al orden presente.

Los proyectos emancipadores truncados por la violencia estatal no constituyen vestigios arqueológicos; operan, más bien, como fracturas abiertas que esquivan los cerrojos estructurales y el disciplinamiento social impuestos por las transiciones democráticas contemporáneas.

En la trayectoria política de las izquierdas chilenas durante la dictadura cívico-militar, la figura de Jecar Antonio Nehgme Cristi (1961–1989) condensa un nudo estratégico central: la transición orgánica entre la resistencia clandestina y la irrupción abierta de la movilización popular frente de la tiranía.

Su ejecución sumaria —perpetrada el 4 de septiembre de 1989 en la calle Bulnes por efectivos de la Brigada Azul de la Central Nacional de Informaciones (CNI)— no constituyó un exceso anacrónico de un aparato en retirada, sino una operación preventiva y disciplinadora, planificada en los umbrales mismos del itinerario electoral por los mandos civiles y militares responsables de blindar la transición pactada y consumada con la anuencia del Pentágono, cuyo objetivo era asegurar que el modelo económico e institucional implantado por la dictadura trascendiera incólume hacia el nuevo ciclo político.

Aquel crimen condensó, asimismo, una trágica continuidad histórica e intergeneracional del terrorismo de Estado.

El 26 de octubre de 1973, en la fase fundacional del dispositivo represivo instaurado tras el golpe militar, su padre —el salubrista y dirigente socialista Jecar Nehgme Cornejo— había sido fusilado en Temuco. Dieciséis años más tarde, a escasas semanas de los comicios que inaugurarían la gobernabilidad concertacionista, el plomo estatal cobraba la vida del dirigente mirista en el centro de Santiago.

El montaje comunicacional inmediato, que adjudicó el asesinato a un ficticio «Comando 11 de Septiembre», portaba una densa carga simbólica: no solo buscaba encubrir judicialmente a la cúpula represiva tras una supuesta vendetta paramilitar, sino reactivar el mito fundacional del golpe de Estado para advertir que las fronteras de la «democracia protegida» continuaban vigiladas por la violencia originaria del régimen.

Mediante esa acción criminal, la tiranía pretendía fijar los límites infranqueables del orden venidero, garantizando la pervivencia y proyección estructural de su modelo bajo los enclaves de una transición rigurosamente tutelada.

  1. Desarraigo y génesis del pensamiento crítico

La matriz formativa de Jecar Nehgme Cristi desborda los encuadres doctrinarios convencionales para arraigarse en la experiencia material de la violencia estatal y la subsiguiente recomposición comunitaria de los sectores populares.

Tras la ejecución sumaria de su padre en 1973, la familia experimentó el destierro interior: un desplazamiento forzado de más de seiscientos kilómetros desde La Araucanía hacia Santiago, custodiando los restos paternos en un féretro como crudo testimonio de la asimetría represiva instaurada por la junta militar.

En la periferia metropolitana —específicamente en el entramado poblacional contiguo a la emblemática Villa Francia, en la comuna de Estación Central— se estructuró una red de contención familiar encabezada por su madre Milagros y su abuela Marina.

Aquel matriarcado de supervivencia no solo protegió materialmente a Jecar y a sus hermanas frente al empobrecimiento y el asedio, sino que preservó la valoración de la vida, la dignidad y los afectos en un niño de apenas 12 años expuesto tempranamente al rigor de la persecución política.

Aquel entorno moldeó una subjetividad donde la calidez humana, el humor y la disciplina intelectual actuaron dialécticamente frente a la precariedad impuesta por el modelo neoliberal.

El estudio riguroso de la historia patria, sumado a una asimilación temprana de la experiencia trunca de comienzos de los setenta, no derivó en una apelación nostálgica o testimonial, sino en una lectura orgánica orientada a situar las contradicciones vivas de los trabajadores, los cesantes, las mujeres, los estudiantes y los pobladores en el núcleo mismo de la disputa hegemónica.

La aproximación metódica al marxismo y a corrientes heterodoxas de la teoría crítica, complementada con el examen de las luchas anticoloniales de África, Asia y Palestina, configuró en Jecar una concepción antidogmática de la praxis política. Lejos de concebir la teoría como un catecismo inerte, supo que las respuestas estratégicas debían emerger de las preguntas formuladas desde la experiencia concreta de los territorios en lucha.

  1. La trinchera afectiva: Coherencia militante y praxis a rostro descubierto

En las hendiduras abiertas por la reorganización popular y extensión de la resistencia antidictatorial en los albores de los años 80, la unión entre Jecar Nehgme y Águeda Sáez delineó una experiencia militante donde la frontera entre la esfera íntima y la confrontación política quedó subvertida.

Lejos de supeditar el afecto a la lógica sacrificial impuesta por la clandestinidad o a los tradicionales convencionalismos conservadores de pareja, la relación configuró territorios de libertad, complicidad intelectual, reciprocidad amorosa y compromiso transformador.

La decisión conjunta de abandonar la compartimentación clandestina para ejercer la militancia a rostro descubierto tensó permanentemente los márgenes de la supervivencia bajo el estado de excepción. La vida común debió articular la cotidianidad con un rigor metódico que combinaba la serenidad analítica, la templanza frente a la hostilidad cotidiana, la pasión revolucionaria y un estado de alerta ininterrumpido.

A lo largo de una década, la pareja operó con una estricta autoexigencia teórica y ética respecto a sus responsabilidades militantes, eludiendo la autocomplacencia y demandándose mutuamente una profunda solvencia ideológica ante las coyunturas de resistencia.

Aquel rigor no erosionó el ámbito de la contención humana. En el epicentro del asedio, la crianza compartida de Catalina y de su hijo Jecar, junto con la preservación de los afectos íntimos y la ternura, operó como un dique ético frente a la deshumanización programada por el régimen.

La experiencia de vida y militancia compartida evidenció que la disputa revolucionaria no se agota en las estructuras orgánicas ni en la propaganda pública: se ancla, primordialmente, en una vivencia donde la construcción de relaciones solidarias y desalienadas prefigura el orden social emancipado por el cual se combate.

  1. Humanismo crítico y superación del dogmatismo

Esa prefiguración ética arraigada en los afectos y en su profundo amor al pueblo constituyó la base ontológica y política desde la cual el líder mirista asumió un desafío teórico mayor: la necesidad y urgencia de aprehender la inmensidad de la condición humana —su sensibilidad, pulsiones, inteligencia y conducta— para integrarla orgánicamente al análisis materialista de la historia.

En vez de reducir el marxismo a una mecánica determinista de fuerzas productivas o a un catecismo inerte, Jecar articuló su pensamiento en la confluencia viva de dos grandes vertientes del marxismo crítico emancipador: por un lado, la tradición europea heterodoxa emanada de los textos fundacionales de Karl Marx; por el otro, la vertiente nuestroamericana de liberación, forjada al calor de las luchas anticoloniales, las revoluciones continentales y la teoría social latinoamericana.

En la primera vertiente, Jecar abrevó en la crítica radical de la enajenación plasmada en los tempranos Manuscritos económico-filosóficos de 1844 de Karl Marx, dialogando de manera fecunda con los desarrollos de la teoría crítica europea.

Encontró en el psicoanálisis de Erich Fromm las herramientas teóricas para develar el «carácter social» autoritario y desentrañar los resortes psíquicos que sustentan la servidumbre voluntaria; incorporó la lúcida advertencia de Herbert Marcuse respecto a los refinados dispositivos de domesticación pulsional y desublimación represiva con que el capitalismo avanzado neutraliza la potencia emancipadora del deseo; y asimiló la rigurosa economía política de Ernest Mandel, cuya disección del capitalismo tardío demostraba cómo la lógica del capital coloniza y mercantiliza hasta los intersticios más recónditos de la vida cotidiana y la psique individual.

A este acervo sumó el magisterio de Antonio Gramsci sobre la hegemonía cultural, la construcción del sentido común y la comprensión de que la dominación de clase se reproduce ante todo en la trama de la cultura y la vida civil.

Dialécticamente articulada con esta matriz, la segunda vertiente nutrió su praxis desde el pensamiento crítico y la memoria insurgente de Nuestra América. Jecar reconoció en la vocación unificadora y antiimperialista de Simón Bolívar y en el ideario fundacional de José Martí la exigencia innegociable de pensar desde la propia realidad —asumiendo la premisa martiana de que la creación política continental debía brotar de nuestras raíces sin calcar modelos foráneos—.

En ese mismo cauce continental, integró las elaboraciones de la Teoría Marxista de la Dependencia desarrolladas por Vania Bambirra, Theotônio Dos Santos y Ruy Mauro Marini, cuya labor teórica y militante en su estancia en Chile había aportado claves indispensables para descifrar el carácter dependiente, superexplotador y estructuralmente subordinado del capitalismo periférico.

Esta lectura se fundió con el pulso vivo de las revoluciones continentales: la impronta ético-política de Ernesto «Che» Guevara en torno a los incentivos morales y la forja del «hombre y la mujer nuevos», en permanente reciprocidad con la concepción estratégica de Fidel Castro sobre la «batalla de ideas», el valor irreductible de la conciencia social y la certeza de que la victoria popular reside en la fuerza moral y la dignidad organizada del pueblo.

A partir de esta fértil síntesis, Jecar comprendió que el rescate de la subjetividad no constituía un desvío idealista ni una concesión pequeñoburguesa, sino una dimensión intrínseca a la lucha de clases: ningún proyecto revolucionario resultaba viable si escindía las leyes materiales de la acumulación de las necesidades afectivas, éticas y espirituales del sujeto colectivo llamado a transformar la historia.

Este humanismo radical distanció sistemáticamente a Nehgme de las interpretaciones mecanicistas, los corsés estalinistas y los esquematismos doctrinarios que históricamente se alojaron en sectores de la izquierda marxista latinoamericana.

Para Jecar, la dictadura pinochetista y la reestructuración neoliberal no se limitaban a la compresión salarial y la coerción armada: constituían un asalto biopolítico planificado contra los lazos de reciprocidad y la dignidad del pueblo.

Por ello, su producción analítica proyectó este prisma emancipador sobre las luchas de liberación del Tercer Mundo, los procesos descolonizadores en Asia y África, el régimen de apartheid sudafricano y la resistencia palestina, afirmando un internacionalismo militante donde el amor revolucionario operaba como un imperativo categórico contra la deshumanización estructural del capital global.

Bajo esta doble vertiente teórica, la disputa ideológica asumió un carácter metodológico riguroso y formativo: la confrontación de ideas dejaba de ser un litigio punitivo o una querella facciosa por hegemonías burocráticas, para elevarse a práctica liberadora en la construcción de la autoconciencia popular.

Inspirado en la concepción fidelista del diálogo pedagógico constante con el pueblo, en la impugnación de Marcuse al conformismo unidimensional y en la defensa irrenunciable de Mandel de la democracia socialista desde las bases, Jecar promovió la deliberación abierta, la pluralidad de miradas y el valor del debate fraterno como antídotos frente a la osificación dogmática y el vanguardismo iluminista.

Solo a través de una crítica situada y despojada de catecismos resultaba posible forjar una estrategia revolucionaria para la emancipación chilena; una construcción capaz de dialogar orgánicamente con la idiosincrasia popular y entroncarse con las densas tradiciones de lucha acumuladas a lo largo de siglos en el territorio nacional: desde la irreductible resistencia histórica de los pueblos originarios y la pedagogía obrera y moral fundacional de Luis Emilio Recabarren, hasta la dignidad democrática y el horizonte socialista encarnados por Salvador Allende.

  1. Poder popular, conducción y convergencia frentista

La identidad militante de Jecar Nehgme se forjó en el del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y con la concepción de la generación fundadora liderada por Miguel Enríquez.

Para Jecar, el nacimiento del MIR en 1965 no había constituido una simple escisión táctica en el tablero partidario de la época, sino una ruptura epistémica y revolucionaria: la irrupción de una nueva izquierda que cuestionaba de raíz el reformismo, la concepción etapista del cambio social y el dogmatismo.

Esta matriz fundacional mirista dialogaba desde sus inicios con la teoría crítica y el marxismo y situaba en el centro al sujeto social: al pueblo como artífice consciente, soberano y protagonista de su propia liberación.

Al igual que en las tesis de la Escuela de Frankfurt sobre la autonomía emancipadora y en sintonía con las advertencias de la Teoría de la Dependencia sobre el carácter super explotador del capitalismo periférico, el pensamiento mirista asumió que la emancipación en Nuestra América exigía una audaz renovación del sujeto histórico, e incorporó “a los pobres de la ciudad y del campo” como fuerzas motrices articuladas al eje obrero histórico.

No se trataba de diluir a la clase trabajadora, sino de ensanchar el horizonte de la lucha de clases, asumiendo que la dominación en un país dependiente penetra y fragmenta la totalidad de la vida social.

Heredero de ese acumulado teórico, Jecar articuló una concepción rigurosa sobre el rol de la organización: el partido revolucionario jamás constituye un fin en sí mismo, sino es una herramienta histórica e indispensable de conducción política y estratégica.

Para Nehgme el partido justificaba su existencia en tanto herramienta de conducción directriz no suplantadora, cuya vanguardia moral no se decretaba por investidura doctrinaria, sino que se conquistaba al frente de las luchas del pueblo.

Con este acervo Jecar enfrentó las fracturas internas que sacudieron al mirismo hacia finales de los años ochenta rechazando tanto la claudicación liberal ante el régimen como las derivas militaristas que reducían la revolución al enfrentamiento armado clandestino y aislado.

En su lectura, la estrategia político-militar formulada por Miguel nunca concibió la fuerza material como un fin en sí mismo ni a los destacamentos armados como una vanguardia sustitutiva.

Por el contrario, la política militar debía subordinarse dialécticamente al avance de las luchas sociales bajo el principio del desarrollo combinado: la fuerza militar popular operando como escudo protector y multiplicador de la organización y movilización, sepultando la deformación que reducía al movimiento social a una simple retaguardia logística.

Esta primacía de lo social iba acompañada de una concepción innegociable de la autonomía popular. En la doctrina de Enríquez y en la práctica de Jecar, el poder popular no era una experiencia asamblearia testimonial ni un refugio marginal, sino el embrión de una nueva institucionalidad democrática y socialista forjada desde abajo.

Por ello, la independencia de clase no significaba automarginación de las coyunturas políticas. Implicaba, por el contrario, la ocupación táctica y desacomplejada de los resquicios legales —como por ejemplo la construcción del Partido Amplio de Izquierda Socialista (PAIS) o la concurrencia a los registros electorales— como una de las formas de disputar los sentidos de la crisis, horadar el itinerario fijado por Pinochet y evitar que el descontento social fuera expropiado por el consenso pactado de las cúpulas.

Rechazando con firmeza todo intento de cooptación política, Nehgme encarnó esa autodeterminación en la trinchera material de los territorios.

Así lo demostró su papel dirigente en la fundación de la Unión Nacional de Estudiantes Democráticos (UNED) tras su expulsión universitaria en 1980, su compromiso en el Comité de Defensa de los Derechos del Pueblo (CODEPU) y su rol articulador en ollas comunes, tomas de terrenos, paros sectoriales y jornadas de protesta nacional.

En cada espacio, Jecar sostuvo que la conciencia revolucionaria se fragua en la reciprocidad comunitaria, la autogestión de las necesidades y la confrontación organizada contra el orden dominante.

En su experiencia en los procesos de acumulación de fuerzas desde las bases nutrió una vocación frentista de mayorías y una audaz política de alianzas.

Como dirigente nacional del Movimiento Democrático Popular (MDP), luego como artífice de la Izquierda Unida en 1987 y promotor del PAIS en 1988, Jecar impulsó la convergencia orgánica de comunistas, socialistas, miristas, radicales revolucionarios y cristianos de izquierda.

Su apuesta consistía en blindar la articulación del bloque popular sin resignar a los perfiles transformadores ni al horizonte socialista, para, desde esa correlación de fuerzas autónoma y cohesionada, tender puentes de convergencia táctica con sectores liberales y socialdemócratas capaces de aislar al régimen y quebrar el cerrojo autoritario.

Ese caminar junto a las bases cimentó un liderazgo de masas que trascendió con creces las fronteras partidarias del mirismo. Jecar se convirtió en una figura de referencia indiscutible para el conjunto de la izquierda y para amplios sectores populares, quienes reconocían en él una combinación una profunda estatura teórica unida a una sencillez cotidiana, accesible y fraterna.

Aquella autoridad moral provenía de su consecuencia material: el temple para ir de frente en los combates callejeros y la agudeza para librar la batalla de las ideas, tanto en las tensiones internas de su organización como en el debate estratégico del movimiento popular.

Desde esa legitimidad conquistada, y lejos de convalidar la Constitución fraudulenta de 1980, Nehgme concibió la intervención en el plebiscito y en los comicios de 1989 como una trinchera de masas orientada a desbordar la transición pactada, quebrar los cerrojos de la impunidad y abrir cauce a una asamblea constituyente soberana que devolviera al pueblo chileno las riendas de su propia historia.

  1. El horizonte inacabado y la disputa por la soberanía popular

El asesinato de Jecar Nehgme Cristi —ejecutado con el conocimiento directo del dictador y bajo la administración civil de una cartera de Interior encabezada por Carlos Cáceres, posterior cuadro directivo de influyentes conglomerados económicos transnacionales— respondió a un cálculo disciplinador preciso.

Lo que la tiranía y sus aparatos de seguridad intentaron cercenar no era un residuo testimonial de la lucha armada, sino la emergencia de una dirección política joven, sofisticada en lo teórico, arraigada en los movimientos sociales y dotada de una vocación unitaria capaz de impugnar los términos de la gobernabilidad tutelada.

El régimen advertía con lucidez la amenaza implícita en un revolucionario que desmantelaba la clandestinidad para interpelar a las masas a rostro descubierto, articulando la disputa político-institucional con las resistencias populares constructoras de soberanías territoriales y sectoriales.

A la luz de los procesos de recomposición popular contemporáneos, la trayectoria de Jecar Nehgme elude cualquier confinamiento en los archivos inertes de las derrotas.

Su praxis condensa un derrotero de futuros pendientes: la certeza dialéctica de que ninguna transición democrática es legítima si consagra la despolitización, el desarme organizacional de la sociedad y el blindaje del modelo socioeconómico impuesto por la fuerza.

Su legado sobrevive no como nostalgia litúrgica, sino como una interpelación viva a las comunidades que persisten en la construcción de un orden social definido necesariamente por la soberanía popular, la justicia distributiva, la libertad irrestricta y el protagonismo histórico de sus pueblos.

Águeda Sáez Fick

(*) Nota de la autora: Aunque quien escribe formó parte activa de esta historia y de la vida de Jecar, la adopción de la tercera persona constituye una decisión deliberada: no busca eludir la memoria viva ni fingir neutralidad, sino subordinar el testimonio autobiográfico a la reconstrucción política y teórica de un proyecto colectivo de resistencia y emancipación, para que el ideario y la praxis de toda una generación de luchadores interpelen, con la urgencia debida, las batallas que hoy nos toca librar.

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