Por José Luis Riquelme Salazar y Manuel Núñez Carrasco
A casi 7 años de la Revuelta de Octubre, el debate intelectual sobre su significado parece haberse desplazado desde la sorpresa inicial hacia la elaboración de balances. Durante los últimos meses han aparecido distintas interpretaciones que, desde perspectivas diversas, han intentado establecer qué fue finalmente Octubre y cuál es su legado.
Algunos han enfatizado el agotamiento de las energías transformadoras inauguradas en 2019; otros han destacado la capacidad del sistema político para reabsorber el conflicto (tesis de la resaca); mientras algunos observan una derrota histórica de las fuerzas transformadoras, otros interpretan el ciclo abierto por la Revuelta como una experiencia cuyos principales efectos habrían quedado cancelados por el desenlace constitucional.
Pese a sus diferencias, estas posiciones comparten una característica común: todas evalúan Octubre a partir de su resultado.
Ya sea desde la tesis de la «resaca», desde la restauración de la centralidad institucional o desde la constatación de una derrota política, la pregunta suele formularse de la misma manera: ¿Qué logró finalmente la Revuelta? ¿Qué quedó de ella después del fracaso constitucional, del repliegue de las movilizaciones y del retorno de la política a sus cauces tradicionales?
Nos parece que allí radica una limitación importante de buena parte de las interpretaciones actuales. Porque quizás el problema consista en que seguimos observando Octubre desde aquello que ocurrió después de Octubre.
La Revuelta fue, por supuesto, una crisis del modelo neoliberal chileno. Fue una crisis de representación política. Fue una impugnación masiva de las élites. Todo aquello es cierto. Sin embargo, ninguna de esas caracterizaciones alcanza a explicar plenamente qué ocurrió cuando millones de personas comenzaron a cuestionar simultáneamente certezas que durante décadas habían sido presentadas como naturales e inevitables.
Lo singular de Octubre no fue únicamente la magnitud de las protestas. Fue la aparición de una nueva manera de interpretar la realidad social chilena. Durante semanas, el endeudamiento, la precarización laboral, las bajas pensiones, las desigualdades territoriales y la mercantilización de derechos dejaron de ser experimentados como problemas individuales o sectoriales para comenzar a percibirse como expresiones de una misma configuración histórica.
De allí la fuerza de la consigna «No son treinta pesos, son treinta años». No era una simple frase de protesta. Era una reinterpretación colectiva del país.
Pero incluso esa dimensión resulta insuficiente para comprender completamente lo ocurrido.
Mientras el sistema político intentaba encontrar explicaciones para la crisis, comenzaron a desplegarse en numerosos territorios experiencias de organización, deliberación y acción colectiva que excedían el repertorio habitual de la protesta social. Cabildos, asambleas territoriales, ollas comunes, centros culturales autogestionados, redes de abastecimiento y múltiples formas de cooperación comenzaron a producir respuestas concretas frente a problemas igualmente concretos.
A nuestro juicio, allí se encuentra una de las dimensiones menos estudiadas y más relevantes de la Revuelta.
No nos referimos simplemente a la existencia de movimientos sociales. Chile conocía experiencias de movilización mucho antes de Octubre. Nos referimos a algo distinto: a la aparición de prácticas mediante las cuales personas comunes comenzaron a ejercer directamente capacidades políticas que habitualmente permanecen concentradas en instituciones, autoridades o expertos.
Es lo que se denomina democracia insurgente. La expresión puede sonar compleja, pero la idea es sencilla. La democracia deja de ser únicamente un procedimiento electoral o una forma de gobierno y comienza a aparecer como una actividad ejercida por quienes deliberan, organizan y deciden colectivamente sobre asuntos que afectan sus propias vidas.
La política deja de ocurrir exclusivamente en el Estado. Y comienza a producirse también en las calles, los barrios y los territorios.
Algunos ejemplos permiten ilustrarlo mejor. En Padre Hurtado, el Colectivo Octubre Combativo impulsó procesos de organización territorial que fueron mucho más allá de la protesta.
La recuperación simbólica de espacios públicos, la construcción de redes comunitarias, la realización de actividades culturales, las experiencias de abastecimiento popular, la toma y control de la antigua plaza de armas para organizar ferias populares autogestionadas y distintas formas de cooperación entre vecinos, permitieron sostener prácticas de organización que continuaron existiendo incluso después de que disminuyó la intensidad de las movilizaciones.
Algo similar ocurrió con Radio Plaza de la Dignidad. Mucho más que un medio alternativo, se transformó en una experiencia de comunicación popular surgida al calor de la Revuelta. Allí se produjeron relatos, diagnósticos, memorias y formas de encuentro que escapaban a la lógica de los grandes medios y permitían que la propia movilización construyera sus espacios de expresión y reconocimiento.
Experiencias como estas no caben fácilmente en las categorías tradicionales con las que solemos pensar la política. No son partidos, ni gobiernos, menos parlamentos o municipios. Pero tampoco constituyen simples expresiones culturales o comunitarias. Son espacios donde la democracia se ejerce como práctica.
Por eso creemos que la pregunta más interesante no es si Octubre ganó o perdió. La cuestión es qué ocurrió con esas capacidades políticas que la Revuelta ayudó a producir.
La historia posterior es conocida. El proceso constituyente abrió una vía institucional para procesar la crisis. El conflicto comenzó a desplazarse progresivamente hacia procedimientos, representantes, elecciones y reformas. Una parte importante de las expectativas de transformación fue depositada en el trabajo de la Convención Constitucional y posteriormente en la acción gubernamental.
Nada de esto debe ser entendido como una simple conspiración ni como una traición planificada. Las instituciones también fueron transformadas por la energía social que ingresó en ellas. Sin embargo, el desplazamiento existió. La acción colectiva comenzó gradualmente a convertirse en expectativa. Lo que antes era ejercicio directo de capacidades políticas empezó a depender crecientemente de aquello que representantes e instituciones pudieran hacer por quienes habían abierto el proceso.
Nuestra tesis es que allí se produjo una operación de captura. No una captura absoluta. Menos una derrota definitiva. Pero sí un movimiento mediante el cual una parte importante de las potencias abiertas por la Revuelta fue traducida hacia mecanismos institucionales capaces de procesarlas, representarlas y delimitarlas.
Esta mirada nos permite tomar distancia tanto de quienes observan únicamente una derrota como de quienes sólo perciben restauración institucional. También nos distancia de aquellas lecturas que reducen Octubre a una explosión emocional cuyos efectos habrían sido completamente absorbidos por el sistema político.

Porque una captura efectiva no es necesariamente una captura total. Las experiencias organizativas producidas durante la Revuelta no desaparecieron simplemente porque fracasó una propuesta constitucional.
Los aprendizajes políticos acumulados en barrios, poblaciones y organizaciones sociales tampoco pueden medirse exclusivamente mediante resultados electorales. Las memorias colectivas, las redes territoriales y las formas de cooperación construidas durante ese período continúan formando parte de la vida social chilena.
Por eso creemos que la discusión sobre Octubre todavía está abierta. La verdadera pregunta no es si la Revuelta terminó bien o mal. La pregunta es si estamos buscando sus efectos en el lugar correcto.
Mientras buena parte del debate continúa observando exclusivamente parlamentos, gobiernos y procesos constitucionales, quizás una parte significativa de lo que Octubre produjo siga desarrollándose en territorios, organizaciones y espacios comunitarios que rara vez ocupan el centro de la atención pública.
Tal vez la resaca exista. Pero la resaca no es todo lo que quedó de Octubre.
(*) José Luis Riquelme Salazar y Manuel Núñez Carrasco son investigadores en ciencias sociales Universidad Central de Chile y Universidad de Santiago, participes de la experiencia del Colectivo Octubre Combativo.
