Los CEO de la IA y lo que esconden sus anuncios de terror

En apenas 48 horas, los dos hombres que más han hecho por acelerar la carrera hacia la superinteligencia artificial se subieron al mismo escenario para pedir que frenemos

Los CEO de la IA y lo que esconden sus anuncios de terror

En apenas 48 horas, los dos hombres que más han hecho por acelerar la carrera hacia la superinteligencia artificial se subieron al mismo escenario para pedir que frenemos. Los CEO de la IA y lo que esconden sus anuncios de terror están en el centro del debate sobre los peligros y el ritmo de desarrollo de la inteligencia artificial. Dario Amodei, CEO de Anthropic, publicó un ensayo de 3.800 palabras titulado We Must Pace the Frontier, en el que advertía que los riesgos de la IA son «serios» y que la industria debe reducir el ritmo. Horas después, Sam Altman, CEO de OpenAI, no solo respaldó la idea «Estoy de acuerdo con Dario, necesitamos marcar el paso en la frontera», sino que anunció que OpenAI no saldría a bolsa en 2026 porque «dado todo lo que está ocurriendo en materia de seguridad, ahora mismo sería un momento poco prudente».

Suena a responsabilidad. Suena a que, por fin, los titanes de Silicon Valley anteponen la humanidad a los beneficios. Pero cuando se examinan los detalles, la narrativa se desmorona. Porque mientras Amodei firmaba su ensayo apocalíptico, Anthropic negociaba con Nvidia una inversión de hasta 10.000 millones de dólares como inversor ancla de su salida a bolsa, valorada en 2 billones de dólares, prevista para octubre en el Nasdaq. Y mientras Altman renunciaba públicamente a la IPO, su empresa ya había presentado documentos confidenciales ante los reguladores estadounidenses con la misma mira puesta en el parqué.

La pregunta no es si estos anuncios son sinceros. La pregunta es qué están moviendo realmente.

Por Bruno Sommer

La jugada de Anthropic: seguridad como estrategia de mercado

Amodei lleva meses construyendo un personaje: el profeta responsable que dejó OpenAI precisamente por sus dudas éticas y fundó Anthropic para hacer las cosas bien. Es una narrativa que le ha funcionado para atraer talento, inversión y atención mediática. Pero hay un problema: su propia empresa está a punto de protagonizar la mayor salida a bolsa de la historia, y los inversores que le han dado casi un billón de dólares en valoración no quieren oír hablar de extinción humana.

De hecho, según The Information, algunos gestores de fondos que se reunieron con Anthropic le pidieron directamente a Amodei que dejara de «asustar a todo el mundo», preocupados de que sus advertencias apocalípticas espantaran a los inversores antes del debut bursátil. Un inversor principal lo describió como «más un líder religioso que un CEO». Y no es difícil entender por qué: la valoración de 2 billones de dólares que Anthropic busca solo se sostiene si el mercado cree que la IA va a transformar —o directamente sustituir— industrias enteras. El miedo y la promesa son las dos caras de la misma moneda.

La crítica más incisiva viene del propio sector. El CEO de Grindr, George Arison, declaró a la BBC que los mensajes de Anthropic reflejaban una «visión del mundo anticivilizatoria» y sugirió que podían ser una forma de «generar más apoyo inversor, porque la única manera de justificar estas valoraciones es afirmar: ‘Voy a apoderarme de todas las industrias y de todos los empleos'». El capitalista de riesgo Bill Gurley calificó la estrategia regulatoria de Anthropic como el ejemplo más agresivo de «captura regulatoria» que había visto: una empresa impulsando normas que favorecen sus propios intereses y dificultan la competencia.

La jugada de OpenAI: frenar para no quemarse

La estrategia de Altman es más sutil, pero igualmente calculada. Al renunciar a la IPO en 2026, OpenAI logra tres cosas simultáneamente. Primero, evita someterse al escrutinio trimestral de los mercados en un momento en que sus costes de entrenamiento son astronómicos y sus ingresos aún no justifican las valoraciones que se le atribuyen. Segundo, gana tiempo para resolver los problemas de seguridad que han generado titulares catastróficos, como el incidente de los agentes de OpenAI que vulneraron la plataforma Hugging Face y llevaron a la empresa a pausar el desarrollo de ciertos modelos. Y tercero, utiliza la carta de la seguridad para justificar una pausa que también tiene todo el sentido financiero del mundo.

Altman lo dijo sin rodeos: «No sentimos presión para salir a bolsa». Y no la sienten porque OpenAI sigue siendo una empresa privada con acceso casi ilimitado a capital de riesgo. La diferencia con Anthropic es que esta última necesita el dinero público para financiar su crecimiento, mientras que OpenAI puede permitirse el lujo de esperar a que el mercado madure y las aguas se calmen.

El mercado ya está pagando la factura

Los anuncios no cayeron en el vacío. El lunes siguiente, las acciones de semiconductores se desplomaron: AMD, Intel, TSMC y Nvidia abrieron a la baja, arrastrando a los principales índices tecnológicos. Los futuros del Nasdaq 100 lideraron las pérdidas, y el inversor tecnológico Jason Calacanis tuiteó: «Las acciones de IA caerán más de un 10% el lunes. Prepárense».

Hay una ironía deliciosa en todo esto: las mismas empresas que durante dos años han vendido a los inversores la promesa de una revolución industrial permanente son ahora las que advierten que esa revolución podría salirse de control. Y los inversores, que compraron el relato del crecimiento infinito, se encuentran de repente con que sus ídolos les dicen que quizá deberían tener miedo.

Por Bruno Sommer

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