COLUMNA

Alegoría de la incertidumbre

"Es momento de enriquecer el contenido del debate y entonces izar las banderas de la sanas relaciones políticas y sociales, para hacerle saber a quienes carecen de discursos de amor y que vomitan odio e ignorancia: Que el amor es, como decía Humberto Maturana, la única emoción que funda lo social (...) y que sin duda permite integrar al otro en toda su integridad".

Alegoría de la incertidumbre

Por Leonardo Guerrero Campos, filósofo, con la colaboración de Raffaella Di Girolamo, psicóloga

«El amor es la emoción que funda lo social, es dejar aparecer al otro tal como es» – Humberto Maturana

Cada paso que da este gobierno en cualquier tipo de materia, demuestra y refleja un retroceso en derechos adquiridos de quienes habitamos el territorio nacional.

Décadas de lucha democrática en materia de derechos educativos, derechos de género, derechos alimenticios, derechos humanos, derechos laborales, derechos de salud, sexualidad e incluso reproductivos que parecen estar al borde de su abolición total y al estilo del führer Kast.

Un constante frenesí por desventurar, desmantelar, desapropiar de sentido la vida de cada uno de nosotros en nuestro habitar nacional.

Mientras el gobierno de la ultra derecha pinochetista aplaude alguna de sus “políticas” públicas, las carencias de nuestra sociedad civil se engrandecen y la certidumbre es cada vez más escasa. Una alegoría a la incertidumbre que “compromete pretendiendo re-configurar” a cada uno de nuestros cuerpos ya sumergidos en la ansiedad, en la ausencia, en la necesidad de lo laboral, en el dolor del desprecio ante lo ajeno, en la carencia de aquello que antes configuraba nuestras vidas.

La gobernabilidad y las performance desventuradas del fascismo dominante nos arrojan a un (des)habitar(nos) que lentamente deshumaniza/deshabilita/desmonta los espacios comunes de lo social, habitamos entonces, desde la pérdida de los afectos, (co)habitamos desde un negacionismo total del otro, desde una deslegitimación del otro, una desafectación de quienes convivimos y resistimos día a día haciendo patria y memoria en cada una de los regiones del país.

El foro de Madrid que pasó por Santiago de Chile, es un ejemplo vívido del espacio social que quieren emancipar quienes defienden la libertad pero aman las cadenas de la dictadura; de quienes dicen seguir a Cristo, pero desprecian a sus semejantes; de quienes desaprueban el discurso que no es el propio y reducen sus argumentos a insultos y menoscabos deshumanizadores tal como lo hizo el ocupa pañales de Milei, al tratar a la izquierda chilena como mugrienta, cuando el que no se baña es él.

¿Es acaso esta la sociedad y el tipo de paz que quiere construir el descendiente de nazis que habita hoy La Moneda?

Un Estado, que por medio de su gobierno, permite la reproducción de “discursos de odio” que Karl Popper, en “la sociedad abierta y sus enemigos”, nos dice que si la intolerancia reina en una sociedad, ésta sociedad corre el riesgo de ser aniquilada por la intolerancia; considerando dicho argumento estamos claramente frente a un gobierno egoísta, poco empático con las víctimas de la dictadura, que pretende borrar de raíz el golpe enalteciendo la figura del traidor, asesino y ladrón de Pinochet.

Pero si logramos hacer algo de historia e ir más allá de la actualidad, podemos comprender más profundamente lo desarropados de sentido que nos encontramos hoy.

¿Cuál es el verdadero objetivo de gobernar? Bajo toda lógica política, el contractualismo de Jean Jacques Rousseau descrito en el “contrato social”, sumado a John Locke y su “tratado sobre el gobierno civil” sin duda sentaron las bases para promover la política del “pacto social” que claramente, lo que busca en su génesis, es dar respuesta a las necesidades (organizar) de cada uno de los que habitamos en un “estado-nación” nos diría Aristóteles, y que llevamos el nombre de ciudadanos.

En virtud de semejante imperativo categórico de lo político, es decir, el del “bien común” por medio de un pacto o contrato racional, como fin último de la administración del poder “democrático”, nuestros “seres”, nuestras “subjetividades”, nuestras “relaciones sociales” e incluso hoy nuestras “relaciones virtuales”, (a propósito del caso y las granjas de bots de Cerimedo que salpican al actual Ejecutivo) y “nuestros cuerpos” están totalmente adiestrados y adormecidos bajo el dominio de las distintas condiciones del micro-poder operante en cada espacio de nuestra sociedad postmoderna, nos diría con nitidez Michel Foucault.

Esos cuerpos adiestrados están estremecidos y son reflejo de múltiples laceraciones históricas, por tanto así son el reflejo de las huellas tan inmutable como el principio de no contradicción de Parménides.

Aún así, esta manga de ignorantes y ultrones de derecha nos pretenden adentrar en las tierras de la diosa griega “Lete”. Intentando así borrar cada aspecto de nuestra identidad, nuestro ser nacional. Quieren borrar: horrores, desapariciones, torturas, dolores, amores, desamores, visiones, testimonios, derechos sociales, lamentos, resistencias, luchas, llagas, cantos a punta de empanadas, chicha y las glorias prusianas de quienes hasta el día de hoy no nos dicen: ¿Dónde están?

¿No es esta forma de “gobernar”, que apenas lleva meses, una clara evidencia de que no hay responsabilidad en la periodicidad del cuidado del otro?

En efecto, dos ejemplos claros podrían ser el alto porcentaje en materia de cesantía hoy e incluso negar la conmemoración de estado para respetar los DDHH y la figura de Salvador Allende.

Por tanto, y considerando lo anterior, debemos sopesar que banalizar el dolor ajeno e incluso negarlo es macabro, es cruel e inhumano y si no logramos de forma consciente asumir al otro en Chile como un igual y no como un enemigo al que hay que abolir/eliminar/anular como se hizo en la dictadura (incluso haciendo alegoría del régimen), entonces estamos negándonos a la posibilidad de pensar y esa es la mayor amenaza moral presente en la sociedad chilena contemporánea a principios del siglo 21.

Cuando escuchamos al Presidente de Chile decir que “debemos avanzar” y mirar al futuro sin considerar el pasado (doloroso para millones de compatriotas) del que él mismo fue parte, estamos frente al primer paso de la propagación del odio y el mal social que puede terminar naturalizado en quienes perciben/recepcionan el mensaje.

En palabras de Hannah Arendt, nace la banalidad del mal, que es precisamente lo que está sucediendo con estos discursos de odio político, de odio social y de deshumanización discursiva del espacio/debate público; un discurso que se emancipa/permea lentamente en cada uno de los sitios políticos y rincones de la sociedad chilena.

Una desgracia para la paz social, una desgracia para el nivel de los argumentos del debate público, una desgracia para la igualdad de trato y sin duda para mantener en pie las garantías mínimas fundamentales que se necesitan para convivir en democracia.

Una democracia que está en franca decadencia, pues quien la dirige desde la Presidencia miente, apoya a los asesinos de la dictadura, baja los impuestos a los más ricos, apoya (al no desmentir) el discurso de odio de un mandatario extranjero en ejercicio y en plena soberanía nacional.

Un Presidente macabro con los colmillos dictatoriales de su propio pasado, que hoy sin duda se hace carne sin clase, sin la claridad de quienes van de frente y más bien al estilo de Charles Montgomery Burns de los Simpsons, pero con música bíblica de fondo, su rubia familia en torno a él y su partido republicano, que es la antesala del nacional socialismo en un Chile lúgubre, un Chile más empobrecido, pero más feliz según un parlamentario que proviene del vientre de Tánatos.

Si esta es la normalidad que nos quieren imponer: Les gritaremos fuerte y claro desde nuestro “ser social” considerando a Lacán en el “efecto del lenguaje social”: “FUCK BEING YOUR NORMAL”, es nuestro deber informarnos con fuentes fidedignas, es nuestro deber comenzar a apagar las malditas teles y dejar de escuchar a periodistas de cartón; desfarandulicemos los discursos que gozan con la confusión, que gozan con la mentira, pues muchas veces NO SABEMOS NADA y nos hacen parecer lo contrario.

Aprendamos a callar, hablemos en virtud de lo que sabemos, de lo que realmente es tangible, necesario y concreto que devenga de la realidad y no de la desinformación que permitió que vulgares con corbatas habiten La Moneda.

Es momento de enriquecer el contenido del debate y entonces izar las banderas de la sanas relaciones políticas y sociales, para hacerle saber a quienes carecen de discursos de amor y que vomitan odio e ignorancia: Que el amor es, como decía Humberto Maturana, la única emoción que funda lo social (más allá del amor Cristiano, que por cierto no profesan más allá de una eucaristía) y que sin duda permite integrar al otro en toda su integridad.

Así se construyen acuerdos políticos, poniendo atención a los verdaderos problemas que aquejan a la gente y sus comunidades.

Por ejemplo, crece el VIH en Chile y solo hablan de prevención; se niegan a llamar por los nombres sociales a los funcionarios públicos por decreto, despreciando así su derecho ya adscrito por ley.

Vemos emanciparse una doctrina que va en contra de los límites. Desconoce el silencio de Ludwig Wittgenstein, que por cierto le hace falta a la clase política criolla en general, pero en especial a este gobierno neofascista, es decir, “de lo que no se puede hablar, hay que callar”, cosa que jamás podrán hacer aunque se lo propusieran, porque se alimentan de la post verdad y no bajo la lógica del sentido de lo que divulga su discurso tan visceral e irascible, como falaz e irracional.

Chile merecía y necesitaba más amor en La Moneda, pero ganó el odio, perdió la memoria y el amor, que son hoy más resistencia que nunca en un Chile desventurado en aguas turbulentas y a la deriva como el “ballenero Pequod” de Moby Dick.

Resistir, resistir y resistir es la premisa y quizá en dicho caso, en medio de tanta batalla cultural, la búsqueda por el bienestar general sea menos compleja que la búsqueda de Cesária Tinajero en los detectives salvajes de Roberto Bolaño.

Leonardo Guerrero Campos, con la colaboración de Raffaella Di Girolamo.

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