El mayor riesgo de la IA: generar una sociedad más estúpida

La inteligencia artificial promete hacernos más productivos, pero podría generar una sociedad más estúpida. Aquí reflexionamos al respecto.

El mayor riesgo de la IA: generar una sociedad más estúpida

La inteligencia artificial generativa ha irrumpido en nuestras vidas con la promesa seductora de hacernos más productivos, más creativos, más eficientes. En cuestión de meses, herramientas como ChatGPT se han convertido en compañeras inseparables de estudiantes, profesionales y ciudadanos de a pie. Sin embargo, bajo esa superficie de progreso se esconde una paradoja inquietante que la comunidad científica empieza a documentar con rigor: la IA que nos promete ampliar nuestras capacidades cognitivas podría estar, en realidad, atrofiándolas.

Por Bruno Sommer

No quiero caer en el llanterío tecnófobo. Los datos son claros. Un estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), titulado “Your Brain on ChatGPT: Accumulation of Cognitive Debt when Using an AI Assistant for Essay Writing Task”, puso a 54 universitarios a escribir ensayos divididos en tres grupos: uno usó ChatGPT, otro un motor de búsqueda y un tercero solo su propio cerebro. Los resultados, medidos mediante electroencefalografía, mostraron que quienes utilizaron IA presentaban una conectividad neuronal sistemáticamente menor en todas las bandas de frecuencia, con menor activación en redes parietales, temporales y frontales fundamentales para la atención, la memoria y el procesamiento semántico. Paradójicamente, los ensayos generados con IA recibieron mejores notas. Pero sus autores recordaban peor lo que habían escrito minutos antes y sentían una menor autoría sobre sus textos. Como señaló un profesor de Dartmouth citado en el estudio, corremos el riesgo de crear “una generación educada con atajos de IA” que carezca de habilidades para el pensamiento independiente.

Este fenómeno tiene un nombre técnico y es  deuda cognitiva. El académico Sebastián Corral, de la Universidad de La Serena, lo explica con precisión: hay funciones cognitivas que deberían activarse para procesar información y abstraer conceptos, pero al delegarlas en la IA, esas funciones simplemente no se aplican. El grupo que escribió sin ninguna tecnología activó muchas más áreas cerebrales y tuvo mejores resultados en retención de memoria.

La comunidad científica internacional ha empezado a converger en torno a esta advertencia. Un estudio de Microsoft Research junto con la Universidad Carnegie Mellon, que encuestó a 319 trabajadores del conocimiento, reveló que la confianza en las herramientas de IA generativa reduce el esfuerzo dedicado al análisis crítico y conduce a una dependencia excesiva a largo plazo, disminuyendo la capacidad para resolver problemas de forma independiente. La investigación encontró que una mayor confianza en la herramienta se relacionaba con “menos esfuerzo de pensamiento crítico”. Por su parte, Pilar Durán Hernández, neurocientífica de la UNAM, ha sido tajante: el uso excesivo de IA “genera que el cerebro sea hipoactivo, una mente delegada que le da flojera pensar” y advierte que podría provocar “una involución de la inteligencia; ése es un riesgo real”. La investigadora añade que “la gente que usa ChatGPT tiene menos procesamiento cognoscitivo y de raciocinio, le cuesta más trabajo razonar, tomar decisiones y tener ideación crítica”.

Los datos sobre rendimiento académico son igualmente alarmantes. El informe PISA 2025 de la OCDE encontró que los estudiantes de 15 años que utilizan herramientas de IA casi todos los días para tareas escolares obtienen en promedio peores resultados en ciencias que quienes las usan con menor frecuencia o no las usan. La diferencia entre usuarios intensivos y no usuarios equivale a aproximadamente un año de escolarización. La propia OCDE introduce el concepto de “atrofia de habilidades”: cuando una persona deja de ejercitar regularmente una capacidad porque una herramienta la realiza por ella, pierde progresivamente esa competencia. Un estudio con más de 26.000 alumnos chinos, publicado por investigadores de la Universidad de Estocolmo y la Universidad de Hong Kong, encontró que quienes usaban IA para hacer deberes mejoraban un 18% sus calificaciones en casa y reducían el tiempo de trabajo de 64 a 45 minutos, pero seis meses después sus notas en exámenes sin ayuda caían un 20%. En los exámenes de acceso a etapas superiores, la caída llegó al 24%.

El problema se agrava cuando la delegación trasciende lo académico y alcanza el terreno de la ética. Un análisis filosófico publicado en la revista EthAIca examina el fenómeno del “outsourcing moral”: la práctica de delegar decisiones éticas en sistemas de IA. El estudio identifica tres argumentos centrales contra esta práctica: primero, los sistemas de IA carecen de la conciencia y experiencia subjetiva necesarias para una agencia moral genuina; segundo, la naturaleza contextual y rica de la ética humana no puede reducirse a lógica formal sin mecanizar sesgos históricos y perder significado esencial; y tercero, el outsourcing moral conduce a una atrofia de las habilidades de razonamiento moral humano y a una erosión de la responsabilidad. La conclusión de los investigadores es clara: la IA debe desarrollarse como una herramienta para aumentar, no para reemplazar, el juicio humano, y la autoridad final para la elección ética debe seguir siendo una responsabilidad fundamentalmente humana.

La evidencia científica no solo del uso de IA , si no del uso de dispositivos móviles haciendo scroll infinito en una linea de tiempo sobre videos ha venido deteriorando como especie humana.

El propio estudio del MIT mostró que los estudiantes que aprendieron a escribir sin IA y después la usaron por primera vez mantuvieron su engagement neuronal, e incluso mostraron mejor memoria y reactivación de áreas cerebrales amplias. La diferencia clave, señalan los investigadores, es que “necesitas saber pensar antes de poder pensar con máquinas”.

Por su parte el informe PISA lo confirma: los estudiantes que utilizan la IA de manera moderada para “ayudarles a aprender” pueden alcanzar resultados similares o incluso ligeramente superiores a los de quienes no la utilizan. La diferencia resulta significativa cuando se analiza el propósito, los alumnos que reciben formación para evaluar críticamente la información generada por IA muestran mejores resultados. No es la herramienta, sino la intención y el contexto de su uso lo que determina el resultado.

La solución, por tanto, no pasa por demonizar la IA ni por abrazarla sin reservas. Pasa por una alfabetización digital crítica que enseñe a usar estas herramientas como amplificadores del intelecto, no como sustitutos de él. Pasa por rediseñar las tareas escolares para que exijan procesos cognitivos profundos que la IA no pueda simplemente resolver. Pasa por mantener la responsabilidad moral en manos humanas, usando la IA como consultora, nunca como jueza. Pasa, en definitiva, por recordar que el mayor riesgo de la IA no es que las máquinas piensen como humanos, sino que los humanos dejemos de pensar como humanos.

Europa recientemente va modificar su legislación para prohibir el uso de las redes sociales en menores de 13 años, quizá va algo tarde y esto se debiese hacer extensivo a la IA.

La tecnología siempre ha sido un espejo de nuestras decisiones. La IA generativa es, quizás, el espejo más nítido que hemos creado. Lo que refleje dependerá, en última instancia, de lo que decidamos hacer con ella.

Por Bruno Sommer

*Bruno Sommer es periodista y fundador de El Ciudadano

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