Opinión

Lo que cuesta hablar cuando una mujer ocupa poder

Un estudio de ONU Mujeres y el Ministerio de la Mujer encontró que el 78% de las mujeres y el 72% de los hombres consultados habían presenciado violencia política contra mujeres. Hay otro resultado que me parece incluso más revelador: el 54,3% de las mujeres considera que sus organizaciones no facilitan la conciliación entre vida personal y política; el 83,3% de los hombres piensa lo contrario. Habitamos las mismas instituciones, pero evidentemente no siempre vivimos la misma institución.

Lo que cuesta hablar cuando una mujer ocupa poder

Por Erika Tejerina Donoso

Esta semana participé en un seminario de ONU Mujeres sobre desinformación de género, violencia política digital y medios de comunicación. Salí pensando en algo que, en realidad, conocemos hace bastante tiempo, aunque ahora tenga cifras, investigaciones y nuevos nombres: a las mujeres se nos permite llegar a los espacios de poder, pero todavía se nos cobra caro ocuparlos.

No hablo de la crítica. La crítica es necesaria. Una mujer que ejerce poder tiene que responder por sus decisiones exactamente igual que un hombre. Puede equivocarse, mentir, administrar mal, ser incompetente o abusar de su posición. Y debe poder decirse. Me preocuparía bastante una idea de igualdad donde ser mujer se transformara en una especie de inmunidad frente al cuestionamiento.

El problema es otro, y hoy apareció una y otra vez durante el seminario: con demasiada facilidad dejamos de discutir lo que una mujer hizo y comenzamos a discutir qué clase de mujer es.

Entonces aparecen su edad, su cuerpo, sus hijos, su pareja, su ropa, su sexualidad, su tono de voz o su salud mental. Una discusión sobre políticas públicas puede terminar rápidamente convertida en un juicio sobre si es agresiva, antipática, vieja, histérica, fría, ambiciosa o mala madre. Eso no es una exageración feminista. Hay datos.

Durante la precampaña presidencial chilena de 2025, ONU Mujeres monitoreó la conversación en X y encontró que siete de cada 10 mensajes con contenido violento fueron dirigidos hacia las candidatas mujeres. Ellas concentraron 213.064 menciones violentas. En septiembre, una candidata presidencial recibió en promedio 660 menciones violentas diarias, mientras un candidato recibió 192: 3,4 veces menos.

Pero hay algo que las cifras no consiguen mostrar del todo y que, como psicóloga, me interesa particularmente: qué produce esa violencia en quien la recibe y en quienes la observan. Las personas aprendemos mirando.

…si la violencia solo nos parece grave cuando afecta a una mujer con la que estamos de acuerdo, entonces no estamos defendiendo a las mujeres ni a la democracia: estamos defendiendo nuestra tribu.

No es necesario decirle a una adolescente que la política no es para ella. Puede aprenderlo simplemente viendo lo que les ocurre a las mujeres que entran. Ve cómo una candidata termina convertida en meme, cómo una periodista recibe amenazas después de opinar o cómo una dirigenta territorial pasa de discutir un problema de su comunidad a tener que defender su vida privada. Y entiende algo muy rápido: tener voz tiene un costo.

Lo ocurrido con Evelyn Matthei y Jeannette Jara durante la campaña presidencial debería servirnos precisamente porque son mujeres políticamente muy distintas.

Matthei denunció una campaña destinada a instalar que padecía Alzheimer. Circularon registros en redes que, según ella denunció, habían sido alterados para exagerar vacilaciones al hablar y construir la imagen de una candidata cognitivamente incapacitada. Más tarde, una investigación periodística de Chilevisión expuso la operación de cuentas anónimas y coordinadas destinadas a afectar la imagen de figuras políticas, entre ellas Matthei y Jara.

Podemos estar en desacuerdo con Evelyn Matthei en prácticamente todo y aun así preguntarnos por qué, entre todas las posibilidades existentes para enfrentar políticamente a una candidata, aparece su supuesta incapacidad mental. Y tampoco es irrelevante que estemos hablando de una mujer mayor. La edad masculina muchas veces se convierte en experiencia; la femenina puede transformarse rápidamente en argumento para insinuar decadencia.

Jeannette Jara fue atacada desde otra posición política y también quedó expuesta a redes de desprestigio y hostilidad digital. Lo interesante es justamente poner ambos casos sobre la mesa. Porque si la violencia solo nos parece grave cuando afecta a una mujer con la que estamos de acuerdo, entonces no estamos defendiendo a las mujeres ni a la democracia: estamos defendiendo nuestra tribu.

Eso me parece importante en un país cada vez más polarizado. La violencia contra una mujer no deja de ser violencia porque esa mujer sea de derecha. Tampoco porque sea comunista. Ni porque nos caiga mal.

Desde la psicología social, además, la violencia tiene una capacidad disciplinadora enorme. No necesita conseguir que todas las mujeres abandonen la política. Basta con aumentar el costo de participar.

Y eso no significa que debamos confundir violencia con crítica. Jeannette Jara debía ser cuestionada por su programa, sus posiciones y su gestión. Evelyn Matthei también. Esa discusión no solo es legítima; es indispensable.

Lo que tenemos que aprender a reconocer es el momento en que dejamos de cuestionar una propuesta y empezamos a intentar destruir a la persona.

Desde la psicología social, además, la violencia tiene una capacidad disciplinadora enorme. No necesita conseguir que todas las mujeres abandonen la política. Basta con aumentar el costo de participar.

Primero una empieza a cuidarse más. Después evita un tema. Piensa dos veces antes de publicar. Decide no responder. No porque alguien formalmente la haya censurado, sino porque está cansada.

Y ahí existe algo que todavía me cuesta aceptar cuando escucho decir que las mujeres que quieren estar en política necesitan “tener cuero duro”. Claro que hay que soportar crítica. También frustración, oposición y conflicto. Eso forma parte del ejercicio del poder.

Pero ¿por qué hemos incluido dentro del mismo paquete las amenazas, la sexualización, la difusión de información privada, las mentiras organizadas o los ataques contra la familia?

El sesgo no siempre está en alguien declaradamente machista. Muchas veces está en cómo construimos una noticia, qué consideramos relevante y a quién damos legitimidad para hablar.

Decirle a una mujer “si te expones, aguanta” es una respuesta cómoda. Nuevamente ponemos sobre ella la responsabilidad de adaptarse a un espacio violento.

Los datos sobre participación política en Chile muestran, además, que la desigualdad no comienza en las redes. Un estudio de ONU Mujeres y el Ministerio de la Mujer encontró que el 78% de las mujeres y el 72% de los hombres consultados habían presenciado violencia política contra mujeres. Hay otro resultado que me parece incluso más revelador: el 54,3% de las mujeres considera que sus organizaciones no facilitan la conciliación entre vida personal y política; el 83,3% de los hombres piensa lo contrario. Habitamos las mismas instituciones, pero evidentemente no siempre vivimos la misma institución.

Algo semejante ocurre con el liderazgo. A una lideresa todavía se le exige una combinación casi imposible: autoridad, pero sin parecer autoritaria; seguridad, pero sin resultar arrogante; ambición, pero sin que parezca que quiere figurar; firmeza, pero siempre suficientemente amable.

Y ahí también participan los medios. Hoy una de las expositoras planteó una pregunta tremendamente sencilla: ¿habríamos escrito lo mismo si la persona fuera un hombre?

Vale la pena aplicarla. ¿Habríamos preguntado por sus hijos? ¿Habríamos mencionado cómo iba vestida? ¿Habríamos escogido esa fotografía? ¿Utilizaríamos el mismo adjetivo?

El sesgo no siempre está en alguien declaradamente machista. Muchas veces está en cómo construimos una noticia, qué consideramos relevante y a quién damos legitimidad para hablar.

Y quizás ahí esté el efecto más profundo de esta violencia: no siempre necesita conseguir que una mujer que ya tiene voz se calle. A veces basta con lograr que otra decida no usar la suya.

A eso ahora se suma la inteligencia artificial. Y ahí el problema se vuelve todavía más serio. Ya podemos fabricar el rostro, la voz y el cuerpo de una persona con una credibilidad que hace pocos años no existía. La misoginia no nació con la IA; simplemente recibió herramientas mucho más eficientes.

Durante siglos destruir la reputación sexual de una mujer fue una forma de control social. Hoy podemos incluso fabricar aquello que nunca ocurrió. Pero tampoco creo que la solución sea censurar ni convertir cualquier desacuerdo en violencia de género. Eso también sería peligroso.

Me interesa una perspectiva de género capaz de soportar la crítica. Que no infantilice a las mujeres. Que no nos transforme en sujetos a quienes hay que tratar con delicadeza especial. Quiero mujeres cuestionadas por sus ideas y por sus actos cuando corresponda. Lo que no quiero es que para derrotarlas tengamos que reducirlas nuevamente a su cuerpo, su edad, su maternidad, su sexualidad o su condición de mujeres.

Hoy salí del seminario pensando menos en las mujeres que ya están en política que en aquellas que todavía están mirando desde afuera. La joven que ve todo esto. La dirigenta que podría postular a un cargo. La profesional que tiene una opinión, pero prefiere no exponerse. Esas mujeres probablemente nunca aparecerán en ninguna estadística.

Y quizás ahí esté el efecto más profundo de esta violencia: no siempre necesita conseguir que una mujer que ya tiene voz se calle. A veces basta con lograr que otra decida no usar la suya.

Una democracia no debería medirse únicamente por cuántas mujeres consiguen llegar al poder. También deberíamos preguntarnos cuánto tienen que pagar por permanecer en él.

Por Erika Tejerina Donoso

Neuropsicología. Perito en educación, clínica, familia, infancia y adolescencia


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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