Por Rodrigo Sandoval Cocq

Chile vive un tiempo marcado por la incertidumbre, el cansancio y una creciente fragmentación social. La inseguridad, el costo de la vida, las dificultades para acceder a vivienda, salud, pensiones y educación, junto con las desigualdades, forman parte de las preocupaciones cotidianas. Existe preocupación por el país y su futuro, pero no siempre ella logra transformarse en participación, organización y compromiso con los problemas que afectan a la sociedad.
No estamos necesariamente ante una sociedad indiferente. Muchas personas experimentan, más bien, desconfianza, frustración y una cierta sensación de impotencia. Las instituciones políticas, sociales y también religiosas han perdido capacidad de convocar y generar pertenencia. Se opina y se reclama, especialmente en las redes sociales, pero resulta más difícil encontrarse con otros, escuchar, construir acuerdos y sostener procesos colectivos.
Esta realidad plantea una pregunta que va más allá de la política: ¿cómo reconstruir los vínculos que hacen posible una sociedad solidaria? Una democracia no se sostiene solamente en instituciones y elecciones. Necesita personas capaces de reconocerse como parte de una comunidad, preocuparse por quienes viven realidades diferentes y asumir que el bienestar propio está profundamente relacionado con el de los demás.
Las sabidurías de nuestros pueblos originarios pueden ofrecernos una perspectiva significativa. En la tradición andina encontramos el ayni, principio de reciprocidad basado en la ayuda mutua y la responsabilidad compartida. Junto a él está la minka o minga, expresión del trabajo comunitario realizado para alcanzar un propósito común. El ayni nos recuerda que nos necesitamos mutuamente; la minka, que podemos poner nuestras capacidades al servicio de una tarea compartida. Ambos principios cuestionan el individualismo y afirman que la vida se construye en relación con los demás.
Para los cristianos y cristianas, esta pregunta adquiere una particular profundidad. La Iglesia en Chile enfrenta una crisis de confianza que no puede ser ignorada. Los abusos cometidos por miembros del clero y de la vida religiosa, junto con situaciones de encubrimiento, han provocado un daño profundo en las víctimas y en la credibilidad de la institución. La confianza no se recupera mediante discursos, sino mediante verdad, responsabilidad, transparencia y, sobre todo, testimonios concretos de una manera diferente de vivir y relacionarse.
En este escenario adquiere especial relevancia el papel de los laicos y las laicas. La fe cristiana no está llamada a expresarse únicamente dentro de los templos. Se encarna también en las universidades, los lugares de trabajo, las organizaciones sociales, los territorios, la cultura, la política, las profesiones y la vida cotidiana. Allí pueden hacerse visibles los valores del Evangelio: la dignidad de toda persona, la fraternidad, la solidaridad, la justicia, el cuidado de los más vulnerables y la búsqueda del bien común.
El ayni nos recuerda que nos necesitamos mutuamente; la minka, que podemos construir juntos; y el Evangelio, que esa fraternidad encuentra su expresión en el amor y el servicio.
La espiritualidad de Carlos de Foucauld ofrece una inspiración especialmente actual. Su camino se caracteriza por la sencillez, la cercanía y la fraternidad universal. No busca transformar la realidad desde el poder ni el protagonismo, sino desde una presencia cercana que reconoce al otro como hermano. Invita a estar con las personas, escuchar, compartir sus preocupaciones y descubrir la dignidad presente en cada vida.
El ayni, la minka y la fraternidad de Foucauld pueden encontrarse en un punto fundamental: la vida no se construye en soledad. La reciprocidad nos recuerda que tenemos algo que recibir y aportar; la minka, que podemos poner nuestras capacidades al servicio de una tarea común; Foucauld, que esa relación debe expresarse en cercanía y fraternidad.
Pero el testimonio personal necesita también convertirse en acción coordinada. Los desafíos sociales son demasiado complejos para ser abordados individualmente. Se requiere que laicos y laicas puedan encontrarse, compartir experiencias, articular capacidades y desarrollar iniciativas comunes. Como en la minka, cada persona aporta desde lo que es y sabe, pero el sentido pleno aparece cuando esos aportes se ponen al servicio de una tarea compartida.
Quizás allí se encuentre una de las tareas más importantes para los cristianos de nuestro tiempo: reconstruir la credibilidad de la fe no reclamando reconocimiento, sino ofreciendo testimonio. Una fe que se hace visible en la manera de trabajar, ejercer una profesión, participar en la sociedad, tratar a los demás y comprometerse con quienes sufren injusticia.
Frente al desencanto, necesitamos recuperar la fraternidad; frente a la indiferencia, el compromiso; frente a la desconfianza, el testimonio; frente al individualismo, la reciprocidad y la acción colectiva. El ayni nos recuerda que nos necesitamos mutuamente; la minka, que podemos construir juntos; y el Evangelio, que esa fraternidad encuentra su expresión en el amor y el servicio.
Chile necesita recuperar la confianza en que es posible construir una sociedad más justa. Los cristianos y cristianas pueden contribuir a ello no desde el poder de una institución, sino desde la fuerza humilde de una vida coherente con el Evangelio: una fe que se hace justicia cuando se transforma en presencia, reciprocidad, servicio, fraternidad y compromiso con la vida de todos.
Por Rodrigo Sandoval Cocq
Ingeniero civil, miembro del Directorio de la ONG Psicólogos por Chile, de la Comunidad de Cristianos por la Justicia Social, de la Fraternidad de Foucauld.
Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

