La guerra de la élite contra la esencia popular chilena: ¿Por qué persiguieron  y clausuraron las chinganas?

Las chinganas fueron espacios populares de baile, música y convivencia, administrados mayoritariamente por mujeres. La oligarquía las persiguió y clausuró por considerarlas focos de vicio y desorden. Según datos relevantes de la historia, el poder de las élites las redujo y encasilló hasta convertirlas en las actuales fondas de Fiestas Patrias.

La guerra de la élite contra la esencia popular chilena: ¿Por qué persiguieron  y clausuraron las chinganas?

El término chingana hacía referencia a «un lugar donde esconderse o con muchos recovecos«, lo que se relaciona con que estos espacios eran de diversión popular, ubicados en sitios apartados. Así lo explica el historiador Cristóbal García-Huidobro , académico de la Universidad de Santiago , en un análisis publicado por Diario USACH.

En ellos «abundaba el baile, el alcohol y el desenfreno», conductas consideradas inapropiadas, lo que generaba rechazo en las clases altas de la época, «que los miraban con desdén por considerarlos degradantes».

Las mujeres, motor de la chingana

La organización de estos espacios «estuvo marcada por la participación de mujeres de sectores populares». Muchas de ellas los administraban «porque tenían el conocimiento culinario necesario y, al mismo tiempo, era una forma de generar ingresos propios sin depender de un hombre».

García-Huidobro sostiene a Diario USACH que «chinganas, ramadas y fondas fueron una fórmula para que las mujeres pudieran acceder a tener un poco más de capital, tanto para sus emprendimientos como para su propio bolsillo«. Este carácter femenino y autónomo fue, desde el inicio, un elemento que incomodó al orden conservador.

Del campo a la ciudad: la masividad que alarmó al poder

Con la migración del campo a la ciudad en el siglo XIX, las ramadas rurales comenzaron a instalarse en Santiago. En lugares como el actual Parque O’Higgins o la Alameda de las Delicias , se levantaban estos espacios festivos que se consolidaron como parte de la vida urbana.

Un artículo en Minga Ancestral (A.Seguel, 2025), consigna que el Chile del siglo XIX «era mayoritariamente rural, donde predominaban estructuras sociales inquilinas y peonaje, vinculadas como fuerza de trabajo al fundo y al poder del latifundista, muy de estilo oligárquico feudal«.

Paralelamente, las chinganas eran «un importante lugar de convivencia y de información, ya que allí circulaban las últimas noticias de quién se casaría, quién había muerto, quién había nacido e incluso, como espacios organizativos».

Los espacios donde nació la cueca

En las chinganas «se desarrolló de modo más relevante la tradición popular, tanto de la cueca popular como del folclor en general». La publicación en Minga Ancestral recuerda que «fue en una chingana donde se desarrolló el célebre duelo de payas entre don Javier de la Rosa y el mulato Taguada , desafío que duró 96 horas«.

El Museo Vicuña Mackenna detalla que «estas fiestas criollas se hacían de preferencia bajo el parrón de las viejas casonas de adobe», donde se bailaba «resfalosas, seguidillas, gato, cañaverales, tonadas, secudias, sajurianas, porteñas, pequenes, jotas, pajarillo, palomo, carditas y cuecas».

Sin embargo, la masividad de estas celebraciones preocupaba a las autoridades. Durante el siglo XIX y principios del XX, «el recelo hacia las chinganas y ramadas se debía principalmente al consumo excesivo de alcohol, vinculado tanto a la violencia como a la ‘cuestión social’ de la época».

Según consigna Diario USACH, incluso Bernardo O’Higgins llegó a prohibirlas temporalmente «por ser vistas como focos de vicio y juego, en una época donde la gente debía ser educada y trabajadora».

El periódico El Ferrocarril del 28 de septiembre de 1857 señalaba que «estos lugares proliferaron de las antiguas ramadas o ‘enramadas'» y que La Chimba —en la ribera norte del Mapocho— llegó a tener «más de cuarenta, que abrían todos los domingos y lunes».

La persecución de la oligarquía

El artículo en Minga Ancestral es enfática en señalar que «en varios lugares del valle central a mediados del siglo XIX las chinganas fueron restringidas, otras cerradas y perseguidas, porque según se decía, molestaba a la oligarquía por transgredir el orden político conservador de la época».

Una memoria de 1831 sobre las chinganas de Renca, citada por Rafael Valdés, señalaba: «Varios miembros de la alta clase social se declararon abiertamente en contra de las chinganas«. La persecución no fue un accidente, sino una política deliberada de la elite para disciplinar al mundo popular.

Memoriachilena.cl consigna que «en el año 1872 , siendo intendente de Santiago Benjamín Vicuña Mackenna y ante los reclamos constantes de la ‘alta sociedad’ y como un intento de regular la chingana, se instaló la ‘Fonda Popular‘», mientras «se clausuraron muchas chinganas» y «se intentó concentrar la actividad en esta ‘Fonda Popular’ ubicada en la esquina de las calles Arturo Prat y Avenida Matta«.

Sin embargo, «perduraban algunas tradicionales con muchos bríos, como era el caso de ‘El Arenal‘, de Peta Bustamante , ubicada en la esquina de las calles Marín y Lastra», consigna la publicación.

La asfixia de la vida rural

La persecución de las chinganas no puede separarse del proceso más amplio de despojo del mundo rural. El Artículo en Minga Ancestral subraya que «mientras el Estado chileno paulatinamente asfixiaba la vida rural y aumentaba los poblados urbanos, también con ello iba desapareciendo la vida de la chingana».

La elite no solo cerraba locales: transformaba el territorio, la economía y las formas de vida campesinas que sostenían esos espacios de encuentro popular. La chingana era peligrosa porque era autónoma, colectiva y ajena al control del patrón.

De la chingana a la fonda: la domesticación de la fiesta

«Esta expresión popular esencialmente campestre se fue limitando desde el poder hasta encuadrarla en lo que son las llamadas fiestas patrias, ya con el uso del término ‘fonda'», señala la publicación en Minga Ancestral. «Ahí de alguna manera quedan algunos reflejos de los festejos a usanza, pero desvirtuados y revueltos».

Según la versión de Diario USACH, pese a las regulaciones y prohibiciones, «estos sitios no desaparecieron, sino que evolucionaron hasta convertirse en fondas, adquiriendo un carácter más institucionalizado». Hoy «se instalan solo en el periodo de Fiestas Patrias y funcionan bajo normas sanitarias y municipales, con patentes para la venta de alcohol y control de seguridad».

La memoria que resiste

Para García-Huidobro , la permanencia de las fondas radica en que «representan un momento de catarsis colectiva». «Somos un país relativamente opaco en cuanto a las fiestas. Las Fiestas Patrias permiten que, durante varios días, los chilenos vivan una alegría compartida, una especie de carnaval que históricamente no hemos tenido«, plantea a Diario USACH.

Pero esa alegría es solo un reflejo domesticado de lo que fueron las chinganas. Minga Ancestral cierra con una imagen de resistencia: «Pareciera que la gran Violeta Parra al instalar la llamada carpa en el sector La Reina (1965-1967), lugar también llamado ‘universidad nacional del folclore‘, fue de alguna manera la recreación de una especie de tradición de chingana». La persecución de la oligarquía no logró borrar del todo una forma popular de habitar la fiesta, la música y el territorio.

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