Opinión

Lo peor de los tiempos oscuros no es la oscuridad, sino quienes dicen que la penumbra no es para tanto

En el documento quedó escrita la puerta abierta a que fuerzas extranjeras entren a matar dentro de la región, con Chile adentro de la guerra permanente que a Trump le fascina y que nunca se queda donde prometió. Nada de esto es secreto. Está en las mismas notas que lo cuentan como si no fuera con nosotros.

Lo peor de los tiempos oscuros no es la oscuridad, sino quienes dicen que la penumbra no es para tanto

Por Verónica Aravena Vega

Leí la noticia en el teléfono y esperé que me diera rabia Kast. No me dio. A Kast lo tengo clasificado hace rato y clasificar a alguien es dejar de esperar algo de él. La rabia llegó igual, apuntando a otra parte y me costó ubicarla. Era el titular. El tono con que me estaban contando que Chile acababa de entrar a una alianza militar de Donald Trump, el mismo con que se informa una variación del dólar.

Repasemos los hechos. La semana pasada, en Nueva York, el Gobierno dejó de ser observador y se sumó al Escudo de las Américas, una coalición de una quincena de gobiernos de la ultraderecha continental que arma Trump con su Comando Sur para coordinar fuerzas militares y de inteligencia en el hemisferio. En la reunión donde Chile firmó, Trump ofreció meter tropas estadounidenses a combatir carteles dentro de los países cuando ellos no puedan. Lo dijo con esa liviandad suya, ante las cámaras. Fuerza letal. Ustedes avisan dónde están y nosotros vamos.

Ahora busquen esa misma noticia en la prensa chilena. Nadie tituló «Chile firma una alianza militar con Trump». Se tituló «Chile se suma», «Chile adhiere». Verbos sin peso, de esos que no obligan a nada. La nota se fue a la sección internacional, entre el discurso en la ONU y algún conflicto lejano, lejos de la portada donde va lo que nos pasa a nosotros. Y arriba, en el lugar donde debería ir el hecho, pusieron el desmentido: «Kast descarta que comprometa la soberanía». La fuente que minimiza, ocupando el título. Antes de leer una línea, ya me habían dicho que respirara tranquila.

Adentro, el mismo método. La palabra del Gobierno y la de un crítico, una al lado de la otra como si pesaran igual, con el periodista lavándose las manos en la mitad y llamando a eso objetividad. Después, el analista de turno que le baja las pulsaciones a cualquiera: «habrá que ver los alcances concretos», «por ahora es más una señal política que un compromiso operativo». La nota se cierra y uno queda con la impresión difusa de haber leído algo que ocurre muy lejos y es demasiado enredado para tener opinión. Sobre eso no se hace nada.

Mark Fisher lo llamó realismo capitalista, esa certeza de que el mundo es así y no da para más, de que nada se puede cambiar. Esa certeza se fabrica y buena parte se fabrica acá, en la manera en que un país se entera de lo que le ocurre. Una decisión que podría pelearse llega ya convertida en clima, en algo que solo cabe mirar mientras pasa.

Chile entrega la autonomía en política exterior que le costó décadas construir, a cambio del amparo de un imperio que ya le venía encajando aranceles a sus productos.

Y cuando el hecho es demasiado gordo para el tono liviano, hay maneras. Un dato debería habernos volado la cabeza y pasó como nota al pie. En marzo, un día después de asumir, el Ministro de Defensa firmó la declaración de esta coalición. El país se enteró cinco meses más tarde, en agosto, cuando el embajador de Estados Unidos publicó el documento en Twitter. Así supimos lo que nuestro propio ministro había firmado, por la cuenta del funcionario extranjero, que lo mostró como quien enseña un recibo pagado para recordarle al socio menor lo que ya aceptó. Ni la información de lo que firmamos manejamos, nos la administran de afuera. Y la prensa lo cubrió como una escaramuza, un embajador locuaz contra un ministro inexperto, dos señores discutiendo de etiqueta.

Se me dirá que exagero, que es solo coordinación para perseguir narcos, que quién va a oponerse a eso. Nadie está a favor de los carteles, claro, pero eso es apenas la envoltura y lo que importa es lo que trae dentro. Chile entrega la autonomía en política exterior que le costó décadas construir, a cambio del amparo de un imperio que ya le venía encajando aranceles a sus productos. Ese mismo imperio le exige a la región abandonar la Corte Penal Internacional, el tribunal que juzga los crímenes de lesa humanidad, y a un país con nuestra historia alguien tendría que explicarle qué significa salirse de ahí. China nos compra la mayor parte del cobre y es a China a quien Washington quiere fuera del continente, así que la cuenta puede llegar también por el lado comercial. Y en el documento quedó escrita la puerta abierta a que fuerzas extranjeras entren a matar dentro de la región, con Chile adentro de la guerra permanente que a Trump le fascina y que nunca se queda donde prometió. Nada de esto es secreto. Está en las mismas notas que lo cuentan como si no fuera con nosotros.

La firma la pone un presidente que es cofundador del Foro Madrid, la internacional ultraderechista que Vox levanta desde España. Para hablar de traición habría que haber contado antes con su lealtad y con Chile esa lealtad no existió nunca. Kast responde a un encargo escrito lejos de acá, para fines que no son los nuestros. Lo vimos venir. Era lo coherente.

Por eso la rabia terminó donde empezó, en el titular. En las redacciones que traducen lo que hace este gobierno a un idioma donde ya nada suena grave, que ponen el calmante en la primera línea y cuentan el desmantelamiento en voz baja, con cuidado de no despertar a nadie.

Dentro de un tiempo, cuando esto cobre lo que va a cobrar -y vaya que va a cobrar-, va a haber una nota que lo explique bien. Con sus dos fuentes y su experto que ya lo había advertido. Y la vamos a leer con la misma calma con que leímos todo lo anterior, porque para entonces ya habremos aprendido que estas son cosas complicadas y lejanas sobre las que no se puede hacer nada. La oscuridad asusta menos cuando alguien, con voz pausada y tono profesional, lleva años repitiéndote que no es para tanto.

Por Verónica Aravena Vega

Psicóloga. Doctora en Estudios de Género y Política. Universidad de Barcelona. Máster en Masculinidades y género. Máster en Recursos humanos. Máster en Psicología Social/organizacional. En Instagram

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Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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