Prensa internacional destaca la historia de Claudia Poblete Hlaczik: el libro que revela cómo vivió 20 años robada por un militar argentino y su esposa

Imagen de Claudia, siendo bebé, con su madre y padre.
Durante dos décadas, Claudia Poblete Hlaczik se llamó Mercedes Landa Moreira, o Merceditas, como le decían los padres que la criaron y la inscribieron en Argentina como su hija: él, Ceferino Landa, un exteniente coronel del Ejército; ella, Mercedes Moreira. Diario El País de España, consigna que Claudia era hija del chileno José Liborio Poblete Roa y de la argentina Gertrudis Hlaczik Pavlesky, torturados y desaparecidos durante la dictadura que, entre 1976 y 1983, dejó 30.000 víctimas y unos 500 bebés robados.
Claudia fue una de esos bebés, arrebatada a su madre en 1978, cuando tenía ocho meses, y se enteró de su verdadera identidad el año 2000, convirtiéndose en la nieta 64, de los 140 identificados hasta ahora gracias a las gestiones incansables de las Abuelas de Plaza de Mayo.
El caso, lejos de una rápida resolución, tiene miles de páginas judiciales y permitió derogar en Argentina las leyes de impunidad que frenaban los juicios contra militares. Fue también la primera vez que se condenó a un uniformado, Ceferino Landa, por el robo de un bebé: Claudia. Para reconstruir los momentos íntimos, dolores, rupturas y reencuentros detrás del lenguaje frío de los fallos, el escritor y periodista Federico Bianchini (Buenos Aires, 44 años) publicó «Tu nombre no es tu nombre» (Editorial Ceibo), libro recién lanzado en Chile —en 2023 salió en España y en 2025, en Argentina—, donde está la voz de Claudia y de la familia que la perdió y la encontró: su abuela chilena Buscarita Roa, vicepresidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo; su tío Fernando Navarro Roa, su prima Florencia. El País detalla que por su jurisprudencia, el caso de Claudia es considerado clave en Argentina.
Según recoge El País, Bianchini explicó que al relato judicial le faltaba «la veta existencial, el recorrido emocional de una persona que, sin haber tomado ningún tipo de decisión, se convierte en una víctima emblemática y cotidiana de la dictadura, porque cada día que Claudia se despierta, ella piensa en lo que le sucedió. Es algo que está impreso en su cuerpo porque durante 20 años estuvo engañada y vivió una vida que no era la que debería haber vivido». Esa vida era ser la hija de José y Gertrudis, una joven pareja detenida por los militares el 28 de noviembre de 1978 y llevada a El Olimpo, un centro de detención y torturas en Buenos Aires. José era un chileno que a los 15 fue líder de una junta de vecinos, que a los 17 perdió sus piernas en un accidente en San Fernando y que a los 18 viajó solo a Buenos Aires en busca de un centro de rehabilitación; allí integró el Frente de Lisiados Peronistas y conoció a Gertrudis.
La pareja fue apresada con pocas horas de diferencia. Según testimonios de exprisioneros políticos, la última vez que los vieron en El Olimpo fue entre el 26 y el 28 de enero de 1979. Luego, su rastro se perdió hasta hoy. Una dramática imagen descrita por otros presos refleja la ausencia de Pepe, de un día para otro, desde el centro de detención: su silla de ruedas tirada en el suelo. Claudia, como bebé, también fue vista en El Olimpo: fue secuestrada junto a su mamá, y a los siete días ya estaba en manos de sus apropiadores. La vida que le tocó vivir fue la de Merceditas, la hija única de un matrimonio mayor que residía en un sector acomodado de Buenos Aires, con una infancia feliz pero con muy poca libertad: nunca podía andar sola en la calle ni hablar con nadie, porque «cualquiera podía ser un subversivo», consigna El País.
Uno de los capítulos del libro se llama «La verdad, un relámpago», y cuenta cómo se desataron los acontecimientos aquel 7 de febrero de 2000, cuando Merceditas descubrió que su nombre no era su nombre. Fue al mediodía cuando Mercedes Landa Moreira, hoy ingeniera en Sistemas, fue citada por un juzgado en Buenos Aires para informarle de los resultados de una prueba de ADN que, meses antes, no se pudo negar a que se la realizaran. Salió del tribunal llamándose Claudia Victoria Poblete Hlaczik, con otros padres y otro cumpleaños: no había nacido, como creía, el 13 de junio, sino tres meses antes, el 25 de marzo de 1978. Supo también que su documento de identificación era falso y que los boletines de su escuela secundaria «quedaban confiscados como pruebas que acreditaban el delito de falsificación de identidad». Afuera la esperaba «su verdadera familia»: su abuela paterna Buscarita Roa, su tío Fernando Navarro Roa, sus primas y primos, además de cientos de personas con carteles, entre ellos excompañeros de militancia de José y Gertrudis.
Por la tarde de ese 7 de febrero, describe Bianchini, «Claudia se sintió sola como no se había sentido nunca en su vida». Por la noche, después de visitar en la comisaría a Ceferino Landa y Mercedes Moreira, encontró en el departamento en el que vivían una nota manuscrita que le dejaron cuando se los llevaban detenidos: «No te preocupes por nosotros, estamos bien. Te queremos mucho». Claudia siguió viviendo con ellos después de que obtuvieran el arresto domiciliario, incluso después de sus condenas. En junio de 2001 fue a declarar en el juicio oral por apropiación. «Diga su nombre, su apellido, la fecha de nacimiento, el nombre de su padre y el de su madre», le dijo el juez desde el estrado. «Claudia Poblete Hlaczik, 25 de marzo de 1978; José Poblete y Gertrudis Hlaczik», respondió. Hoy es madre de dos hijos e integrante de la comisión directiva de las Abuelas de Plaza de Mayo. Cuando le preguntan si perdonó a sus apropiadores, «ella, cada vez, responde que no se puede perdonar a alguien que nunca pidió perdón», cierra El País.
