Entrevista por Mariana Hales
A primera vista, no hay nada particularmente extraño en las viñetas de Anton Gudim. Sus personajes son anónimos, deliberadamente genéricos; los espacios, limpios y despojados; las situaciones, reconocibles para cualquiera que haya vivido en una ciudad contemporánea.
Pero basta detenerse unos segundos para que algo cambie: aquello que parecía una escena cotidiana revela una segunda lectura, absurda, incómoda y muchas veces inquietante.
En ese pequeño desplazamiento entre lo que vemos primero y lo que comprendemos después reside buena parte del humor del ilustrador ruso.
Desde hace una década, Gudim observa las contradicciones de la vida moderna y las convierte en escenas que parecen perfectamente normales hasta que dejan de serlo.
El consumismo, el trabajo, las redes sociales, las apariencias, la productividad y las pequeñas dificultades de la vida cotidiana aparecen en sus dibujos sin necesidad de explicaciones. Su humor no depende tanto del remate como de ese instante en que el espectador comprende que algo no encaja.

Serie «Yes, but»
Formado originalmente en el mundo de la ingeniería y la informática, y dueño de una personalidad marcadamente reservada, Gudim comenzó publicando sus dibujos en VK, la red social rusa, para luego expandirlos a otras plataformas.
Hoy suma más de 1,9 millones de seguidores y sus viñetas han sido recopiladas en libros publicados en países como Rusia, China y Estados Unidos.
Desde 2021, buena parte de su trabajo se ha concentrado en la serie Yes, But, construida a partir de una idea sencilla: mostrar, en dos momentos consecutivos, la distancia entre la apariencia amable de una situación y aquello que se esconde detrás de ella.

Su carácter reservado también se refleja en su vida pública: Gudim nunca ha mostrado su rostro en público y utiliza una máscara en todas sus apariciones y actividades.
En conversación con El Ciudadano, el ilustrador habla sobre las contradicciones que inspiran su trabajo, la relación entre humor y crítica social, sus personajes deliberadamente anónimos y la posibilidad de construir un lenguaje humorístico capaz de atravesar fronteras.
También aborda el impacto que ha tenido la guerra entre Rusia y Ucrania en su vida cotidiana y reflexiona sobre un mundo que, según observa, parece estar cada vez más dividido.
Aunque insiste en que sus dibujos no nacen con la intención de criticar a nadie y que tampoco tienen un contexto político, hay una preocupación que atraviesa buena parte de sus respuestas: la necesidad de observar aquello que normalmente pasa inadvertido.
“Me interesa observar las contradicciones de nuestro mundo y, quizás, al ponerlas de manifiesto, contribuir a que el mundo sea un poco mejor”, dice.
Para un artista que ha hecho del absurdo una forma de mirar lo cotidiano, quizás ahí se encuentre una de las claves de su trabajo: mostrarnos algo que ya conocemos, pero de una manera que nos obliga a volver a mirarlo.

–Muchas de tus viñetas parecen abordar las contradicciones de la vida moderna: el consumismo, el trabajo, las redes sociales, las apariencias, la productividad. ¿Qué es lo que más te interesa cuestionar de la sociedad contemporánea?
-Me interesa genuinamente todo lo que me rodea, especialmente aquellas cosas que observo en la vida cotidiana. Vivo en una enorme metrópolis con una población de más de diez millones de personas. Vivir a una escala semejante inevitablemente nos enfrenta al caos: simplemente hay demasiada gente, y muchas personas no respetan el espacio personal de los demás.
Al mismo tiempo, los temas que exploro van mucho más allá de la vida en la ciudad: nos interpelan absolutamente a todos. Tienen que ver con cuestiones de sentido, con la naturaleza misma de nuestra existencia, con el proceso de crecer y con los desafíos cotidianos que enfrentamos.
A menudo reflexiono sobre cómo intentamos resolver estos problemas y por qué tantos de ellos siguen siendo insuperables. Siempre me ha gustado llegar al fondo de las cosas. Lo siento con mayor intensidad cuando tengo la mente despejada y puedo observar a mi alrededor con una mirada fresca y clara.
Me interesa observar las contradicciones de nuestro mundo y, quizás, al ponerlas de manifiesto, contribuir a que el mundo sea un poco mejor.
–¿La crítica social es el punto de partida de tus dibujos o surge como consecuencia del humor?
-Mi objetivo nunca fue criticar a nadie. Al principio, mis dibujos surgían de situaciones de la vida real y de los desafíos que yo mismo enfrentaba, y el humor me ayudaba a sobrellevarlos. Simplemente compartía mis pensamientos de una manera irónica y, con el tiempo, muchas personas comenzaron a escribirme para decirme que eso también las ayudaba a ellas.
Las personas dejan de sentirse solas frente a sus dificultades, y la posibilidad de reírse de ellas hace que la experiencia sea más llevadera. Estoy convencido de que esta perspectiva ofrece un apoyo genuino en estos tiempos difíciles.
Por supuesto, no todos los dibujos tienen la intención de poner algo en evidencia o criticarlo. Algunos simplemente buscan entretener y ofrecer una forma de despejar la mente durante los momentos difíciles de la vida.
-¿Sientes que tus dibujos tienen una dimensión política, aunque no aborden directamente la política partidista?
-Mis dibujos nunca han tenido un contexto político; no tengo ningún interés en la política. No me malinterpreten: cuando digo que no me interesa la política, significa que conscientemente me obligo a mantenerme al margen. Simplemente porque eso no cambia nada.
Cualquier conocimiento sobre los procesos políticos no hace más que aumentar mi ansiedad, una ansiedad que me resulta difícil de sobrellevar. Por eso, deliberadamente evito hablar de política o analizarla. Lo único que sé es esto: las grandes palabras a menudo no se corresponden con las acciones, y detrás de todo ello operan fuerzas que están fuera de mi alcance y que no puedo cambiar.
Prefiero habitar un ámbito alejado de la política: el mundo de la gente común, su vida cotidiana y sus experiencias.

–Tus personajes suelen ser anónimos y casi intercambiables. ¿Esto busca representar a “cualquiera” o también dice algo sobre la manera en que la sociedad moderna tiende a convertirnos en individuos anónimos?
-Mis personajes fueron concebidos originalmente como un contrapunto al enfoque convencional de los dibujantes de cómics. Por lo general, los autores crean personajes basados en sí mismos, dotándolos de sus propios rasgos físicos y de características personales reconocibles.
Yo, en cambio, tomé la decisión consciente de asegurarme de que mis personajes no tuvieran nada en común conmigo ni poseyeran ninguno de mis rasgos personales. Fue una elección deliberada.
Creo que mis dibujos hablan de temas humanos universales, más que de cuestiones personales, por lo que introducir en ellos una versión de mí mismo habría sido inapropiado.
Este enfoque permite observar la escena desde la perspectiva de un espectador externo: no sabes nada sobre los personajes, pero comprendes la historia, la analizas y sientes como si fueras partícipe de los acontecimientos que se desarrollan ante tus ojos.
Es algo parecido a presenciar un hecho fortuito en la calle: al verlo, difícilmente te detendrías a examinar los rasgos físicos de los transeúntes; en cambio, centrarías tu atención en la esencia de la situación y en sus detalles fundamentales.
-¿Crees que el humor puede realmente trascender las fronteras sin necesidad de contexto, o hay cosas que solo tienen sentido para quienes viven en una determinada sociedad?
-La naturaleza del humor y la manera en que es percibido en distintas partes del mundo es un tema que exploro constantemente. Me interesa genuinamente comprender cómo resuena en personas de todo el mundo el sentido del humor que se ha formado en mi propia mente.
Como he mencionado muchas veces en entrevistas, nací en Rusia, pero crecí en gran medida inmerso en la cultura estadounidense. Aunque las influencias rusas y europeas estuvieron ciertamente presentes, siempre he sido una persona profundamente apasionada por el arte internacional en todas sus formas.
Gracias a esto, y a décadas de práctica, he desarrollado una comprensión de aquello que hace sonreír a las personas en cualquier lugar y de cuáles son los temas que logran conectar con absolutamente cualquiera, frente a aquellos que solo se comprenden a nivel local: por ejemplo, únicamente en Rusia o exclusivamente en Moscú.

-Vives y trabajas en un contexto marcado por la guerra entre Rusia y Ucrania. ¿Ha cambiado la guerra tu manera de observar o representar el absurdo desde que comenzó?
-Sin duda. No se puede negar que las acciones militares afectan directamente la vida de las personas en los países afectados por los conflictos. Naturalmente, esto también me afecta a mí, tanto a nivel mental como en términos de los desafíos prácticos y cotidianos que inevitablemente surgen.
El gran problema global que veo hoy es la división generalizada. Las personas en todo el mundo se están volviendo más retraídas y las naciones, más aisladas. Se bloquean plataformas de redes sociales, se impone la censura y todo avanza rápidamente hacia un escenario en el que la humanidad se está distanciando cada vez más. Esta tendencia me resulta profundamente ajena.
Me gustaría vivir en un mundo abierto; un mundo en el que una persona de otro continente sea vista como exactamente el mismo tipo de ser humano que uno mismo. Un mundo sin fronteras, sin barreras de visado, sin controles aduaneros ni prejuicios basados en el lugar de nacimiento. Y me alegra que mi trabajo contribuya a acercar a personas de todos los rincones del mundo.
–Vas a visitar Chile por primera vez como parte de La Furia Ilustrada. ¿Qué esperas encontrar aquí y qué aspectos de la sociedad chilena te gustaría observar o quizás incluso convertir en una viñeta?
-Mi viaje a Chile está a la vuelta de la esquina. He planificado un itinerario extenso que incluye Chile, Bolivia y Perú. Me espera un vuelo larguísimo, el viaje más largo de mi vida hasta ahora. Por un lado, me pone un poco nervioso, pero, por otro, me parece algo absolutamente increíble.
Tengo muchas ganas de sumergirme en la cultura chilena, empaparme de su ambiente, ver cómo vive la gente común y, por supuesto, formar parte de una experiencia de esta magnitud. Naturalmente, existe cierta inquietud, pero mi intensa curiosidad y mis ganas de explorar son mucho más fuertes.
Estoy seguro de que este país despertará nuevas ideas e inspiración que, inevitablemente, encontrarán su camino hacia mi trabajo creativo.

