La exposición diaria a imágenes de destrucción y asesinatos en Palestina dio origen a «El espacio de Acá», obra dirigida por Andrea Giadach que se estrena el 22 de octubre en el Teatro Camilo Henríquez de Santiago.
La puesta en escena se pregunta cómo seguir mirando, pensando y reaccionando cuando el horror se repite a diario y corre el riesgo de volverse parte de lo cotidiano.
«Vemos que lo que sucede en Palestina nos está dejando sin capacidad de reflexión ni reacción», explica Giadach.
Frente a esa saturación, el equipo se propuso «relatar para volver a poner en relieve lo que está pasando» y, al mismo tiempo, abordar Palestina como un paradigma desde el cual observar la colonización, el poder y los relatos que buscan borrar determinadas historias.
«La necesidad era no perder la capacidad de imaginar, no caer en la depresión absoluta y salir de la parálisis actual», señala la directora. La respuesta fue trabajar desde la microhistoria, con recuerdos y fragmentos de una vida cotidiana que persiste incluso bajo la muerte.
Una de las ideas que terminó atravesando la dramaturgia surgió durante una conversación con el filósofo Rodrigo Karmy. «Los sionistas utilizan a sus muertos, los palestinos escuchan a sus muertos».
La frase abrió una de las preguntas centrales de la obra: «¿Cómo incluir las voces de los que ya no están? Porque fueron despojados de la vida y esa vida fue despojada de un cotidiano, que es lo más propio que tenemos».
«El espacio de Acá» reúne testimonios de personas palestinas, relatos de sobrevivientes, música, ficción y humor para «mostrar lo que se quiere borrar» y poner en primer plano historias y vidas desplazadas de los relatos dominantes.
Mito e historia son dos ejes centrales de la obra. A partir de ellos, la carrera espacial aparece como un contrapunto a lo que ocurre en Palestina.
Giadach pone en paralelo los millones destinados a explorar y colonizar el espacio con los recursos invertidos en armamento para atacar Gaza: «Al mismo tiempo se invierten millones en lanzar una nave para colonizar el espacio y se invierten millones en armas para bombardear Gaza».
Ese cruce también aparece en el propio texto de la obra: «El relator tiene la necesidad de rescatar algunos episodios de la historia de su Palestina y exponer, o tal vez huir, hacia algunos de los hitos más relevantes de la carrera espacial. Escribe para mostrar, para rescatar de la borradura. Escribe para escuchar a los muertos».
El equipo reúne a personas de origen palestino y judío que comparten una lectura crítica del presente y una posición frente al genocidio en Gaza. Ese encuentro ha implicado revisar historias familiares e identidades heredadas, además de incorporar directamente las voces de personas nacidas en Palestina.
Para Giadach, ese cruce también genera resistencias porque obliga a cuestionar ideas que han instalado al otro como «enemigo» y que, con el tiempo, terminan formando parte de la propia identidad.
«Hay un lugar rígido, inamovible, porque ‘si destruyo eso, me destruyo a mí misma, destruyo los relatos que me constituyen'», plantea la directora, quien dijo esperar que la obra pueda interpelar precisamente a quienes todavía están dispuestos a revisar esas ideas.
Frente a una realidad que suele llegar a través de fotografías, videos, cifras y titulares, Giadach reivindica el teatro como un espacio capaz de reunir aquello que la circulación cotidiana de información fragmenta. «El teatro tiene esta maravillosa facultad de convocar audiencias en una asamblea natural y generar ese estar juntos», explica.
Esa dimensión colectiva es también, para Giadach, una forma de resistencia cultural. «El teatro en esencia es un arte comunitario. Este es un espacio de resistencia frente al individualismo sistémico», señala. «Para crear no podemos dejar de imaginar. Eso es accionar».
Por Florencia Khamis
Editora de Contenidos – Centro de Información Palestina (CIP)
