Opinión

Caminar preguntando por otros mundos posibles

Necesitamos volver a encontrarnos. Tejer vínculos y afectos. Escuchar antes de explicar. Disputar sentidos sin despreciar a quienes todavía no comparten los nuestros. Recuperar el territorio, el cuerpo, la comunidad, la espiritualidad, el deseo, la autonomía, la capacidad de decidir y la alegría de crear juntos.

Caminar preguntando por otros mundos posibles

Por Tania Melnick Sainte-Marie

Hace casi un año escribí la columna El pueblo como horizonte. No era una consigna, sino una pregunta abierta: cómo volver a encontrarnos cuando llevamos décadas aprendiendo a vivir separados.

Brasil acaba de poner esa pregunta una vez más sobre la mesa.

El domingo 4 de octubre, Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03% de los votos válidos en la primera vuelta presidencial. Lula, el 45,16%. Más de 33 millones de brasileños, el 21,08% del padrón, no fueron a votar. La abstención más alta en una primera vuelta desde 1998.

Podríamos mirar los resultados y volver a preguntarnos cómo es posible. Cómo millones de trabajadores, personas empobrecidas, mujeres, disidencias sexogenéricas, habitantes de las periferias, personas oprimidas, sometidas a la precariedad y la desigualdad pueden encontrar respuestas en proyectos autoritarios que difícilmente modificarán las estructuras que producen buena parte de sus problemas.

Y me pregunto de nuevo si llevamos demasiado tiempo preguntándonos qué pasa con los pueblos y demasiado poco qué nos pasó a nosotros.

Esos 33 millones que no fueron a votar deberían inquietarnos tanto como quienes sí lo hicieron. No sabemos por qué se abstuvo cada uno. Habrá desencanto, cansancio, dificultades materiales, indiferencia, rechazo a las alternativas disponibles; habrá también quienes participan políticamente durante todo el año sin encontrar demasiado sentido en depositar un voto cada cuatro años. Convertirlos a todos en apáticos sería otra manera de no escucharlos.

Una persona puede votar religiosamente en cada elección y no participar jamás en ninguna organización. Otra, optar por la abstención electoral y pasar el año entero organizándose con su sindicato, su comunidad o su territorio.

¿Cuál participa más de la democracia? Antes de responder tendríamos que mirar qué país llegó hasta esas urnas.

Durante el tercer gobierno de Lula, Brasil volvió a salir del Mapa del Hambre de Naciones Unidas y en 2026 se mantuvo fuera de él, con la subalimentación por debajo del 2,5%. La pobreza, la extrema pobreza y el desempleo descendieron a niveles históricamente bajos; millones de familias dejaron Bolsa Família después de aumentar sus ingresos y millones de beneficiarios ingresaron al empleo formal.

Nada de eso es menor. Comer no es menor. Tener trabajo no es menor. Recibir una vivienda, acceder a la universidad, recuperar salario, llegar a un médico, tampoco.

Una de las mayores victorias del neoliberalismo ha sido conseguir que suframos juntos, pero nos sintamos solos.

Pero mientras mejoraban varios indicadores macroeconómicos y sociales, el 82% de las familias brasileñas llegaba a esta elección con algún tipo de deuda. Y bajo esos promedios sigue existiendo uno de los países más desiguales del mundo, con enormes diferencias raciales y territoriales, concentración de la tierra, poder del agronegocio y una reforma agraria que los propios movimientos campesinos siguen considerando una deuda estructural.

¿Qué ocurre, entonces, cuando un gobierno consigue mejorar efectivamente la vida de millones sin alterar las relaciones de poder que continúan produciendo desigualdad? Tal vez allí esté una parte de la respuesta.

Durante décadas, el neoliberalismo hizo bastante más que privatizar empresas, abrir mercados o desregular economías. También privatizó una parte de nuestra manera de entender la vida. Se fue metiendo lentamente debajo de la piel. Nos enseñó a competir. A convertirnos en nuestro propio pequeño «emprendimiento». A invertir en nosotros, capacitarnos, hacernos empleables, construir una «marca propia»…

La educación fue dejando de presentarse solamente como derecho, conocimiento o formación para convertirse también en inversión individual. Estudie para competir mejor, endeúdese para estudiar, acumule credenciales, consiga un lugar y después trate de no perderlo.

Si no alcanza, algo habrá hecho mal.

El trabajador precarizado ha terminado imaginándose empresario de sí mismo. La persona endeudada ha aprendido a gestionar en silencio su angustia. Quien no consigue pagar el arriendo se avergüenza. Quien trabaja 12 horas cree que no se esforzó lo suficiente. Millones padecen los mismos problemas, pero cada uno vuelve a casa creyendo que se trata de un fracaso individual. Una de las mayores victorias del neoliberalismo ha sido conseguir que suframos juntos, pero nos sintamos solos.

Aunque nunca estuvimos completamente solos. Persistieron sindicatos, movimientos campesinos, organizaciones indígenas, feminismos populares, cooperativas, comunidades religiosas, experiencias de educación popular.
Resistieron formas de comunidad y experiencias de economía popular que el mercado nunca consiguió convertir del todo en mercancía. Y también nacieron nuevas formas de encontrarse.

Los seres humanos necesitamos algo más que salario. Necesitamos que alguien conozca nuestro nombre. Que pregunte cómo estamos. Que nos visite cuando nos enfermamos. Que acompañe a nuestros muertos. Que cuide a nuestros hijos alguna tarde. Necesitamos cantar, llorar, celebrar, creer, sentir que pertenecemos a algo que no termina en nosotros mismos.

Aquí la izquierda latinoamericana debería detenerse un momento antes de burlarse de la religión.

Una iglesia puede hacer todas esas cosas. Puede ser el lugar donde una mujer agotada encuentra a alguien dispuesto a escucharla. Donde una familia migrante encuentra comunidad. Donde un trabajador encuentra una explicación para su sufrimiento y una esperanza para mañana.

Después podemos discutir qué explicación recibió. Pero primero estuvo alguien allí.

Millones de brasileños no se volvieron evangélicos el día en que apareció Bolsonaro. Durante décadas crecieron iglesias pentecostales y, más tarde, poderosas corrientes neopentecostales capaces de construir presencia territorial, redes de ayuda, medios de comunicación, liderazgos y representación política. En parte de ese universo, la teología de la prosperidad encontró una afinidad notable con el sujeto neoliberal. Fe, disciplina, esfuerzo y prosperidad podían quedar enlazados en un relato donde el destino vuelve a depender, fundamentalmente, de cada individuo.

La espiritualidad también era un territorio en disputa. Todavía lo es. Y es demasiado importante para entregársela al fundamentalismo.

Si prosperé, hice algo bien. Si fracasé, ¿qué hice mal?

Carolina Rocha (Dandara Suburbana) —una escritora, historiadora y doctora en sociología brasileña— lo explica de una manera mucho más sencilla. Si atribuimos la pobreza al diablo, ya no necesitamos preguntarnos por la desigualdad. Si la violencia contra una mujer es obra del diablo, podemos dejar de hablar de misoginia. Y, sin embargo, ella cree en el poder de la oración.

Ahí está precisamente la complejidad que perdemos cuando confundimos fe con ignorancia.

América Latina conoció también otra relación entre espiritualidad y política. La Teología de la Liberación y las Comunidades Eclesiales de Base hicieron de la fe un lugar desde donde leer colectivamente el sufrimiento. Allí también se alfabetizó, se organizaron campesinos y trabajadores, se defendieron derechos humanos, se enfrentaron dictaduras y se preguntó qué tenía que decir el cristianismo frente a la injusticia. En Chile y Brasil esas comunidades fueron también espacios concretos de organización y resistencia.

Aquello fue suficientemente importante como para preocupar al poder. Ya en 1969 Nixon pidió a la CIA estudiar los cambios que estaban ocurriendo en la Iglesia latinoamericana; los informes estadounidenses describían con inquietud su transformación desde defensora del orden establecido hacia agente de cambio social y advertían que sus corrientes más radicales podían alimentar transformaciones revolucionarias y sentimientos antiestadounidenses.

La espiritualidad también era un territorio en disputa. Todavía lo es. Y es demasiado importante para entregársela al fundamentalismo.

Quien consigue acompañar nuestro dolor adquiere también una enorme capacidad para explicarlo. Y quien consigue explicar nuestro miedo puede terminar gobernándolo.

El miedo puede nacer de experiencias materiales muy reales: violencia, narcotráfico, desempleo, precariedad, corrupción, abandono estatal. Pero también puede fabricarse, inducirse, amplificarse, administrarse.

La disputa comienza cuando alguien pregunta «¿quién te hizo esto?»

Las estructuras son difíciles de señalar con el dedo. El capital financiero, la concentración de la propiedad, la cadena global de explotación, no caminan precisamente por las calles. El enemigo, en cambio, puede tener rostro: el migrante, el indígena, el pobre, la feminista, el comunista, el delincuente, el movimiento social. El enemigo que corresponda esa semana.

Después vienen el video, el titular, el meme, el pastor, el influencer, el noticiero, WhatsApp, TikTok, los bots, los medios tradicionales y los nuevos. No funcionan por separado. Construyen un ecosistema donde una explicación repetida mil veces puede comenzar a sentirse como experiencia propia.

La derecha entendió algo fundamental: la política también ocurre en el corazón. Organiza el miedo, la rabia, el resentimiento, la nostalgia, la pertenencia. Ofrece enemigos claros y un pasado imaginario al que regresar. Frente a la incertidumbre promete orden. Frente a la complejidad ofrece certeza. Frente a la impotencia, castigo.

Ninguna intervención extranjera explica por sí sola nuestras derrotas, y reconocer el poder de quienes tenemos enfrente no puede ahorrarnos la pregunta por nuestros propios errores y debilidades.

Vale preguntarse, entonces, cuándo el sufrimiento de otro comenzó a experimentarse como solución al sufrimiento propio. Y también por qué tantos de esos discursos, enemigos, símbolos y soluciones comenzaron a parecerse de un país a otro.

Mientras analizábamos cada crisis como si terminara en nuestras fronteras, los poderes hegemónicos nunca dejaron de trazar el mapa completo.

La Doctrina Monroe regresa ahora bajo un nombre paródico: «Donroe». Un juego nada gracioso para nombrar la restauración de la primacía de Estados Unidos sobre el hemisferio, ahora también frente a la creciente presencia de China. Seguridad, migraciones, narcotráfico, recursos estratégicos, infraestructura y alineamiento político empiezan a formar parte de un mismo tablero.

En junio de 2026, Chile adhirió al Escudo de las Américas, impulsado por Washington, a espaldas de la ciudadanía y presentado públicamente recién el 22 de septiembre, principalmente como una alianza de 15 países contra el crimen organizado. Pero los propios documentos del Escudo de las Américas muestran una arquitectura bastante más amplia. Establece tres pilares —económico, seguridad y coordinación multilateral— e incluye mecanismos de control de inversiones, cadenas de suministro de minerales críticos, normas sobre «proveedores de confianza» para infraestructura digital y coordinación en organismos multilaterales. Incluso invoca el TIAR, un tratado interamericano de defensa recíproca.

No estamos hablando solamente de policías persiguiendo narcotraficantes o de secuestros internacionales de presidentes y funcionarios públicos acusados de «narcoterrorismo». Estamos hablando también de quién decide sobre cobre, litio, tierras raras, energía, infraestructura, tecnología, alimentos, tierra, agua y semillas.

Soberanía es la capacidad material de decidir sobre las condiciones que permiten reproducir nuestra propia vida. Una semilla lo explica mejor que cien tratados.

Cuando una campesina pierde la capacidad de conservar, intercambiar y reproducir sus propias semillas, no pierde solamente una costumbre ancestral. Pierde autonomía sobre la próxima cosecha. Y cuando esa semilla puede ser modificada genéticamente, patentada y convertida en propiedad de una corporación, quien la cultiva pierde el control de la reproducción misma de la vida y de nuestros alimentos.

De eso hablamos también cuando hablamos de soberanía alimentaria.

Pero sería demasiado cómodo terminar la explicación aquí. Después de mirar al imperio, a las iglesias, a las plataformas digitales, al capital y a las ultraderechas, toca volver la mirada hacia este lado. Ninguna intervención extranjera explica por sí sola nuestras derrotas, y reconocer el poder de quienes tenemos enfrente no puede ahorrarnos la pregunta por nuestros propios errores y debilidades.

Habrá que distinguir. Hablo de izquierdas en plural, porque bajo ese nombre han convivido proyectos muy distintos y no todos entienden de la misma manera qué significa transformar la sociedad. Hay proyectos que han concentrado su horizonte en conquistar gobiernos, ampliar derechos y producir reformas desde el Estado, administrando el modelo neoliberal e introduciendo mayores grados de justicia social hasta donde las correlaciones de fuerza lo permitan. Para otros, en cambio, esas conquistas importan, pero resultan insuficientes si no modifican también las relaciones de propiedad, poder y dominación que sostienen ese orden, ni construyen un poder popular capaz de profundizar y sostener esas transformaciones desde abajo. No son diferencias de matiz. Tampoco producen las mismas formas de hacer política ni construyen el mismo horizonte.

Llegar al gobierno no era conquistar el poder. Chile aprendió de la manera más brutal la diferencia.

En Chile conocemos bien esa diferencia. La Concertación y la Nueva Mayoría —con las interrupciones de los dos gobiernos de Piñera— administraron durante décadas, con distintos grados de reforma, el orden neoliberal heredado de la dictadura y gobernaron bajo su Constitución. Los gobiernos de Michelle Bachelet impulsaron transformaciones que permiten reconocer en ellos una experiencia progresista, pero tampoco rompieron con esa matriz. El gobierno de Boric nació precisamente impugnando aquella herencia y terminó gobernando con buena parte de quienes la habían administrado.

Una cosa, entonces, es preguntarnos por los límites, renuncias y acomodamientos de los progresismos y las socialdemocracias que llegaron al gobierno. Otra, igualmente necesaria, es preguntarnos qué hemos sido capaces de construir las izquierdas que aspiramos a transformar ese orden. No son responsabilidades idénticas y sería un error confundirlas. Pero esa diferencia tampoco puede servirnos de refugio.

¿Qué hicieron los progresismos con el poder institucional que alcanzaron? ¿Y qué hicimos las izquierdas transformadoras para construir la fuerza popular capaz de empujar —o desbordar— esos límites?

La única vez que la izquierda chilena alcanzó el gobierno fue con la Unidad Popular. Allende llegó a La Moneda mediante una vía institucional y un programa de transformaciones estructurales. Pero el poder económico, mediático, militar e imperial no desapareció el día de su elección. Llegar al gobierno no era conquistar el poder. Chile aprendió de la manera más brutal la diferencia.

Las correlaciones de fuerzas existen. No son una excusa inventada por gobernantes cobardes, pero tampoco pueden convertirse en explicación eterna. En Chile, la «medida de lo posible» terminó demasiadas veces convertida en medida de lo permitido; y lo permitido, en límite de la propia voluntad política.

Cuando durante décadas se nos dice que no es posible transformar más porque no existe suficiente fuerza social y política, la pregunta no puede terminar allí. También debemos hacérnosla quienes aspiramos a transformaciones más profundas: ¿qué hicimos durante esos años para construir esa fuerza?

En buena parte de la izquierda institucional se terminó confundiendo fuerza electoral con fuerza social.

Una persona puede votar por un gobierno progresista, ser beneficiaria de una política pública que mejora su vida y seguir interpretando el mundo desde el sentido común neoliberal. Puede votar por Lula el domingo y escuchar durante toda la semana a un pastor bolsonarista. Puede conseguir una beca sin saber qué luchas hicieron posible que ese derecho existiera. Puede tener mejores ingresos y seguir pensando que el pobre es pobre porque quiere.

Un voto no es conciencia. Una mayoría electoral no es necesariamente una mayoría social organizada. Y allí donde dejamos de construir poder popular, otros comenzaron a disputar el sentido común.

También tendríamos que preguntarnos qué hacemos cuando llamamos «facho pobre» a aquel con quien pretendemos construir un proyecto común.

El pueblo no es una consigna revolucionaria. Es una construcción histórica, contradictoria, incompleta.

Como si una persona empobrecida tuviera la obligación moral de comprender la estructura económica que la oprime. Como si la conciencia de clase viniera incluida en el contrato de trabajo. Como si llamar ignorante a alguien fuera una forma de construir algo en común.

¿Cómo pretendemos construir pueblo con personas a las que despreciamos?

Entender por qué alguien desea autoridad, castigo o exclusión no significa justificar racismo, misoginia o fascismo. Significa hacer política.

El pueblo nunca fue moralmente puro. Puede organizar una olla común y despreciar al migrante. Defender su salario y golpear a su mujer. Resistir una minera y reproducir racismo.

El pueblo no es una consigna revolucionaria. Es una construcción histórica, contradictoria, incompleta.

Brasil vuelve a mostrarnos que esa contradicción no tiene por qué resolverse eligiendo entre la urna y la calle. El MST [Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra] puede llamar a votar por Lula frente al bolsonarismo y, al mismo tiempo, afirmar que el voto es insuficiente, exigir reforma agraria, ocupar tierras, formar militantes, construir escuelas, producir alimentos y disputar instituciones sin disolverse dentro de ellas.

El gobierno es un terreno de lucha. No el lugar donde termina la lucha.Y entonces volvemos a la democracia.

Dandara Suburbana dice algo bellísimo: «La democracia da trabajo». También dice que la democracia nos devuelve una parte de la responsabilidad. Tiene razón.

La responsabilidad neoliberal dice: «Sálvate tú, que cada uno se rasque con sus propias uñas».

Una verdadera democracia nos dice otra cosa: «Hagámonos cargo juntos».

Votar importa. Y mucho. Puede impedir retrocesos, proteger derechos, modificar correlaciones de fuerzas, abrir o cerrar posibilidades de organización. Pero democracia y elecciones nunca fueron sinónimos.

Un ciudadano, un voto. Fuera de la urna, sin embargo, uno es dueño de un banco, otro de un canal de televisión, otro de miles de hectáreas, otro de una plataforma tecnológica y otro apenas tiene su fuerza de trabajo. ¿Tienen realmente la misma capacidad de decidir?

Los zapatistas lo han dicho de una manera poética: mandar obedeciendo.

La pregunta democrática fundamental podría ser más sencilla aún: ¿quién decide? Quién decide qué producimos, cómo trabajamos, qué hacemos con el agua, quién controla las semillas, dónde se invierte, qué territorio se sacrifica, quién cuida, qué se aprende en las escuelas, qué hacemos con los bienes comunes naturales y cuánto de nuestro tiempo podemos conservar para vivir.

También hace falta tiempo para hacer democracia.

Una mujer que trabaja todo el día, viaja tres horas en el transporte público, cocina, limpia, cuida niños y acompaña a una madre enferma no necesita que le expliquemos las virtudes abstractas de la participación ciudadana. Necesita tiempo.

Y aquí aparece otra forma de pensar el poder popular, no como consigna, sino como capacidad colectiva organizada. Un sindicato capaz de decidir sobre el trabajo. Una comunidad que administra el agua potable rural. Una cooperativa que produce. Campesinas guardianas de semillas. Una organización territorial que construye cuidados. Una escuela popular. Un medio comunitario. Un pueblo indígena que gobierna aspectos de su territorio.

Pedir, pero también hacer. Disputar el Estado sin entregar toda nuestra capacidad al Estado.

Los zapatistas lo han dicho de una manera poética: mandar obedeciendo.

Mucho antes, las cosmovisiones andinas habían tejido otra palabra hermosa: ayni. Reciprocidad. Recibir, dar, corresponder. La vida entendida como una trama de relaciones y obligaciones mutuas.

Frente al individuo neoliberal que se imagina autor de sí mismo, el ayni guarda una memoria elemental que necesitamos recuperar: nadie se hace solo. Y tampoco partimos de cero.

Ahí están los asentamientos del MST, las comunidades zapatistas, organizaciones indígenas, los sindicatos que todavía organizan luchas colectivas, las cooperativas, las Comunidades Eclesiales de Base, los feminismos territoriales, las escuelas populares, las experiencias agroecológicas, los campesinos defendiendo semillas, las ollas comunes.

No sabemos si venceremos. No sabemos cuánto tardará. Pero no necesitamos inventarnos un final feliz para comenzar.

Ninguna de esas experiencias es una utopía consumada. También allí existen contradicciones, derrotas, jerarquías, errores. Pero nos muestran que otros futuros son posibles y que la esperanza no es sólo una promesa.

Cuando una comunidad consigue alimentar a sus niños, defender un río, recuperar una tierra, levantar una escuela, conquistar una jornada laboral más humana, cuidar colectivamente a sus viejos o impedir que alguien enfrente solo una desgracia, ocurre algo que ninguna propaganda política puede fabricar. Descubre su propia potencia.

Tal vez a eso se refería aquella hermosa frase que Salvador Allende pronunció ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1972: «Es nuestra confianza en nosotros lo que incrementa nuestra fe en los grandes valores de la humanidad».

Pero no basta con recuperar la confianza. También habrá que recuperar la alegría. La alegría política de comprobar que algo que parecía imposible pudo hacerse porque hubo otros cuerpos allí. Cuerpos que cocinaron, marcharon, cuidaron, estudiaron, sembraron, rezaron, discutieron, cantaron, hicieron huelga, lloraron a sus muertos y alguna vez también bailaron.

La esperanza neoliberal dice: «Yo puedo triunfar». La esperanza mesiánica espera: «Él nos salvará». Nosotros necesitamos recuperar otra conjugación de la esperanza: podemos construir.

No sabemos si venceremos. No sabemos cuánto tardará. Pero no necesitamos inventarnos un final feliz para comenzar.

Brasil volverá a las urnas dentro de unas semanas. Hay razones muy concretas para mirar ese resultado con atención. Pero cuando alguien marque su voto, deberemos recordar que la política no habrá terminado allí.
Tal vez allí recién comience una nueva etapa.

Hace casi un año escribí El pueblo como horizonte. Hoy agregaría Caminar preguntando por otros mundos posibles.

Necesitamos volver a encontrarnos. Tejer vínculos y afectos. Escuchar antes de explicar. Disputar sentidos sin despreciar a quienes todavía no comparten los nuestros. Recuperar el territorio, el cuerpo, la comunidad, la espiritualidad, el deseo, la autonomía, la capacidad de decidir y la alegría de crear juntos.

La esperanza no consiste en esperar que alguien venga a salvarnos. La esperanza también se construye.

La estrella de la esperanza continuará siendo nuestra 🎶🎶

Por Tania Melnick Sainte-Marie


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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