Por José Luis Riquelme Salazar y Manuel Núñez Carrasco
A casi siete años de la Revuelta de Octubre, buena parte de la discusión sobre su significado parece haberse desplazado hacia la evaluación de sus resultados. Se pregunta qué quedó de ella, cuánto avanzaron las fuerzas que protagonizaron aquel proceso, cuáles fueron las derrotas constitucionales o si el movimiento popular se encuentra hoy en una posición distinta de aquella que ocupaba antes de 2019.
Hace algunas semanas sostuvimos en estas páginas que la resaca no es todo lo que quedó de la Revuelta y que evaluarla exclusivamente desde sus desenlaces institucionales impedía reconocer las capacidades políticas, las memorias y las relaciones producidas durante aquel ciclo.
Nos preguntábamos entonces si estábamos buscando los efectos de la Revuelta en el lugar correcto.
Quisiéramos ahora avanzar un poco más. Quizás el problema no radique solamente en dónde buscamos, sino en la propia idea de política con que decidimos qué constituye un efecto políticamente relevante.
Si nuestra mirada permanece concentrada en gobiernos, elecciones, procesos constitucionales, correlaciones institucionales de fuerza o nuevas movilizaciones, una parte importante de lo ocurrido necesariamente aparecerá como fracaso o desaparición.
Sin negar esas derrotas, cabe preguntarse si las categorías con las que las constatamos son suficientes para comprender lo que ocurrió.
La experiencia del Colectivo Octubre Combativo en Padre Hurtado permite aproximarse al problema desde otro lugar.
No porque represente a la Revuelta en su conjunto ni porque constituya un modelo que deba reproducirse, sino porque permite observar dimensiones de la política que suelen desaparecer cuando ésta es pensada como una actividad separada de la producción cotidiana de nuestra existencia.
Nosotros no iremos hacia el pueblo
El escritor antifascista Cesare Pavese escribió en 1945 una frase que puede ayudarnos a situar el problema: «Nosotros no iremos hacia el pueblo. Porque ya somos pueblo». Proponerse «ir hacia el pueblo», agregaba, suponía haber olvidado «de qué carne estamos hechos».
La afirmación conserva una incómoda actualidad. Parte importante de las tradiciones de izquierda ha pensado su relación con las clases populares desde una cierta exterioridad: llegar a ellas, concientizarlas, organizarlas, representarlas o conducirlas.
El problema no reside necesariamente en cada una de esas prácticas, sino en imaginar que la formación política, la militancia o el conocimiento teórico sitúan a quien los posee fuera de las relaciones sociales que pretende transformar. Algo similar ocurre muchas veces en la administración pública del Estado.
Quienes participamos de Octubre Combativo no tuvimos que ir hacia una clase exterior. Éramos y somos trabajadores, pobladores, estudiantes, militantes y personas provenientes de trayectorias diferentes, atravesadas por el trabajo, la precariedad, el endeudamiento, los cuidados y las formas concretas mediante las cuales reproducimos nuestra existencia.
Pero reconocernos como parte de una clase tampoco resuelve el problema. Pavese situaba inmediatamente otro obstáculo: «la soledad del hombre, la nuestra y la de los otros».
Más que convertir sus palabras en doctrina, nos interesa la pregunta que permiten abrir: ¿Cómo vivimos y reflexionamos quienes ya somos pueblo?

La fabricación de la soledad
El capitalismo contemporáneo ha profundizado una paradoja. Nuestra existencia depende de relaciones sociales cada vez más extensas, mientras sus problemas son experimentados individualmente. La precariedad puede aparecer como fracaso personal; la deuda, como responsabilidad individual; el desempleo, como culpa.
La soledad, la depresión o el consumo problemático de drogas entre jóvenes no pueden separarse de las condiciones sociales en que se producen y experimentan.
A ello se suma una cultura que convierte la propia existencia en una empresa: levantarse antes que los demás, dormir menos, entrenar más, aprovechar cada minuto, emprender, competir y aumentar permanentemente la productividad.
Éxito y fracaso aparecen como resultados de la correcta administración de sí, incluso cuando las condiciones que organizan nuestras posibilidades son profundamente sociales.
Marx ironizaba ya en 1857 sobre las «robinsonadas» de la economía política: la ficción de comenzar a explicar la sociedad desde individuos solos y aislados. Su punto de partida era otro: individuos que producen en sociedad.
Lo relevante para nosotros es la operación crítica que allí se realiza: aquello que una sociedad ha producido históricamente puede terminar apareciendo como una característica natural del ser humano. Se necesita, paradójicamente, una determinada sociedad para producir al individuo que luego puede imaginarse independiente de ella.
Cuando producir pan era producir pueblo
Durante la Revuelta se produjo una fisura en esa experiencia. El endeudamiento, las bajas pensiones, la precarización laboral o las desigualdades territoriales dejaron momentáneamente de percibirse como desgracias individuales y comenzaron a reconocerse como expresiones de una misma configuración histórica.
En experiencias como Octubre Combativo ocurrió algo adicional. Algunos de esos problemas no solo comenzaron a interpretarse colectivamente, sino también a enfrentarse produciendo relaciones colectivas nuevas.
En el territorio de Padre Hurtado, en la periferia poniente de la ciudad, la protesta y la confrontación convivieron con ollas comunes, actividades culturales, recuperación de espacios, redes de abastecimiento, ferias autogestionadas y una panadería popular.
No fueron momentos separados, primero protesta y después trabajo comunitario, sino dimensiones que se entrelazaron. Una formulación surgida de la propia experiencia permite expresarlo con precisión: solidaridad y lucha.
La panadería popular permite observarlo en una escala concreta. Hacer pan no constituye una actividad anticapitalista por sí misma. Lo relevante era mediante qué relaciones se producía. Articular trabajo, conocimientos, materias primas, infraestructura y necesidades implicaba también aprender, transmitir saberes, distribuir tareas y producir vínculos.
Trabajo sin empresarios, trabajo para la comunidad y trabajo en una nueva comunidad. Producir pan era también producir el nosotros que producía ese pan.
La guerra por la luz
La feria popular en la navidad 2020 muestra otro aspecto de ese proceso. Abrió un espacio de trabajo para vecinos que no podían asumir los costos de la feria oficial y llegó a producir una autoridad práctica reconocida territorialmente.
Cuando desde la alcaldía se interrumpió el suministro eléctrico comenzó lo que dentro de la experiencia se recordó como la «guerra por la luz». Integrantes del colectivo consiguieron primero restituir el servicio y, cuando posteriormente fueron destruidos los medidores, obtener un generador que permitió continuar la feria.
Resolver una necesidad material, sostener fuentes de trabajo y disputar políticamente el territorio formaban parte de una misma práctica.
Pero reducir esta transformación únicamente a la panadería popular o a la feria sería un error. La organización conectó espacios, tiempos y actividades habitualmente separados: la plaza con las casas; las casas con la olla común; la olla con la protesta; los conocimientos técnicos con necesidades comunitarias; la noche de movilización con las tareas del día siguiente.
También conectó otras luchas consideradas propias: la libertad de los presos políticos, las demandas del pueblo mapuche, las reivindicaciones internacionales, las memorias populares y la exigencia de justicia para Ariel Moreno, vecino asesinado por agentes del Estado durante la Revuelta.

La toma de lo cotidiano
La organización no tenía un espacio exclusivamente ‘político’ al cual se acudía para regresar después a una vida exterior a él. Casas, calles y plazas cambiaban de uso. Saberes y objetos circulaban de otra manera. Algo se desterritorializaba para volver a territorializarse mediante nuevas relaciones.
Una casa podía convertirse en lugar de organización o producción; un conocimiento laboral, en capacidad comunitaria; una plaza administrada municipalmente, tomada y convertida en lugar de trabajo, deliberación, abastecimiento, celebración y protesta.
Octubre Combativo no actuaba simplemente dentro de un territorio: contribuía a producirlo. Desde allí podemos interrogar también la separación entre lo público y lo privado. Tendemos a reconocer inmediatamente como políticas una manifestación, una elección o una disputa gubernamental, mientras la alimentación, los cuidados, el trabajo doméstico y buena parte de la reproducción de nuestra existencia aparecen como asuntos privados o familiares.
Esa separación no constituye un dato natural. Es históricamente producida. Octubre Combativo no la abolió, pero durante determinados momentos desorganizó prácticamente su funcionamiento. La política atravesó la plaza y las casas, la noche y el día, la protesta y la producción, los cuidados y la confrontación.
Fue intentando comprender experiencias como éstas que comenzamos a hablar de toma de lo cotidiano. Inicialmente la entendimos como una expansión de la capacidad política hacia la organización material de la vida.
Hoy creemos que podemos ir más lejos: no se trató simplemente de llevar la política hacia espacios donde antes no estaba, sino de intervenir colectivamente sobre las relaciones mediante las cuales producimos y reproducimos nuestra existencia.
Pensar la derrota de otra manera
Esto modifica también la manera de pensar la derrota. El proceso constitucional propiciado por el orden institucional fue derrotado. Numerosas organizaciones desaparecieron. La movilización disminuyó. Las fuerzas transformadoras no consiguieron convertir aquella apertura histórica en una transformación duradera de la sociedad chilena. Negarlo no ayudaría a comprender Octubre.
Pero una derrota institucional, electoral o incluso organizativa no constituye por sí sola una teoría completa de la política. Si la política comprende también nuestra capacidad colectiva de intervenir sobre las relaciones mediante las cuales producimos la existencia, ya no basta con establecer cuánto de las demandas de Octubre fue institucionalizado.
Necesitamos preguntarnos también qué capacidades fueron ejercidas, qué relaciones llegaron a producirse y qué posibilidades históricas pudieron ser experimentadas, incluso cuando posteriormente retrocedieron.
Lo que Octubre todavía mantiene abierto
Quizás una de las tareas que deja Octubre sea reinventar nuestra concepción de la política.
Reinventar no significa comenzar desde cero ni crear arbitrariamente. Partimos de relaciones, necesidades, contradicciones, memorias, conocimientos y capacidades existentes. Pero reconocer esas determinaciones tampoco significa suponer que la forma futura de su transformación se encuentra ya escrita.
La crítica permite precisamente devolver historicidad a aquello que aparece como natural y, al hacerlo, abrir nuevamente su posibilidad de transformación. La existencia histórica de una posibilidad no equivale a la necesidad histórica de su realización.
Por eso necesitamos categorías capaces de trabajar frente a los problemas concretos de nuestra clase y de ser transformadas también por la experiencia, en lugar de convertirlas en manuales frente a los cuales la realidad deba obedecer.

El pueblo cuenta con otros pueblos
Hay aquí una dimensión epistemológica: el pueblo no puede continuar apareciendo como objeto para sujetos que se imaginan exteriores a él. Una dimensión ontológica: el individuo aislado no constituye nuestro punto de partida, porque producimos nuestra vida y nos producimos en relaciones sociales.
Y una dimensión política: transformar la sociedad no puede reducirse a disputar quién administra instituciones separadas de la vida que colectivamente producimos.
Nada de esto desplaza la crítica al capitalismo. Por el contrario. Si explotación, mercantilización, precariedad, opresión y dominación atraviesan las relaciones mediante las cuales producimos nuestra existencia, una política popular no puede limitarse a administrar mejor sus consecuencias.
Las posibilidades abiertas en Octubre tampoco son simplemente los restos de una ilusión derrotada. Forman parte de una potencia histórica que puede reaparecer bajo formas que no conocemos de antemano.
Las luchas estudiantiles y de trabajadores, la resistencia histórica del pueblo mapuche, las rebeliones latinoamericanas, la resistencia palestina y tantas luchas que recorren el mundo no constituyen una lucha única, pero tampoco historias exteriores entre sí. Son expresiones heterogéneas de una historia de resistencia frente a la explotación, la dominación, el colonialismo y la opresión. Octubre forma parte de esa historia.
La pregunta que sigue abierta
El pueblo cuenta con otros pueblos. Por eso nunca abandonamos la posibilidad de una sociedad radicalmente distinta.
No se trata de repetir los proyectos políticos del siglo XX ni de encontrar un modelo terminado para aplicar sobre la realidad. Si queremos conservar la palabra Revolución, tendremos que volver a pensarla desde nuestras condiciones históricas y desde las experiencias mediante las cuales los pueblos producen sus luchas.
Lo mismo ocurre con el horizonte comunista: no como respuesta ya escrita, sino como perspectiva anticapitalista de superación de las relaciones de explotación, opresión y dominación.
La Revuelta no realizó esa transformación, pero sí tensionó profundamente los límites de la sociedad capitalista chilena. En múltiples territorios aparecieron capacidades que cuestionaron prácticamente quién podía organizar, cuidar, abastecer, ocupar el espacio y decidir sobre la vida común.
Durante un tiempo, la transformación dejó de aparecer solamente como aquello que se demandaba a otros y comenzó también a experimentarse como algo producido mediante la propia actividad colectiva.
El Colectivo Octubre Combativo fue una de esas experiencias. Localizada, temporal, heterogénea y atravesada por dificultades. Pero permite observar algo que recorrió la Revuelta en muchos territorios: quienes aparecíamos destinados a trabajar, consumir, endeudarnos y ser administrados podíamos también producir organización, territorio, abastecimiento, cuidados y capacidades políticas.
Por eso una imagen aparentemente pequeña puede condensar una perspectiva mucho mayor: Producir pan podía ser también producir el nosotros que producía ese pan.
Quizás esa sea una de las preguntas que Octubre todavía mantiene abierta: ¿Cómo producir, desde nuestras condiciones actuales, relaciones capaces de enfrentar la explotación y la dominación y, al mismo tiempo, las capacidades colectivas necesarias para superarlas?
Toma de lo cotidiano, revolución, comunismo: ninguna de esas palabras puede servirnos como manual. Sus formas tendrán que producirse en nuestra propia experiencia histórica.
José Luis Riquelme Salazar y Manuel Núñez Carrasco son investigadores en ciencias sociales de la Universidad Central de Chile y la Universidad de Santiago, y participes de la experiencia del Colectivo Octubre Combativo.
