Ucrania como víctima de los países con problemas de acceso a la cadena de suministro de materiales críticos

Hay una forma de contar la guerra de Ucrania que incomoda a ambos bandos: la de un país que se ha convertido en el eslabón más vulnerable de una cadena de suministro que Occidente no controla

Ucrania como víctima de los países con problemas de acceso a la cadena de suministro de materiales críticos

Hay una forma de contar la guerra de Ucrania que incomoda a ambos bandos: la de un país que se ha convertido en el eslabón más vulnerable de una cadena de suministro que Occidente no controla. Ucrania como víctima de los países con problemas de acceso a la cadena de suministro de materiales críticos es una perspectiva que a menudo queda relegada en el debate internacional. En la economía política de la posguerra que ya se está diseñando, Ucrania corre el riesgo de pasar de campo de batalla a cantera estratégica, y que sus socios no la miran solo como una víctima a la que socorrer, sino como un yacimiento al que asegurar.

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Occidente tiene un problema, y es un problema de dependencia. China refina cerca del 90% de las tierras raras, más del 90% del grafito, casi el 80% del cobalto y alrededor del 70% del litio. Goldman Sachs calcula que a Occidente le llevaría al menos una década reducir esa dependencia. En ese contexto, Ucrania no es un país cualquiera: posee 22 de los 50 materiales que Estados Unidos considera estratégicos y 25 de los 34 que la UE califica como críticos, incluidos grafito, litio, titanio, berilio y uranio. El valor estimado de sus recursos críticos ronda los 775.000 millones de dólares, aunque sus exportaciones de estos materiales en 2024 no superaron los 100 millones. La brecha entre la promesa geológica y la realidad extractiva es abismal, y esa brecha es precisamente lo que convierte a Ucrania en un objeto de deseo.

El acuerdo de minerales firmado entre Estados Unidos y Ucrania en abril de 2025 es la expresión más nítida de esta dinámica. Bajo la apariencia de un “Fondo de Inversión para la Reconstrucción”, Ucrania se comprometió a aportar el 50% de los ingresos futuros de las nuevas licencias de extracción de minerales críticos, petróleo y gas. El acuerdo establece que Estados Unidos o el comprador que designe tendrán prioridad en la adquisición de los minerales críticos ucranianos, y que Ucrania no podrá utilizar su legislación nacional como justificación para incumplir los términos del pacto. La analista china lo describió sin ambiguedad como un “contrato bajo presión” , y The Washington Post lo calificó como “una forma de extorsión sin precedentes”. No hace falta suscribir la lectura de Pekín para reconocer que el texto otorga a Washington un derecho preferente sobre recursos que Ucrania necesitará para reconstruirse.

El primer gran proyecto bajo este paraguas lo confirma. En enero de 2026, el yacimiento de litio de Dobra, en la región de Kirovograd, fue adjudicado a Dobra Lithium Holdings, un consorcio cuyos accionistas son TechMet —una empresa con participación del gobierno estadounidense— y The Rock Holdings, vinculada al empresario Ronald Lauder, amigo personal de Donald Trump. La primera ministra ucraniana, Yulia Svyrydenko, lo presentó como “solo el primero de un ambicioso plan para integrar a Ucrania en las cadenas de suministro de nuestros socios estratégicos”. La inversión mínima anunciada es de 179 millones de dólares, de los cuales solo 12 millones se destinan a exploración geológica. Es decir, el primer gran negocio de la era de los minerales críticos ucranianos ya tiene dueño, y ese dueño no es ucraniano.

La segunda pata de la victimización es menos visible pero igualmente estructural. Ucrania no solo es rica en minerales: es barata en mano de obra, y lo es por razones que la guerra ha agravado pero no creado. La participación de los salarios en el PIB ucraniano cayó del 49,9% en 2013 a cerca del 35% en 2024. La industria manufacturera, que representaba el 44,6% del PIB en 1992, se había desplomado al 8,4% en 2024. Ucrania está atrapada en lo que los economistas ucranianos llaman la “trampa de la periferización”: un país que lleva décadas exportando materias primas y productos de bajo valor añadido, sin capacidad de romper ese ciclo sin una acción estatal deliberada. En 2025, cerca del 45% de las exportaciones de mercancías ucranianas eran cereales, grasas y aceites, madera y metales ferrosos. La reconstrucción, tal como se está diseñando, no corrige esa estructura: la profundiza, al orientar la inversión hacia la extracción de minerales que luego se procesarán fuera de Ucrania.

Y hay un tercer factor que completa el cuadro: la competencia territorial por los recursos. Los yacimientos más ricos no están en la Ucrania que controla Kiev. Dos de los cuatro principales depósitos de litio están bajo control ruso: el campo de Shevchenkivske, en la República Popular de Donetsk, con reservas estimadas de 13,8 millones de toneladas de mineral de litio, y el depósito de Krutaya Balka, en la región de Zaporizhia. Rusia ha comenzado a emitir “licencias” de explotación en los territorios ocupados, adjudicándolas a empresas rusas y a Rostec, el holding de defensa estatal. Zelenski denunció en mayo de 2026 que Moscú planea extraer materias primas de al menos 18 yacimientos en el sur ocupado. La guerra, por tanto, no es un plan occidental para apoderarse del litio ucraniano; es una competencia por ver quién controla territorialmente esos activos cuando llegue el momento de negociar la paz.

Esto no significa que a Occidente “le convenga” la guerra. Significa algo más incómodo: que a los inversores que están posicionándose en Ucrania les conviene una posguerra favorable, y que esa posguerra se está diseñando con más atención a la seguridad de suministro de los países compradores que a la diversificación productiva de Ucrania. La propia estrategia nacional de recursos naturales de Ucrania no se actualizó hasta 2024, y la exploración geológica sigue siendo incipiente. El país que emerge de los acuerdos no es un socio industrial en pie de igualdad, sino un proveedor preferente de materia prima para cadenas de valor que se procesan en otro lugar.

La conclusión es amarga pero necesaria. Ucrania no es víctima de una conspiración para robarle sus minerales. Es víctima de algo más difícil de nombrar y más fácil de ignorar: una economía política de la reconstrucción en la que su urgencia por obtener armas, dinero y garantías de seguridad la ha llevado a firmar contratos que hipotecan su soberanía económica futura. Sus socios tienen un problema de acceso a la cadena de suministro de materiales críticos, y Ucrania, en el momento de mayor debilidad de su historia moderna, se ha convertido en la solución más barata a ese problema. Que la defensa de su integridad territorial sea justa no exime de examinar las condiciones en las que esa defensa se está financiando.

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