El ‘octubrismo’ vive y hoy recorre Europa

El columnista Leopoldo Lavín reivindica el "octubrismo" como una lección de dignidad y rebeldía, no como un insulto. Sostiene que, a siete años del estallido, la esencia de octubre se proyecta en las luchas sociales europeas contra el neoliberalismo, dejando atrás la decepción de la política tradicional para exigir justicia social y convergencia popular.

El ‘octubrismo’ vive y hoy recorre Europa

Columna: El ‘octubrismo’ vive y hoy recorre Europa

Por Leopoldo Lavín Mujica

Un fantasma recorre Europa, y tiene acento chileno. La derecha inventó la palabra “octubrismo” para convertir una rebelión en enfermedad, y la usa como insulto. Conviene recogerla. Los nombres que el adversario pone con desprecio suelen terminar en las banderas: así pasó con los sans-culottes, con los comuneros, con los descamisados. Siete años después, octubre no es una vergüenza que esconder, sino una lección que estudiar y un proyecto que continuar.

Todo empezó con un salto: unos liceanos sobre los torniquetes del metro contra un alza de treinta pesos. En ese gesto cupo una acusación de treinta años: pensiones de hambre, deudas heredadas como condena, salud según la billetera, agua privatizada y una Constitución dictada en dictadura. Lo que siguió no fue un motín, sino una rebelión. Un motín estalla y se apaga; una rebelión se pregunta qué quiere.

Y octubre se lo preguntó en voz alta. Más de un millón de personas en Santiago sin partido que las convocara; miles de cabildos en plazas y sedes vecinales; gente que nunca había hablado en público tomando la palabra. Hubo alegría, y símbolos nacidos de abajo: una plaza rebautizada Dignidad, la wiphala y la bandera mapuche sobre la multitud, una performance feminista que viajó de Valparaíso a Estambul. Fue la democracia que no pide permiso.

El poder respondió como sabe: cientos de ojos perdidos por disparos a la cara, muertos, torturas, violencia sexual documentada por organismos internacionales. Pero no consiguió el miedo que buscaba. Fabiola Campillai, cegada por un carabinero, llegó al Senado por el voto popular, y hoy, cuando su agresor acaba de obtener la libertad condicional, vuelve a dar la batalla. Las víctimas de octubre no son símbolo de derrota, sino de dignidad. Quien perdió los ojos no perdió la voz.

La lección mayor es una conquista. El 12 de noviembre, la huelga general convocada por la Mesa de Unidad Social paralizó puertos, escuelas, hospitales y faenas: la calle y el trabajo se encontraron, y el gobierno se quedó sin salida. Tres días después aceptaba un proceso constituyente; un año más tarde, el 78 % votaba por enterrar la Constitución de la dictadura. Si el gobierno de Boric decepcionó, la potencia del movimiento sigue siendo una esperanza viva. Toca organizar la convergencia de trabajadores, estudiantes y pueblo, construir alternativa, darle programa, disputar las elecciones y sostener la movilización para que se cumpla.

Porque lo viejo se resiste a morir. Gramsci lo vio en los años treinta: en el interregno en que lo viejo agoniza y lo nuevo no termina de nacer, aparecen los síntomas mórbidos. Hoy tienen nombre. Una burguesía neoliberal y autoritaria se rearma con Kast en Santiago y Milei en Buenos Aires, y con la ultraderecha a las puertas del poder en Europa. Baja impuestos a los ricos, recorta a los jubilados y llama orden a la represión.

Pero lo nuevo empuja. En Francia, los liceanos bloquean sus establecimientos al grito de “convergencia de las luchas”, y hoy confluyen en la calle con los trabajadores y con quienes no llegan a fin de mes. En Italia, otra juventud en busca de su futuro se hace la misma pregunta. No imitan a Chile; cada movimiento tiene raíces propias. Pero comparten un gesto, el de la manifestación, la asamblea y la alegría compartida, y unos símbolos que circulan sin pasaporte ni copyright. Por eso tiemblan las burguesías, de Santiago a Roma y París.

Los Termidores no borraron 1789, y la Comuna, en setenta y dos días, alimentó un siglo de luchas. Lo que un pueblo vive en la calle queda en la memoria y en el imaginario social. Queda. Vendrán otros octubres, cada vez que una generación descubra que le prometieron un mundo y le entregaron una deuda con desempleo y plata para comprar armas y no para escuelas decentes. Exigirán un mundo sin guerras, un planeta que deje de ser saqueado, la igualdad social y entre mujeres y hombres. Lo viejo se resiste a morir. Lo nuevo está aprendiendo a nacer.

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