La izquierda española no logró unidad total, aquí las razones

La izquierda a la izquierda del PSOE no ha conseguido articular una candidatura unitaria para las elecciones generales del 29 de noviembre.

La izquierda española no logró unidad total, aquí las razones

El Frente Amplio y Podemos concurrirán por separado el 29-N en la mayoría de España tras una negociación agónica marcada por el choque de estrategias territoriales, la desconfianza mutua y la disputa por el liderazgo del espacio. Solo Canarias, la Comunidad Valenciana y Cataluña —esta última con un pacto bilateral entre Podemos y ERC— escapan a la fractura.

El Ciudadano

La izquierda a la izquierda del PSOE no ha conseguido articular una candidatura unitaria para las elecciones generales del 29 de noviembre. El plazo para registrar coaliciones expiró a medianoche del viernes 16 de octubre sin que el Nuevo Frente Amplio —la coalición articulada en torno a Sumar, Izquierda Unida, Más Madrid y los Comuns, con Ada Colau como rostro principal— y Podemos, liderado por Ione Belarra e Irene Montero, alcanzaran un acuerdo estatal. El resultado es un escenario de división en 13 de las 17 comunidades autónomas, con dos o más papeletas a la izquierda del PSOE en la mayoría de las circunscripciones.

El punto de partida: una unidad que se buscaba pero no se lograba

La unidad no era un objetivo nuevo. Desde el espacio del Frente Amplio se insistía en que la prioridad era “la unidad de la izquierda” y se tendía la mano a Podemos para integrarse. Podemos, por su parte, defendía un proceso de primarias abiertas como mecanismo para dirimir candidaturas y sostenían que, fuera de Madrid y Barcelona, sí se estaban trabajando “acuerdos de unidad” para no perder “ni un solo voto de izquierdas”. Sin embargo, esas dos visiones —integración en un espacio común frente a primarias y acuerdos territoriales— nunca llegaron a converger.

Las propuestas sobre la mesa

La oferta del Frente Amplio. A última hora del viernes, la coalición envió a Podemos una propuesta por escrito para un acuerdo a nivel estatal que incluía a Irene Montero como número dos de la lista por Madrid, puestos de salida prioritarios en Madrid y Cataluña, y una coportavocía en el Congreso, entre otros puntos. El planteamiento implicaba que Podemos se integrara en todas las coaliciones donde estuviera el Frente Amplio y, de facto, que renunciara a su alianza con ERC en Cataluña.

La contrapropuesta de Podemos. Los morados rechazaron esa oferta y respondieron con una estrategia inversa: concentrarse en cerrar los acuerdos que ya estaban “hechos o muy avanzados” en 11 comunidades autónomas —Extremadura, Euskadi, Cantabria, Galicia, Murcia, Andalucía, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Asturias, Navarra y La Rioja—, excluyendo expresamente Madrid y Cataluña de esa negociación. Su argumento central era que las pretensiones del Frente Amplio en Madrid y Cataluña no podían “bloquear el pacto en el resto de territorios” y que no aceptaban que se les exigiera romper su acuerdo con ERC en Cataluña, donde Podemos había decidido integrarse en las listas republicanas.

Las tres razones del fracaso

1. El choque territorial: Madrid y Cataluña como líneas rojas. El desencuentro no era solo de nombres, sino de arquitectura electoral. El Frente Amplio quería una lista conjunta y fuerte en Madrid, la circunscripción más simbólica y con más escaños en juego, y ofrecía a Montero un puesto de salida prioritario para hacerla posible. Podemos, en cambio, consideraba que Madrid y Cataluña debían ser “singularidades que no impidan el acuerdo en el resto de territorios”. Para Podemos, aceptar la oferta estatal significaba sacrificar su pacto con ERC en Cataluña, un acuerdo que consideraban estratégico y que les permitía a Montero y a Rufián hacer campaña juntos en el resto de España.

2. La disputa por el liderazgo. Subyacente al conflicto territorial estaba la pregunta de quién debía liderar el espacio. El choque frontal sobre el peso que tendría cada sector en la unidad y, “especialmente, sobre si Ada Colau o Irene Montero tenían que liderar ese espacio” fue determinante para descarrilar cualquier opción de candidatura única. La oferta del número dos por Madrid a Montero era, en la práctica, una forma de reconocer su peso sin cederle la cabeza de cartel estatal, algo que Podemos no aceptó.

3. La desconfianza política de fondo. Irene Montero atribuyó la ruptura a “desacuerdos políticos” con el espacio antes denominado Sumar, y no solo a un reparto de puestos. “Somos muy críticos con su forma de gobernar y también con su cercanía al Partido Socialista. Así no se cambian las cosas”, declaró, añadiendo que Podemos arrastraba desde hace años “discrepancias políticas serias” con las formaciones que integraron Sumar. Belarra, por su parte, criticó el papel de Sumar como socio del PSOE, sosteniendo que “solo manda el Partido Socialista” y que para frenar a PP y Vox “no vale con plegarse” al PSOE. Esa desconfianza mutua hizo que cada oferta se leyera como una maniobra de absorción o de exclusión.

Lo que sí se acordó: las excepciones

La fractura no fue total. Podemos y ERC cerraron un pacto bilateral en Cataluña: Podemos no presentará candidatura propia y contribuirá a la lista de ERC encabezada por Gabriel Rufián, mientras Montero y Rufián harán campaña juntos en el resto de España. Rufián defendió el acuerdo señalando que, de otro modo, habría habido tres listas a la izquierda del PSOE en Cataluña y así “habrá solo dos”, aunque le hubiera gustado que solo fuese una.

Además, el Frente Amplio y Podemos lograron pactos en Canarias —junto a Nueva Canarias-Bloque Canarista— y en la Comunidad Valenciana, donde Podemos se integró en una coalición liderada por Compromís. Son, sin embargo, solo cinco de las 52 circunscripciones en juego.

Las reacciones: autocrítica y reproches

Gabriel Rufián (ERC) fue el más contundente. Pidió disculpas a la ciudadanía y asumió el fracaso como propio: “Estamos dando un espectáculo dantesco. Pido disculpas a la ciudadanía, creo que hemos fracasado o estamos muy cerca de fracasar”. Llegó a describir la situación como un “vodevil” y un “culebrón nefasto”, y confesó que había estado “a punto” de marcharse. Su diagnóstico apuntaba a la incapacidad de los aparatos de los partidos para responder a lo que, a su juicio, demandaba la calle.

Ada Colau (Frente Amplio) lamentó el desenlace y defendió que lo intentaron “hasta el último minuto”. “Habrá gente decepcionada y lo siento, pero hasta el último minuto no bajamos los brazos y se ofreció todo, con generosidad, se tendió la mano, pero si alguien no se quiere sentar a una mesa, no se le puede obligar”.

Irene Montero (Podemos) también admitió que las conversaciones fueron insuficientes, pero justificó la falta de acuerdo en los desacuerdos políticos de fondo y en la negativa a aceptar un pacto que implicara romper con ERC.

El coste electoral de la división

La fractura llega en un momento delicado. En 2023, el espacio a la izquierda del PSOE obtuvo 31 diputados y el 12,33% de los votos, lo que le permitió formar parte del Gobierno de coalición con Pedro Sánchez. Las encuestas más recientes reflejaban ya un desgaste severo: el espacio heredero de Sumar rondaba el 7,6% y nueve diputados, mientras Podemos se situaba en el 3,1% y dos escaños. Con dos papeletas compitiendo en circunscripciones clave como Madrid, Barcelona, Sevilla, Málaga, Murcia, Cádiz, La Coruña o Vizcaya, el riesgo de perder una parte sustancial de esa representación es considerable. Rufián advirtió, además, del peligro institucional que implica la división, alertando del riesgo de que “Santiago Abascal sea ministro del Interior”.

Una unidad que se rompió por sus costuras

La izquierda española no fracasó por falta de intentos, sino porque los intentos se hicieron sobre dos concepciones incompatibles de la unidad. El Frente Amplio la entendía como integración en un espacio común con un liderazgo compartido y una lista fuerte en Madrid. Podemos la entendía como suma de acuerdos territoriales que respetaran su autonomía y su alianza con ERC. Entre ambas visiones se interpuso la desconfianza acumulada y la disputa por quién debía encabezar el espacio. El resultado es una izquierda que llega al 29-N dividida en la mayor parte de España, con la unidad limitada a cinco circunscripciones y un pacto catalán que, paradójicamente, fue a la vez un acuerdo y una de las razones del desacuerdo.

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