Los rendimientos a 10 años rozan el 5% y los CDS alcanzan máximos de 2013 mientras los disturbios sociales exponen la parálisis política que amenaza el plan de consolidación fiscal de París.
El Ciudadano
La deuda soberana francesa está sufriendo una de las oleadas de venta más severas desde la crisis del euro. Los inversores internacionales han emitido un veredicto contundente sobre la capacidad de la segunda economía de la eurozona para enderezar unas finanzas públicas deterioradas: el coste de financiación a largo plazo se ha disparado hasta niveles no vistos en más de dos décadas, y el seguro contra un impago soberano cotiza como en los peores días de 2013.
La mecha que aceleró el movimiento fue el estallido social del fin de semana. Manifestaciones masivas por el coste de vida, la inflación y el deterioro de los servicios públicos derivaron en destrucción generalizada, saqueos y miles de detenciones en las principales ciudades francesas. Las autoridades impusieron toques de queda nocturnos en centros urbanos como París y Niza para contener la violencia. Pero lo que comenzó como una protesta social se transformó rápidamente en un juicio de los mercados sobre la solvencia del Estado francés. No faltará quien quiera echar la culpa al pueblo movilizado, de la mala administración francesa y una reforma tributaria que no ha llegado para grabar a los grandes evasores, la oligarquía del país.
El termómetro del mercado: rendimientos y CDS en zona de alerta
Los números de la jornada del lunes son elocuentes. El rendimiento del bono francés a 2 años, el más sensible a la política monetaria del BCE, se disparó hasta el 3,647%. El bono de referencia a 10 años escaló hasta el 4,925%, registrando su mayor repunte diario en casi un mes. En el tramo largo de la curva, el bono a 30 años —la referencia para el coste de financiación estructural del Estado— superó el 5,42%.
El movimiento más revelador, sin embargo, está en el mercado de derivados. El coste de asegurar la deuda francesa contra un impago a cinco años, medido a través de los Credit Default Swaps (CDS), se situó cerca de los 79,05 puntos básicos, rozando sus niveles más altos desde el punto álgido de la crisis de deuda soberana europea de 2013. Los analistas de Macquarie han señalado que el precio de los CDS implica que el ensanchamiento del diferencial entre la deuda francesa y la alemana responde a un aumento real del riesgo de impago soberano, y no a una simple prima de liquidez.
La curva de rendimientos se ha empinado hasta aproximadamente 130 puntos básicos, reflejando que el castigo de los inversores se concentra en el largo plazo: exigen una prima sustancialmente mayor para prestar a Francia durante una década porque dudan de que el país pueda revertir su trayectoria fiscal. El diferencial OAT-Bund —la prima que se paga por la deuda francesa frente al refugio alemán— se ha ampliado hasta los 146-147 puntos básicos, niveles que no se veían desde el estallido de la crisis del euro.
La crisis fiscal de fondo: un déficit del 5,4% y una deuda camino del 122% del PIB
Los disturbios no son la causa del problema, sino el catalizador que ha hecho aflorar una realidad que los mercados llevaban meses descontando. Francia arrastra un déficit presupuestario del 5,4% del PIB, muy por encima del límite del 3% que exigen las reglas europeas. La relación deuda/PIB se situará en el 122% el próximo año, frente al 119% actual, según las proyecciones de los analistas. El crecimiento económico es anémico —apenas un 0,5% estimado para este año—, lo que hace casi imposible que la economía crezca lo suficiente para diluir la carga de la deuda.
El Gobierno es consciente de la urgencia. El primer ministro, Sébastien Lecornu, ha presentado un plan que busca reducir el déficit al 5% en 2026 mediante un ajuste de 54.000 millones de euros, con recortes centrados en pensiones y gasto corriente, mientras se incrementa el presupuesto de Defensa en 6.500 millones. Sin embargo, el propio Ejecutivo ya ha rebajado sus expectativas: la meta inicial de un déficit del 4,7% se ha abandonado por considerarla inalcanzable. Y el coste del servicio de la deuda se ha convertido ya en una losa: se estima que este año Francia pagará 65.000 millones de euros en intereses, un 25% más que en 2025, una cifra que supera el presupuesto de Educación o Defensa.
El contagio se extiende: del Bund alemán al euro y la bolsa
La crisis de confianza en Francia no es un fenómeno aislado. El temor se propagó rápidamente a los mercados de deuda de referencia. El rendimiento del Bund alemán a 10 años, el activo libre de riesgo de la eurozona, subió hasta el 3,450%, registrando también su mayor avance diario en casi un mes, en un movimiento que los operadores atribuyen a la venta cruzada y a la búsqueda de liquidez. Los costes de endeudamiento en el sur de Europa — España e Italia — experimentaron presión alcista, y el diferencial entre la deuda francesa y la italiana alcanzó un nuevo récord.
La moneda única también sufrió el embate. El euro cayó a su nivel más bajo en 17 meses frente a la libra esterlina y retrocedió un 0,4% frente al dólar, hasta 1,1197 dólares. En renta variable, el CAC 40 parisino cedió un 1,5%, ampliando las pérdidas del resto de índices europeos, mientras los inversores reevaluaban el riesgo de exposición a activos franceses.
La encrucijada política: elecciones de 2027 y el fantasma del «riesgo moral»
El trasfondo que amplifica la desconfianza es la parálisis política y la incertidumbre sobre el liderazgo futuro. El gobierno del presidente Emmanuel Macron carece de una mayoría parlamentaria estable, lo que hace extremadamente difícil aprobar los recortes de gasto necesarios. Los disturbios han dejado al descubierto esa fragilidad: los legisladores deben elegir entre responder a la presión social o imponer una austeridad que podría incendiar aún más las calles.
Pero el verdadero nubarrón para los mercados son las elecciones presidenciales de 2027. Los sondeos sitúan a Marine Le Pen, líder del partido de extrema derecha Agrupación Nacional (RN), como favorita, con un programa que incluye recortes de impuestos y la rebaja de la edad de jubilación hasta los 60 años, a pesar de que el sistema de pensiones ya consume una porción creciente del presupuesto. En el espectro opuesto, el candidato de izquierda radical, Jean-Luc Mélenchon, propone que el banco central cancele directamente la deuda francesa que posee.
Los analistas de Macquarie han calificado la sentencia del mercado como un veredicto de «culpabilidad» sobre la dirección de la política presidencial francesa. Su escenario base no es un impago inminente, pero sí otorgan una probabilidad cercana al 50% a una presidencia de RN que degrade aún más la percepción de riesgo crediticio de Francia para el presupuesto de 2028. La agencia de calificación Scope Ratings ya recortó la nota de Francia de AA- a A+ el mes pasado, advirtiendo de que la fragmentación política complicará la consolidación fiscal más allá de las elecciones y debilitará la confianza en la capacidad del país para estabilizar su deuda a medio plazo.
Perspectivas: una prueba de fuego para el BCE y para el euro
La pelota está ahora en el tejado de Fráncfort. La presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, ha sido tajante: la solución a los problemas de deuda de Francia «está en el propio país», una advertencia que enfría las especulaciones sobre una intervención del BCE para contener el ensanchamiento de los diferenciales. El instrumento anti-fragmentación del BCE (TPI) está diseñado para tensiones «injustificadas y desordenadas», pero el origen del movimiento francés —un deterioro fiscal reconocido por las agencias de rating y una incertidumbre política de fondo— difícilmente encaja en esa categoría.
Francia se enfrenta a un círculo vicioso: cuanto más suben los rendimientos, más caro es refinanciar una deuda que ya supera el billón de euros en circulación, y más se estrecha el margen para el gasto social que exige la calle. El Gobierno ya está considerando pivotar hacia la emisión de deuda a corto plazo, ante la dificultad de colocar papel a largo plazo en un mercado que desconfía de su credibilidad fiscal a una década vista. Con las elecciones de 2027 en el horizonte y la confianza de los inversores fracturada, el bono francés ha dejado de ser el refugio que fue y se ha convertido en el termómetro de una de las crisis de confianza más serias que ha afrontado la eurozona desde 2012.
El Ciudadano
