Por Juan Pablo Cárdenas S.

Todavía no se ha reconocido como debiera la enorme tarea realizada por la Iglesia Católica en contra de la dictadura de Augusto Pinochet. Cuando los partidos políticos fueron proscritos y parte muy importante de sus líderes y dirigentes silenciados, confinados, ultimados o exiliados, el cardenal Raúl Silva Henríquez tomó la histórica decisión de crear la Vicaría de la Solidaridad. A Dios rogando, pero con el mazo dando, como acostumbraba a decirnos el arzobispo de Santiago.
Esta institución sirvió enormemente para mitigar la barbarie del régimen instalado por un golpe de Estado cruento y desafiante de los derechos humanos consagrados universalmente, cuyo balance en muertos, detenidos desaparecidos, torturados y encarcelados todavía no termina de completarse.
La revolución tan proclamada por las izquierdas de verdad fue realizada por este tirano de ultraderecha, aunque los cambios que se ejecutaron bajo su mandato fueran de signo contrario a los objetivos democráticos y de justicia social promovidos por los gobiernos de Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende.
Pero lo cierto es que después de 17 años de dictadura, y de todos los gobiernos que le han sucedido, tenemos un país radicalmente distinto, con una institucionalidad maniatada y una economía que acrecentó la desigualdad de los chilenos, rindiendo su soberanía ante los inversionistas extranjeros. Con sus múltiples retrocesos en la propiedad de la tierra, los recursos minerales y de otras riquezas tan valiosas como la educación para todos y todas. Además del grave deterioro de la diversidad informativa, que se supone uno de los pilares de toda auténtica democracia.
En el 2025 todavía impera la Carta Magna de 1980, pese a aquellos recientes procesos constituyentes fracasados, que lo único que terminaron por demostrar son las profundas divergencias que separan a los chilenos, la progresiva codicia de los políticos y la importación de fenómenos como el del narcotráfico y el crimen transnacional.
La revuelta popular del 2019 fue, finalmente, solo un estallido social, brutalmente reprimido por el gobierno de Sebastián Piñera y por los militares y policías que cometieron los mismos crímenes de los agentes del orden del pinochetismo.
«Un organismo que salvó vidas, defendió a los perseguidos, auxilió a los pobres y denunció al mundo los crímenes de la dictadura».
Quizás lo único que se le pueda reprochar a la Iglesia Católica sea el no haberle dado continuidad a la Vicaría de la Solidaridad, como si los despropósitos que se cometieron en contra de la dignidad de las personas fueran a desaparecer por obra y gracia de los gobiernos que sucedieron al régimen cívico-militar. En la ilusión de la conversión democrática de la derecha, y en que los tribunales de justicia nunca iban a consagrar la impunidad que en muchos casos ya está consolidada.
Con todo, soy de los que consideran la colosal tarea realizada por este grupo de sacerdotes, abogados y colaboradores de un organismo que salvó vidas, defendió a los perseguidos, auxilió a los pobres y denunció al mundo los crímenes de la dictadura. Teniendo en vista el Sermón de la Montaña, sin distinción de lo que pensaran todos los atribulados, así hubieran sido incluso enemigos de la fe y de las creencias más sentidas del pueblo. Una institución que se hizo carne y sangre del Evangelio y cumplió brillantemente la misión que le asignaran la jerarquía eclesiástica, las encíclicas sociales y el mismo aporte de la Teología de la Liberación, hija de nuestro continente americano.
Ya sabemos de la valía de los archivos dados a conocer o filtrados de la Vicaría de la Solidaridad, los que, con las páginas de la prensa disidente, tanto han servido para desacreditar montajes comunicacionales de la dictadura. Como también la intención de algunos de promover la reconciliación nacional sin que se alcanzara antes la verdad, la justicia y la reparación de las víctimas.
La historia tendrá que reconocerles a algunos obispos, a esta y a otras vicarías, su protagonismo moral y social en el término de un régimen tan oprobioso. Mucho más que a los que entraron finalmente a La Moneda y al Parlamento y lograron recuperar sus curules en la política, como en la creación de una institucionalidad electoral muy en deuda con una recia consolidación de la soberanía popular.
Por Juan Pablo Cárdenas S.
Periodista y académico, nacido en Santiago el 1 de diciembre de 1949. Titulado en la Universidad Católica de Chile. En 1977 fundó y dirigió la revista Análisis, uno de los principales medios opositores a la dictadura, que mantuvo hasta 1991. Por su trabajo fue encarcelado en reiteradas ocasiones y su casa fue incendiada dos veces; la revista sufrió, además, el asesinato de su periodista José Carrasco Tapia en 1986. Fue director de Radio Universidad de Chile por más de 18 años y profesor titular de esa casa de estudios. Distinguido en 1987 con la Pluma de Oro de la Libertad de la Asociación Mundial de Periódicos y nombrado en 2000 entre los Héroes Mundiales de la Libertad de Prensa por el Instituto Internacional de Prensa (IPI), recibió en 2005 el Premio Nacional de Periodismo. Murió en Santiago el 11 de octubre de 2026.
Fuente fotografía
En el marco de los 50 años de la Vicaría de la Solidaridad, la periodista Odette Magnet y el abogado Álvaro Varela Walker —Vicepresidente del Directorio de la Fundación de Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad (Funvisol)— convocaron durante 2025 a un grupo de voces que vivieron, acompañaron o testimoniaron el trabajo de esta institución entre 1976 y 1992. Son relatos en primera persona que iremos publicando a lo largo de 2026 en nuestro especial de Voces que Recuerdan, generado por la Fundación Funvisol.
Este testimonio integra el especial Voces que Recuerdan, de la Fundación de Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad (Funvisol). Su reproducción en medios requiere citar la fuente y enlazar a:
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