COLUMNA

El laberinto de Kast, el derrumbe de las ilusiones y el horizonte de la ultraderecha

"Las élites chilenas tienen sus propios antecedentes. En octubre de 2019, Sebastián Piñera llamaba al país 'un verdadero oasis' y su ministro de Economía, Juan Andrés Fontaine, recomendaba madrugar para pagar menos en el Metro. Días después comenzaba la rebelión. El 22 de octubre pasado, tras la caída del Fondo E, el ministro del Trabajo, Tomás Rau, aconsejó postergar la jubilación 'por unos meses'. Cambia el ministro; persiste la lección".

El laberinto de Kast, el derrumbe de las ilusiones y el horizonte de la ultraderecha

Por Leopoldo Lavín Mujica

El 28 de octubre, ante los empresarios reunidos en Vitacura en el Encuentro Nacional de la Empresa (Enade), José Antonio Kast ofreció una curiosa promesa de calma: «Y este año 2027 tenemos algo muy bueno: no hay elecciones. Así que tranquilos, todo va a estar bien».

Diez días antes, miles de personas habían marchado en Santiago bajo otra consigna: «Octubre sigue vigente». Entre esas dos frases se mide la distancia que separa a su gobierno de la calle.

Kast derrotó a Jeannette Jara el 14 de diciembre de 2025 con cerca de 58 % de los votos; en primera vuelta había obtenido 23,9 %. Aquella mayoría prestada compró una promesa de orden, empleo y crecimiento. El candidato aseguró que recortaría US$ 6.000 millones sin tocar los beneficios sociales; el Presidente advirtió, el 1 de junio, que «va a haber dolor».

En siete meses, su aprobación en la encuesta Cadem cayó de 57 % a 29 %.

Todo era tan obvio. Sin embargo, el 1 de noviembre, Carlos Peña echa de menos en El Mercurio un «horizonte de sentido», Daniel Mansuy anuncia allí «el fin de las ilusiones» y Daniel Matamala ve en La Tercera a un Presidente atrapado en un «laberinto de complacencia».

Describen bien los síntomas, pero hablan de conducción, oficio y gestión, como si no se tratara de un gobierno neoliberal de ultraderecha. A Kast no le falta horizonte: tiene uno, y no es el de la mayoría.

Es el horizonte común de las ultraderechas. Prometen orden y prosperidad a quienes el mercado capitalista dejó atrás. Como su proyecto no tiene salida sin que el pueblo acepte vivir peor, chocan tarde o temprano con las mayorías: Viktor Orbán cayó en Hungría el 12 de abril y Flávio Bolsonaro perdió ante Lula, en Brasil, el 25 de octubre. Javier Milei recuerda que el malestar tarda en hacerse voto: estas derechas no caen solas.

En Chile, ese descenso se llama «sincerar», el verbo con que Kast justificó en marzo el alza de los combustibles. Pero el dolor no se reparte por igual. Los manifestantes denuncian recortes en salud, educación, ciencia y becas, mientras la Ley 21.850 rebaja el impuesto corporativo de 27 % a 23 % en nombre de una inversión que aún no llega, y ya hay 1.007.976 desocupados.

A quien perdió el trabajo se le exige paciencia; al capital, en cambio, se le ruega.

El escándalo de las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP) debilita la confianza en el proyecto neoliberal. El Fondo E, refugio de los próximos jubilados, perdió 10,39 % real hasta septiembre por apuestas financieras.

El sistema es obra de José Piñera, hermano de Sebastián, bajo Pinochet; lo administró la Concertación; lo renovó en 2025 el socioneoliberal Mario Marcel, que hoy alega que «nadie las obligó», y Kast quiso darle el ahorro para la vivienda.

Las élites chilenas tienen sus propios antecedentes. En octubre de 2019, Sebastián Piñera llamaba al país «un verdadero oasis» y su ministro de Economía, Juan Andrés Fontaine, recomendaba madrugar para pagar menos en el Metro. Días después comenzaba la rebelión.

El 22 de octubre pasado, tras la caída del Fondo E, el ministro del Trabajo, Tomás Rau, aconsejó postergar la jubilación «por unos meses». Cambia el ministro; persiste la lección.

Kast prometió un «gobierno de emergencia» contra el caos, y hoy es su agente. Hacia afuera, agrava la cesantía heredada y encarece el diésel hasta que los camioneros paralizan San Antonio. Hacia adentro, cambió su gabinete a los 69 días y removió a un subsecretario tras un video, y sostiene al ministro que rebajó penas a abusadores de niños.

Todo ello en plena crisis social, entre la carestía, la desilusión y una oposición sin salidas claras. Del orden, solo le queda la palabra.

De ahí el laberinto. Si Kast renuncia al ajuste, defrauda a quienes lo aplaudían en Enade; si persiste, choca con la mayoría que lo eligió para vivir mejor; si contesta a la calle con carros lanzaaguas, como el 18 de octubre, confiesa que el orden prometido era el de la fuerza.

La única puerta verdadera le está vedada: admitir que su proyecto exige pobreza para la mayoría y concentración de la riqueza. Ningún gobierno de ese signo puede decirlo y seguir gobernando en paz.

Así, a su pesar, Kast reaviva Octubre, que ya es memoria efectiva. Según el Panel Ciudadano de la U. del Desarrollo, 64 % juzga negativamente la rebelión; pero, según Criteria, 68 % cree que sus demandas siguen sin resolverse, lo que sugiere que se pueden temer sus formas y reconocer sus razones.

Lo que renace no es la nostalgia, sino una exigencia: no queremos sobrevivir, queremos vivir dignamente.

Mientras tanto, el orden neoliberal beneficia al capital y a la especulación de las AFP, y perjudica a los asalariados.

En el horizonte se perfila su agotamiento: en Francia, 550.000 personas salieron a la calle el 17 de octubre, según su Ministerio del Interior, y los sindicatos convocan una huelga para el 5 de noviembre; el pueblo de Italia, España, Portugal y Alemania protestan por salarios y vivienda. Es la respuesta a los intelectuales del “individuo atomizado”: las masas son reales.

Un espíritu, con todo, no es un programa. La rebelión de 2019 desembocó en el acuerdo del 15 de noviembre y en el Rechazo de 2022, porque nadie supo convertir aquella fuerza en poder duradero. Alguien, desde el pueblo, debe levantar ya un programa de diez puntos que fije la perspectiva y dé sentido a las luchas unitarias.

Entretanto, Kast tranquiliza a sus empresarios: en 2027 no habrá elecciones. En 2019 tampoco las hubo.

Leopoldo Lavín Mujica

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