Por Leopoldo Lavín Mujica
La catástrofe electoral del 3 de noviembre tiene causas medibles. La encuesta de votantes de la cadena ABC señala como temas cruciales la corrupción del gobierno (55%), el costo de vida (49%) y la guerra contra Irán (34%).
Esa guerra, lanzada el 28 de febrero por Estados Unidos e Israel, mató a más de 3.500 iraníes, 120 escolares de Minab entre ellos, y a 23 militares estadounidenses. Y se rompió la coalición trumpista: los hombres jóvenes, que en 2024 dieron a Donald Trump 56%, entregaron ahora 59% a sus rivales, según la Universidad de Tufts.
Ganó el movimiento propalestino de los campus. En abril de 2024, con Joe Biden en la Casa Blanca, Greg Abbott, gobernador de Texas, lanzó policías antidisturbios contra sus estudiantes en la Universidad de Texas en Austin: «Deben estar en la cárcel», dijo.
En marzo de 2025, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) detuvo a Mahmoud Khalil, de la Universidad de Columbia. Esa generación votó. Los menores de 30 años dieron a los demócratas 66% contra 31%. Abbott, republicano, perdió ante la demócrata Gina Hinojosa, primera gobernadora latina de Texas.
Lo que en 2024 se castigaba con detención y esposas hoy gana elecciones. Abdul El-Sayed, hijo de inmigrantes egipcios, formado en Columbia y Oxford y exdirector de salud de Detroit, será senador por Míchigan.
Ganó con Medicare para Todos (salud pública gratuita), impuestos a los multimillonarios, propiedad pública de las empresas de inteligencia artificial y supresión del ICE (la odiada policía de inmigración).
Como si fuera poco, llama genocidio al horror de Gaza, y derrotó los 20,1 millones de dólares que el lobby proisraelí American Israel Public Affairs Committee (AIPAC) gastó contra él.
Ahí entra la hipocresía de JD Vance. El 4 de noviembre, el vicepresidente escribió: «La razón por la que perdimos es la guerra», y dijo que toda «conversación honesta» debe partir de ahí.
El 3 de septiembre, en la Casa Blanca, decía: «No lo llamaría una guerra en este momento», un día después de que, según The New York Times, una bomba estadounidense alcanzara una boda iraní. En vísperas del ataque aseguraba que no había «ninguna posibilidad» de un conflicto prolongado. Según ABC, defendió la guerra y atacó a quienes se oponían.
Vance se acomoda a las circunstancias para ser el candidato del movimiento Make America Great Again (MAGA) en 2028, a costa del jefe. Se escuda en Trump, que admitió que Irán pesó, y corteja a los votantes perdidos con la lista de un encuestador sin nombre: acabar la guerra, atender el costo de vida, Estados Unidos primero y, ojo, «cambiar nuestra relación con Israel».
Vance denuncia ahora la guerra sin renunciar al gobierno que la libra. Su competidor posible es el agresivo Marco Rubio, secretario de Estado, lo peor para América Latina. Los dos, católicos conservadores.
Pete Hegseth, secretario de Defensa, es uno de los responsables de la guerra, y camina sobre hielo delgado. Medios de USA informan que Trump pregunta a sus asesores si debe despedirlo; NBC menciona como reemplazo a Ron DeSantis, gobernador de Florida.
Trump lo niega: «Hace muy buen trabajo», y lo imagina senador por Tennessee, salida elegante. Los demócratas preparan comparecencias ante el Congreso por Irán, por los ataques a lanchas y por los generales despedidos, y hasta un posible juicio político.
Queda Trump. Recordemos que prometió no más guerras en su mandato. Lo llaman pato cojo; parece un pato malo. Perdió las dos cámaras y alega que él no estaba en la papeleta. Niega el relevo de Hegseth en una conferencia de prensa sobre su salón de baile en la Casa Blanca.
Sobre Irán repite: «Teníamos que hacerlo, y seguimos haciéndolo». Mientras, los republicanos se despedazan entre ellos. Un pato cojo se resigna; el pato malo es imprevisible, y le quedan 2 años y un ejército.
A la izquierda, en cambio, se abre un ciclo interesante. Socialistas Democráticos de América (DSA) cuadruplicará sus representantes; Melat Kiros, de 29 años, derrotó a una congresista demócrata con 15 mandatos, y Zohran Mamdani es alcalde de Nueva York.
Pero El-Sayed no es de DSA y dice no oponerse al capitalismo, y ya se anuncia la pelea con el centro de Chuck Schumer.
El desafío para la corriente socialista es aprovechar las condiciones favorables para un desarrollo político que ponga la cuestión de la socialización de los medios de producción en el centro.
Sin esa perspectiva, serán socialistas de nombre, como los socioneoliberales de América Latina y Europa, o la mejor ala izquierda del Partido Demócrata.
Leopoldo Lavín Mujica
