América Latina y el Capitalismo del Siglo XXI: La Gran Brecha entre relato y realidad

“La revisión de los datos desmiente el discurso triunfalista del capitalismo del siglo XXI. Se trata de un modelo que pregona prosperidad pero distribuye pobreza, que promete modernización pero consolida la brecha tecnológica, y que exalta la libertad mientras apela al garrote geopolítico cuando su legitimidad flaquea”. Escribe Pablo Monje-Reyes

América Latina y el Capitalismo del Siglo XXI: La Gran Brecha entre relato y realidad

Columna: América Latina y el Capitalismo del Siglo XXI: La Gran Brecha entre relato y realidad

Por: Pablo Monje-Reyes

Cada vez que el capitalismo es convocado al debate público en calidad de modelo idealizado de desarrollo socioeconómico, opera un metódico y conspirativo ejercicio de encubrimiento. Se sortea deliberadamente la rendición de cuentas sobre sus resultados palpables y se salta, con una agilidad mediática impresionante, a una doctrina de virtudes preconcebidas: la democracia liberal como único sostén político legítimo, la hegemonía burguesa como fuente insustituible de generación de riqueza, el paradigma tecnológico como horizonte ineludible y la innovación —que en la práctica se traduce en nuevas fórmulas de explotación y precarización laboral— como sello distintivo de modernidad. Todo ello bajo la promesa de que la mera libre oferta y demanda bastará para satisfacer las aspiraciones de bienestar de la sociedad.

Este entramado discursivo no es fruto del azar. Es impulsado y coordinado desde los centros de poder global, con Estados Unidos y sus aliados a la cabeza, a través de una maquinaria comunicacional que busca convencer al espectador global de que no existe alternativa capaz de otorgar la anhelada felicidad individual y familiar. Sin embargo, cuando la persuasión ideológica muestra sus resquebrajamientos, la diplomacia de la armonía cede el paso a la doctrina de la dominación coercitiva. El paradigma del «buen hermano» opera bajo la lógica elemental de la zanahoria y el garrote: “recompensas económicas” a la subordinación y asfixia o intervención militar directa ante cualquier intento de soberanía o búsqueda de rutas alternativas. De este pendular entre la seducción y la fuerza, Chile y América Latina guardan una memoria copiosa y dolorosa.

1. El espejismo del desarrollo: La histórica evidencia de la pobreza y la concentración

Ante la pregunta inevitable de si el capitalismo ha logrado constituirse en un vehículo de prosperidad para las grandes mayorías, la respuesta no exige dogmatismos, sino un examen de la evidencia. Y la evidencia sugiere que sus supuestas bondades pertenecen más al ámbito del marketing político que a la realidad de los hogares latinoamericanos.

Según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), para el año 2020 la pobreza multidimensional afectaba al 31% de la población regional. Si se evalúa el recorrido desde el año 2000 —cuando la cifra alcanzaba un 42,1%—, se observa que en el lapso de dos décadas el modelo tan solo logró reducir este flagelo en un modesto 11,1%. Es decir, casi un tercio de nuestros habitantes permanece atrapado en condiciones de privación estructural.

La brecha con los países centrales resulta profunda:

  • Ingresos desproporcionados: El ingreso mínimo promedio en América Latina roza apenas los USD $4.800 anuales. En contraste, en los países pertenecientes a la OCDE (excluyendo a los latinoamericanos), dicha cifra asciende a un promedio de USD $18.000 anuales; casi cuatro veces superior.
  • Concentración de la riqueza: Esta asimetría no se explica únicamente por diferencias de productividad, sino por la profunda inequidad en la distribución del excedente. Reportes de Oxfam evidencian que el 1% más acaudalado de América Latina acapara el 45% de la riqueza total. El panorama en Chile es aún más agudo: el World Inequality Report 2022 señala que ese mismo 1% controla el 49,6% de la riqueza nacional.
  • Vulnerabilidad de base: En la otra cara de la moneda, más de 70 millones de personas en la región no cuentan con los medios mínimos para garantizar una necesidad básica y elemental: alimentarse diariamente. Datos del reporte Oxfam 2021.

2. La falacia tecnológica: Dependencia y brecha digital

El relato hegemónico suele presentar la adopción tecnológica y la innovación como motores automáticos de progreso y equidad. Sin embargo, en la región, la dinámica de acumulación reproduce patrones de rezago y exclusión. «Se intuye que el bajo uso de TIC en América Latina puede ser una de las razones causales de sus bajos niveles de eficiencia productiva en las empresas y en los países, de la creación de nuevo conocimiento y de innovación, dadas las restricciones de acceso a la información y conocimiento de frontera de la población.» Quiroga-Parra et al. (2017).

Como demuestran el estudio sobre el impacto de las tecnologías de la información en la productividad regional, la brecha digital existente entre el mundo desarrollado y América Latina no es un mero desfase temporal, sino un elemento causal primario de las asimetrías en ciencia, tecnología y calidad de vida. Al restringirse el acceso al conocimiento de frontera y mantenerse una baja densidad en el uso intensivo de tecnologías digitales, el capitalismo en su condición periférica perpetúa niveles deficientes de eficiencia productiva y limita severamente la generación endógena de innovación.

3. Síntesis: Hacia el imperativo de un paradigma alternativo

En síntesis, la revisión de los datos desmiente el discurso triunfalista del capitalismo del siglo XXI. Se trata de un modelo que pregona prosperidad pero distribuye pobreza, que promete modernización pero consolida la brecha tecnológica, y que exalta la libertad mientras apela al garrote geopolítico cuando su legitimidad flaquea. La evidencia indica, con claridad meridiana, que este sistema incumple sus propios objetivos declarados.

Ante este diagnóstico, cabe formular la interrogante decisiva: ¿no resulta urgente e impostergable comenzar a concebir un modelo alternativo en sus dimensiones socioeconómicas, políticas y culturales? Asumir esta tarea teórica y práctica representa un compromiso ineludible para el pensamiento crítico contemporáneo y para todas aquellas fuerzas abocadas a la construcción efectiva de la justicia social e igualdad.

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