El creador de Caso 63 y prolífico escritor que acaba de publicar su nueva novela El problema del fin del mundo, explica en CiNeRd de Canal Ciudadano cómo llegó a ¡nvolucrarse en el documental «I Want To Believe» sobre el controversial ufólogo Billy Meier.

El escritor y guionista chileno Julio Rojas, una de las voces más reconocidas de la ciencia ficción y la distopía contemporánea en Latinoamérica, asumirá el rol de presentador y conductor del documental I Want to Believe, una producción internacional que investiga el origen y el mito en torno a la icónica fotografía del supuesto ovni que inspiró el célebre afiche de The X-Files. El proyecto marca un nuevo paso en su trayectoria audiovisual y consolida su paso desde el guion y la escritura hacia un rol protagónico frente a cámara, donde la investigación, la duda y el relato se cruzan de manera directa.
El autor de la fotografía es el ufólogo Billy Meier, quien según Variety «afirma haber estado en contacto con seres extraterrestres desde que tenía apenas cinco años. Sus fotografías de naves espaciales sobre apacibles paisajes suizos causaron sensación en la década de 1970, impulsándolo al estatus de gurú espiritual y autoridad mundial en el estudio de los ovnis. Su trabajo también fue utilizado en el afiche original de The X-Files, hasta que una batalla legal obligó a la serie a retirar la icónica imagen».
La confirmación de su rol de host del documental I Want To Believe, Julio Rojas la dio durante su participación en la edición veraniega de Cinerd, donde relató cómo fue convocado inicialmente para escribir un guion relacionado con el autor de la imagen, una figura esquiva, rodeada de controversias durante décadas: Billy Meier.
El encargo original era claro: determinar si se trataba de un fraude, de una persona con problemas mentales o de alguien que realmente creía haber tenido contacto extraterrestre. Sin embargo, la investigación pronto tomó otro rumbo. El fotógrafo, de 87 años, no recibía visitas desde hacía décadas, lo que llevó a la productora a transformar el proyecto en un registro audiovisual. La entrevista, realizada en Zúrich, fue tan intensa y desconcertante que Rojas terminó desplazándose hacia un lugar inesperado: convertirse en el host del documental, apareciendo frente a cámara y conduciendo una búsqueda que se extendió por dos años y nueve países.

En I Want to Believe, Rojas no se presenta como un creyente ni como un fiscal de la verdad. Él mismo lo aclara: no se define como un believer, pero sí como alguien dispuesto a abrirse a las posibilidades. El entrevistado sostiene que la famosa fotografía fue robada y que hoy estaría en manos del Vaticano o de la CIA, afirmaciones que el documental no intenta cerrar ni confirmar. Más que verificar el fenómeno, el interés está puesto en entender por qué ciertas historias persisten y por qué seguimos necesitando creer en ellas. Para Rojas, incluso la mentira puede resultar más reveladora —y cinematográfica— que la verdad.
Ese mismo interés atraviesa su libro El problema del fin del mundo, también comentado en Cinerd, donde recopila correos y testimonios reales de personas convencidas de que la humanidad se dirige hacia un colapso inminente. Viajeros en el tiempo, advertencias sobre pandemias ocultas, profecías tecnológicas y ofertas de salvación privada forman parte de un archivo que Rojas aborda sin ironía ni burla. “Nunca digo que no a alguien que me escribe diciendo que viene del futuro”, señala, convencido de que cualquiera de las posibilidades —la mentira, la paranoia o la verdad— resulta narrativamente fascinante.

Durante la conversación, Rojas subrayó que la diferencia entre los antiguos anuncios del fin del mundo y los actuales es que hoy existen condiciones reales para que ocurra. Inteligencia artificial, armas nucleares, pandemias y crisis sistémicas configuran un escenario donde el colapso ya no parece una fantasía. En ese contexto, la idea de la singularidad tecnológica, el momento en que una inteligencia artificial supere a la humana, aparece reiteradamente asociada al año 2035, una fecha que también surge en el tramo final de I Want to Believe, cuando el autor de la fotografía es consultado directamente sobre el destino de la humanidad.
Más que el desastre en sí, a Rojas le interesa la reacción humana frente a la posibilidad de contar con información privilegiada. Tanto en su libro como en el documental aparece la noción de un fin del mundo desigual: uno visible para todos y otro conocido solo por una élite. “Ese momento en que alguien te dice que tiene un cupo en el bote salvavidas del Titanic”, explica. Ante ese escenario, su postura es clara: prefiere mantenerse al margen del poder y de la promesa de salvación individual antes que convertirse en parte del secreto.

Rojas también aprovechó el espacio para cuestionar la lógica del consumo cultural acelerado y la reducción de las historias a formatos de un minuto. Para él, los relatos necesitan tiempo, ritual y atención. En ese sentido, su incursión como host documental no aparece como una desviación de su trabajo previo, sino como una extensión natural de su manera de entender la narración: historias largas, incómodas y sin respuestas cerradas, tanto en la ficción como en la no ficción.
Desde su perspectiva, la ciencia ficción dejó de ser un género de anticipación para convertirse en una forma de realismo contemporáneo. Obras como Frankenstein o Blade Runner resultan hoy más vigentes que nunca, y quienes crecieron leyendo distopías parecen, paradójicamente, mejor preparados para el presente. Con humor, Rojas se compara con un sobreviviente entrenado por la cultura pop, pero su reflexión es seria: contar historias sigue siendo una forma de entender y resistir la incertidumbre.
Con I Want to Believe, Julio Rojas amplía su campo creativo hacia el frente de cámara y refuerza una constante en su trayectoria: explorar los bordes de la realidad, convivir con la duda y narrar aquello que no se deja cerrar del todo. En un tiempo marcado por la ansiedad y la sensación permanente de catástrofe, su trabajo insiste en una idea simple y radical: seguir contando historias, con rigor y ambigüedad, sigue siendo un acto necesario.
