La maravilla de ser las nuevas putas brujas: poliamor y feminismo

El poliamor es un neologismo construido como discurso a principios de los noventas, pero el amar como una propuesta colectiva, consensuada, honesta, y libre de las ataduras sociales impuestas, es un constructo que ya se le había llamado amor libre

Por Director

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El poliamor es un neologismo construido como discurso a principios de los noventas, pero el amar como una propuesta colectiva, consensuada, honesta, y libre de las ataduras sociales impuestas, es un constructo que ya se le había llamado amor libre.

El siglo XIX es una pauta importante para hablar de un movimiento social que busca cuestionar la monogamia como único modo de relacionarse amorosamente; hacer frente al matrimonio como contrato que no necesariamente tiene que ver con el amor, pero sí con la propiedad privada, la acumulación de mercancías y la opresión del cuerpo.

El amor libre es una rebelión contra las instituciones y sus leyes, esas que pretenden cooptar hasta el espíritu.

Las historias y las luchas son múltiples. Imposible no recordar los desafíos de Olimpia De Gouges, quien murió en manos de la guillotina de Robespierre exigiendo la abolición del matrimonio y su sustitución por un encuentro en paridad de derechos. Y qué decir de María Wollstonecraft, quien, por primera vez, llamó “privilegio” al poder que siempre habían ejercido los hombres sobre las mujeres como si fuera un mandato de la naturaleza, cuando hoy es claro que lo “natural” es en realidad fruto del aprendizaje social. Es decir, “La mujer no nace, se hace”, tal y como afirmó la poliamorosa Simone de Beauvoir; además también abogó por la abolición del matrimonio, considerándolo un instrumento que nos coloca a partir de los roles “madre y esposa” en la cuna de sometimientos en diversos niveles.

¿Podíamos las mujeres seguir permitiendo ser consideradas como “menores de edad” y que nuestro cuerpo fuese la mercancía al “mejor postor”? La petición era sencilla, sigue siendo sencilla: Que los derechos del ciudadano se extiendan a las ciudadanas; no humanos de segunda clase, sólo humanos. La respuesta patriarcal: encerrar el cuerpo, atarlo, construirlo desde la pasividad, la resignación.

La imposición heteropatriarcal ha querido negar la posibilidad libre de decidir cómo y con quién o quiénes inventar y recrear las lúdicas formas de conformarse en y con el otro, la otra, los otros; han situado al humano en el escollo de comprender que libertad, autonomía y colectividad también son ingredientes de la relación amorosa.

¿Quién signó que sólo es posible enamorarse de una persona? ¿Cuáles son los intereses de la monogamia? ¿Qué hay más allá del velo de las instituciones enarboladas como únicas posibles para el “amor”, tales como familia o matrimonio? ¿Conocemos desde dónde, cuándo y por qué se ama?

En el imaginario social del siglo XXI se comercia con el amor; se fetichiza y convierte en otro instrumento de alineación y reificación.

Pero hoy transgredimos la esfera de lo privado, y hablamos también del amor como un asunto público y por ende, político.

Trabajamos por la resignificación de nuestros vínculos eróticos y amorosos, aunque se coloque la etiqueta: “promiscuidad y libertinaje”. Hoy a una mujer empoderada y clara en la búsqueda de sus modos de amar, fluir, se le llama PUTA.

No somos Emma Goldman o Anais Nin, no me siento Wollstonecraft, ni Simone de Beauvoir; soy lesbiana Lourdes o María campesina, me llaman Lola o estudiante, Lupe o ama de casa, trabajadora domestica o transexual; ellas… nosotras, somos mujeres y poliamorosas, abiertas a la vida, locas y desafiantes, putas que recuperamos nuestro cuerpo y nuestro amor. No lo victimizamos ni le ponemos “moño rosa”, no es un paquete o regalo; somos nosotras, las nuevas brujas libres.

Por Diana Marina Neri Arriaga

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