2ª Columna / La política huérfana: anatomía de nuestra alienación social
Por: Gastón Sepúlveda E.
En mi columna anterior proponía que la auténtica reconciliación política no es un acto de debilidad ni sumisión, sino el maduro reconocimiento de que los proyectos históricos que tensionan a Chile deben coexistir. Sin embargo, para transitar hacia esa convivencia institucional, primero debemos ponerle nombre a la dolencia invisible que carcome nuestra convivencia diaria. En la filosofía clásica y la teoría social, esa enfermedad del lazo colectivo se conoce como «alienación».
En términos sencillos, la alienación es la experiencia de sentirnos huérfanos o extranjeros en nuestro propio entorno social. Ocurre cuando los ciudadanos percibimos que las reglas del juego, el modelo económico y, muy especialmente, las instituciones políticas, se han transformado en un engranaje gigante, frío y abstracto que funciona de manera autónoma, completamente desconectado de nuestras vidas reales. El mundo común ya no se siente como «nuestra casa», sino como un poder ajeno e indiferente ante nuestras necesidades.
Es una paradoja dolorosa que hoy cruza transversalmente a todos los estratos de la sociedad chilena. Vivimos atrapados en lo que algunos filósofos contemporáneos llaman una «relación de sin-relación»: habitamos un mismo suelo, nos cruzamos en las mismas calles, pero estamos profundamente desconectados los unos de los otros y del sistema que nos rige. Esto nos evoca inevitablemente la célebre pregunta que el sociólogo Alain Touraine se planteaba a fines del siglo pasado: ¿Podremos vivir juntos? En el Chile actual, la respuesta parece estar en entredicho, pues la política ha abandonado la tarea de construir una vida en común.
El ciudadano de a pie observa el debate público con una mezcla de desconcierto y sospecha radical. La política parece atrapada en una estratósfera propia, obsesionada con disputas de trinchera ideológica, batallas por pequeñas cuotas de poder partidario y discusiones tecnocráticas abstractas que no alteran un ápice la cruda cotidianidad de la población.
¿Cómo se vive esta alienación en la calle? Se manifiesta cuando una familia constata que, tras años de debate legislativo estéril, las reformas urgentes en pensiones, salud y seguridad pública siguen empantanadas por el veto mutuo de las elites. Se experimenta cuando el ciudadano siente que las decisiones que impactan su barrio o su jubilación se toman en oficinas distantes, gobernadas por índices macroeconómicos o dogmas partidarios que deshumanizan el malestar subjetivo. El sistema se vuelve ajeno porque el sistema nos ignora.
Esta alienación social es el caldo de cultivo de la polarización. Cuando la ciudadanía siente que las instituciones públicas ya no le pertenecen ni la protegen, la tentación natural es refugiarse en la trinchera identitaria o en el mesianismo populista, buscando enemigos a quienes culpar del desamparo.
Superar la alienación chilena exige una acción profundamente cultural y estructural. Significa humanizar la política y bajarla del pedestal de las abstracciones. Las instituciones públicas deben volver a reflejar la participación real de las personas, devolviéndole a la comunidad local el poder de apropiarse de su entorno social.
La reconciliación con nuestro mundo común solo será posible cuando la elite política entienda que su labor no es ganar una guerra cultural estéril, sino gestionar las contradicciones de nuestra sociedad para traducirlas en soluciones concretas. Solo cuando el Estado vuelva a sentirse como un hogar protector y compartido, y no como una burocracia ajena y distante, habremos derrotado la alienación. Responder afirmativamente a la pregunta de si podremos vivir juntos no es una utopía; es la condición mínima para que Chile vuelva a caminar en reconciliación.

