La lucha por el Ártico: El Pueblo Inuit frente a la amenaza de anexión colonial y la solidaridad indígena global
En el corazón de la creciente tensión geopolítica del Ártico, la voz del líder histórico inuit Aqqaluk Lynge resuena con advertencia y fatiga. En entrevista con el diario El País de España, Lynge, expresidente del Consejo Circumpolar Inuit, declaró que una invasión estadounidense en Groenlandia “aniquilaría nuestro pueblo”, tachando las ambiciones del expresidente Donald Trump de “disparates”.
Con un 90% de la población isleña, los inuit ven sus sueños de independencia esfumarse ante la amenaza, obligándoles a fortalecer la unión con Dinamarca como escudo defensivo. “El escenario político es una pelea por la supervivencia”, lamentó Lynge, subrayando la incompatibilidad entre la cosmovisión comunal inuit y el capitalismo extremo que Trump representa.
La resistencia es un pilar milenario. Los inuit, descendientes de los thule, han habitado Groenlandia por miles de años, desarrollando una sociedad compleja basada en la caza, la cooperación y una relación simbiótica con el ártico, como documenta el portal Groenlandia.com.
Su sistema de autogobierno, logrado en 1979 y ampliado en 2009, no permite la propiedad privada de la tierra y se rige por principios de reparto comunitario. Esta forma de vida choca frontalmente con la visión extractivista. Lynge es categórico: “Un americano no duraría aquí ni un año”, criticando las fantasías de explotación minera inmediata de Trump como inviables en un territorio donde “la nieve lo sigue cubriendo todo”.
Los intereses de Washington, sin embargo, son estratégicos y multifacéticos. Como analiza Jette Kromann en Dinamarcala, publicado en la Liga Internacional Socialista, tras la retórica de seguridad nacional yace una rivalidad interimperialista con China y Rusia por el control del Ártico, rutas marítimas emergentes y, crucialmente, por los vastos recursos de la isla.
En una publicación de Marta Torres en OK Diario, detalla que Groenlandia alberga hasta 42 millones de toneladas de tierras raras (25% de las reservas globales), minerales críticos, hidrocarburos y oro. Estos recursos o elementos de la naturaleza, emergiendo con el deshielo, ha convertido a la isla en un botín codiciado, ignorando los catastróficos costos ambientales y humanos de su extracción masiva.
La postura de Trump, que en 2025 planteó comprar o invadir Groenlandia, ha encontrado un rechazo rotundo del 85% de su población, según encuestas citadas por El País.
Dinamarca, respaldada por la UE, ha declarado la soberanía como innegociable, mientras aliados europeos anuncian ejercicios militares conjuntos y apertura de consulados en Nuuk como señal de disuasión. Esta crisis, como señala Lynge, amenaza la cohesión de la OTAN y plantea una pregunta escalofriante: “Si lo hace con nosotros, ¿quién será el siguiente?”.
«Si tocan a uno, tocan a todos»: La Nación Wampis de Perú solidariza con el Pueblo Inuit
En un gesto poderoso de solidaridad indígena transcontinental, la Nación Wampis del Perú alzó su voz, comunicado que fue destacado por el portal SERVINDI.
En un pronunciamiento publicado por el medio, este pueblo amazónico expresó su apoyo inequívoco al pueblo inuit, llamando a “frenar el retorno de la violencia colonizadora etnocida y ecocida”. Su solidaridad se fundamenta en un principio sagrado: “si tocan a uno tocan a todos”, reconociendo el liderazgo histórico de los inuit en la lucha global por los derechos y autonomías de los pueblos originarios.
La Nación Wampis, destaca Servindi, denuncia con crudeza los verdaderos motivos tras el “teatro mediático sobre ‘seguridad’”: la avaricia por las tierras raras, el oro y los minerales críticos. “La Nación Wampis conoce el infierno que ocasiona la minería del oro”, afirman, proyectando una amarga experiencia propia sobre la amenaza que se cierne sobre el Ártico. Alertan que este “monstruo colonial” se uniría a los “monstruos climático y radioactivo”, pues los yacimientos están intrínsecamente ligados a uranio y torio, condenando a una contaminación tóxica de escala global.
Con profunda lucidez, la Nación Wampis vincula el destino del Ártico con el del planeta. Señalan que los poderes globales, en su adicción extractivista, son indiferentes al hecho de que el deshielo groenlandés —264 mil millones de toneladas anuales— ya eleva el nivel del mar y destruye costas. Una minería desenfrenada aceleraría esta catástrofe, afectando “la vida humana no solo del pueblo inuit, sino a gran escala global”. Su postura es un llamado ético desde la primera línea de la crisis climática.
Finalmente, la Nación Wampis hace un llamado a la acción colectiva, instando a organizaciones indígenas continentales como AIDESEP y COICA a “alzar la voz colectiva y coordinar a nivel internacional”. Su mensaje refuerza el lema central de la resistencia inuit: “Nada sobre nosotros, sin nosotros”. Esta alianza entre pueblos indígenas del Ártico y la Amazonía marca un hito, transformando una lucha de defensa territorial en un frente unido contra el neocolonialismo del siglo XXI.
El apoyo wampis no es aislado; se suma a pronunciamientos del Consejo Sami, la Asociación Internacional Aleut y el Consejo Internacional de Tratados Indios, entre otros.
Esta red de solidaridad contrasta con el histórico trauma colonial que aún sufren los inuit, recordado en los abusos documentados por la Liga Internacional Socialista: desde la adopción forzada de niños hasta la inserción de DIU sin consentimiento a miles de mujeres y niñas por el estado danés.
Frente a la presión de potencias que los ven como peón geopolítico, la resistencia y resiliencia inuit y la alianza con pueblos hermanos emergen como trincheras de dignidad. El futuro del Ártico no puede decidirse en Washington, Bruselas o Copenhague, sino en Nuuk, con la voz soberana de sus habitantes milenarios.



