El suplemento literario de El Ciudadano

Revista La Lengua

En esta edición Arrepentida de todo, de Romina Reyes, un adelanto de Heridas de Arelis Uribe, Escala de grises por Carlos Montes, Días de radio de Carolina Reyes, Rico por Delfina Harms, Verano sin mar de Gabriel Zanetti y una entrevista a Javiera Tapia. Ilustraciones por Delfina Harms.

Fragmento de “Las Heridas”, de Arelis Uribe

Era jueves en la tarde y yo estaba en desamor. Releía chats y correos viejos, tratando de per- donarme los excesos y arrepintiéndome de las mezquindades. Me sequé las lágrimas y dije: Se acabó, no lloro más, estoy lista para recibir lo que venga. Juro que a los cinco minutos llamó mi hermana. Dijo: Internaron a mi papá por un infarto cerebrovascular. Lancé un QUEEEEÉ gigante. Le pregunté dónde estaba y ella respondió: En el Hospital de la Católica. Dije: Conchasumadre, voy para allá. Y corté. Estaba en la cocina con el celular en la mano y sentí un tirón que me decía: Está pasando algo importante, algo difícil que vas a tener que vivir como sea. Era incapaz de moverme. Solo podía concentrarme en lo que me rodeaba: el piso de baldosa roja, los muebles, el refrigerador. Me inundó la sensación de vacío de que la naturaleza se imponga a las voluntades personales. Sentí que los brazos no me servían, que quería atrapar algo que es imposible agarrar con las manos. Respiré hondo y me dije: Tranquila, eres tan valiente como el miedo que sientes. Comencé a cantar El valor vendrá desde el mismo lugar que el miedo, con la voz temblorosa. Pensé en lo que necesitaba hacer para seguir. Le escribí a mi compañera de casa para contarle. Llamé a una periodista con la que iba a salir en dos horas para colaborar en un reportaje y lo cancelé. Metí fruta y mis documentos en una mochila, bajé al primer piso a buscar mi bicicleta y salí. Me quedé quieta un rato en medio de la calle, concentrándome en lo que debía hacer. Necesitaba llegar a la calle Marcoleta y no sabía cómo ir hasta allá desde el parque Bustamante. Era un trayecto corto, que había hecho mil veces antes, incluso el día anterior, cuando había regado los cactus de mi amiga, pero la información estaba perdida en mi cabeza. Solo podía pensar en mi padre. Respiré hondo otra vez y me dije: Así es como sucede. Así empieza la muerte de tu padre. Así muere Alberto Uribe. Pase lo que pase, disfrútalo, porque va a suceder una sola vez.

 Mi abuela, en cambio, es pura luz. Es el olor a sol en la ropa limpia y es el olor a caldo de gallina casero. Es ir a visitarla a su almacén en San Bernardo y ver cómo se le ilumina el rostro cuando me reconoce. Mi abuela se llama Noemí, igual que mi madre y mi hermana. Las tres tienen el mismo nombre y viven en el mismo barrio. De niña, a mi abuela yo le decía Mama Noe, Noe o Noíta. Ella me decía Negrura o Nanny Hermosa. Tiene ochenta años, cada día está más pequeña, cada vez que me abraza se hunde y encaja en mí. Desde que tengo memoria que mi abuela está ahí, aquí, cuidándome, dejándome dormir con ella para sentir su piel tibia y suave. Mi abuela es una estufa, en invierno se abriga solo con una manta porque su piel lo calienta todo. Siempre pensé que ese calor provenía de su color. Mi abuela es morena como Chica da Silva. Su abuelo fue un zambo peruano, de piel café oscura y pelo rizado. Mi madre dice que de joven se parecía a Sophia Loren. Hay una foto de mi abuela a los cincuenta años, en la graduación de kínder de mi hermana, en la que se parece. Su piel café es tan tersa que brilla con el flash. Se ve hermosa, todavía es hermosa. En mi familia hay sangre afro y a la que más se le nota es a mi abuela.

 Llegué al Hospital de la Católica y subí al cuarto piso, tratando de no adelantarme a ningún movimiento, de vivir cada latido al ritmo de cada latido. Se abrieron las puertas del ascensor y vi a Alejandra, la segunda esposa de mi papá, y su familia: Carola, Fanny, Carmen. Tenían cara de funeral y eso me abrió la angustia. No sé a quién abracé primero, pero esa persona me sostuvo mientras me ponía a llorar con furia. Me dolía que estuviera pasando lo que todas temíamos que estuviera pasando y ninguna se atrevía a nombrar. Alguien me explicó que mi padre estaba internado desde el mediodía y, si quería, podía entrar a verlo. Seguí a una tía de Alejandra por un pasillo. Mientras caminábamos y con la voz inquieta, dijo: El papá está mal, está entubado entero. Creo que lo dijo para cuidarme y no sé si generó el efecto preciso o el indeseado, pero me produjo una desesperación gigante. Me apoyé en el muro del pasillo y empecé a llorar de nuevo. Entonces se acercó Alejandra, me abrazó y dijo algo así como que había que ser valiente. Y apareció otra vez esa palabra, ese mandato, que se peleaba adentro mío con el caos, con un desconcierto feroz.

        Hubo un tiempo, a mis veinte años, en que viví con mi abuela. Llegué a su casa porque arrancaba de la mía. Vivimos juntas seis meses. No hablábamos mucho, pero algunas noches me sentaba al borde de su cama y conversábamos con la tele encendida. Me contó que de niña estudió en un colegio de monjas en Gran Avenida y llegó hasta segundo básico. Una vez se sintió inteligente porque fue la única alumna del curso que supo cómo escribir Llolleo. De adolescente trabajó puertas adentro con una familia de apellido Caffarena y el patrón le tenía estima porque ella una vez, sin que nadie se lo pidiera, lavó la ropa, encontró unos calcetines con hoyitos y los zurció. Mientras vivimos juntas no hablamos de mi abuelo. Ahora sí, ahora le pregunto cómo se enamoró, cómo era vivir con él. Y ella: Tu abuelo nunca se quitó el uniforme de carabinero dentro de la casa. Mi abuelo le pegaba, tuvo amantes en secreto, armaba fiestas cuyo desastre limpiaba mi abuela. Le pregunto cómo dejó de amarlo. Quiero entenderla para entenderme. Es que tengo tanto miedo de que me hagan daño. Y mi abuela: Una siempre sabe, hija, lo que pasa es que no quiere verlo. Quizá hay que traspasar un límite para verlo. Mi abuela se separó de mi abuelo cuando lo encontró con otra mujer en la calle. Y no una mujer circunstancial, sino la Pati, que fue su amante durante años y tuvieron hijos mientras él todavía estaba con mi abuela. Mi abuelo había llevado a mi madre y sus hermanos, uno por uno a conocer a sus otros hijos, sus hermanos. Les advirtió: Si le cuentan a la mamá, los mato. Toda la familia sabía excepto mi abuela. Dice que el mismo día que descubrió a mi abuelo en la calle, lo echó de la casa. Le dijo: Tú nunca más vas a tocarme. Él respondió que se iba feliz, que prefería estar con una mujer más joven y más bonita. Años después, escuché a mi abuelo decir que mi abuela era una morenaza, que había tenido suerte de que una mujer así lo quisiera. Entonces no entiendo si lo que le gritó a mi abuela es cierto o es que las verdades se vuelven mentiras con el tiempo.


Arrepentida de todo 
Por: Romina Reyes 


Trato de ser directa con las cosas que siento y, por supuesto, no me sale. 

Soy incapaz de buscar afecto. Prefiero sentarme frente a una amiga que no me molestaría besar y sin embargo no hacer nada. 

Me dedico a huir de las personas.

Sigo la trama de mi diario de vida. Veo la pérdida del equilibrio, pero cómo culpar solo a un algo, o a un alguien.

Este es el mundo que se mueve conmigo, y esta soy yo
atrapada entre los sueños y aspiraciones de lxs que tienen mi edad
arrepentida de todo miro el calendario y digo
ha pasado bastante tiempo.

Cada día termina, declara un ganador, y parece que nunca seré yo.

Me pesa mi clase y, a la vez, la vida es sólo una.
No hay cien cosas que puedas hacer.
Sólo deseo el dinero cuando alguien quiere el dinero.
Sólo quiero la fama cuando la fama parece necesaria para ser feliz. 

Los sueños te traen de pie en Pichilemu, camino a Cahuil
Detenidos en el mirador, habiendo fumado mucha marihuana
después de caminar como transatlánticos por la carretera
junto al río Nilahue,
te tiras al suelo y me enseñas un estiramiento de yoga que yo sigo
un hombre nos queda mirando, mientras se apoya en su auto para encender un cigarro.
Esto se llama hacer suelo, nos dice, y que él era bailarín.

Hoy observo el crimen de Fernanda Maciel en la tele
tirada sola en el sillón con dos perras en el patio.
Me corto la chasquilla en diagonal
si hoy recibiera tu carta, te diría que sí.

Sé que esto es un momento.
Un día abriré los ojos a otra realidad.
La esperanza, la desesperanza.

Escala de Grises 
Por Carlos Montes 

La Kadü vive conmigo hace cinco meses. Gata con dos años de vida y mamá hacía pocos meses. Una foto mal sacada la mostraba mirando hacia arriba, con una actitud ininteligible, lejos de cualquier pose. Toda gris salvo su pecho y patitas blancas, Kadü llegó a mi casa este último otoño en pandemia.

Hice varios trámites para adoptarla. Formularios, muchas conversaciones por teléfono con su cuidadora, firmas de compromisos, fotos del lugar donde vivo. Me gustaba la idea de compartir mi confinamiento con una gata adulta y que en palabras de su cuidadora -además- era linda y cariñosa.

Los caminos del Señor de los gatos son misteriosos. No había tal cariño, para nada. Linda en su escala de grises, Kadü conforme avanzaban las semanas vivía insistente en algún rincón de mi depto. Un mes, dos meses, tres. Lo único que sabía de ella era la caca y el pichí que sacaba de su arenero todas las mañanas. Mi círculo íntimo opinaba que era una gata feral. Hubo quienes diagnosticaban un pasado violento. La única posibilidad de ver su silueta en la penumbra, era cuando me iba a acostar. Al fondo de la otra pieza, sus orejas se dejaban ver mientras le hablaba por horas sentado en el pasillo.

Muchas noches le conté que a pesar de la pena del encierro, la calamidad era llevadera; le conté que me dan rabia las selfies porque no me gusta mi cara; le dije que siendo de izquierda, aborrezco muchos de sus discursos pontificadores; le confesé que me río con Felipe Izquierdo y el Pollo Castillo y que me incomodan los rostros haciendo canjes en Instagram; varias noches le conté que soy un ingrato, un hueón con suerte que vive gracias al entusiasmo, una pega mal pagada y el amor de sus taitas que lo quieren más que la chucha.

Es un sábado de octubre y mi gata está sentada en el sillón a solo un metro. Nunca la he tocado, no sé cómo se siente su pelito. Ahora casi siempre nos topamos en alguna parte de la casa, ella siempre cerca pero arrancando, yo siempre atento a no incomodarla ni pedirle nada. Como siempre debiese ser.

Kadü en mapudungún significa gris. Igual a ella. Igual a mí.

Días de radio
Por: Carolina Reyes Torres

A la edad de 8 o 9 años descubrí mi autonomía radial, es decir, ese momento en que se deja de escuchar lo que la madre o el padre ponen en la radio para buscar la música que nos agrada a [email protected] como niñ@s. Y dentro de los descubrimientos del dial que hice, me sorprendió la 103.3 en ese tiempo llamada Radio Horizonte, me llamaba la atención porque había una voz de hombre muy gruesa que cada cierto tiempo decía “Radio Horizonte”, lo otro misterioso eran las canciones que pasaban en la emisora, que en su mayoría era en inglés y en donde nunca, pero jamás, daban alguna pista del nombre de los temas y de sus intérpretes.

Así, al comienzo de mi segunda infancia crecí con música muy bonita que me gustaba y que hasta en algunos casos podía balbucear, pero sin saber lo que decían esas canciones ni el nombre, ni quién diablos las cantaban. Había un tema en particular en donde yo podía distinguir un piano, algunos efectos especiales y una delgada voz de una joven. En ese tiempo no sabía inglés, pero la melodía lenta y algo melancólica me daban la impresión que, sin lugar a dudas, esa canción era de amor y de seguro la chica algo le pedía a otro muy compungidamente. De Radio Horizonte fui tan fanática entre los 8 a 11 años que incluso la escuchaba de noche, dejaba prendido el receptor muy bajito y me quedaba dormida mientras seguía sonando la programación.

En la era de la información ya no hay secretos como los que viví en mi infancia. Hace unos 7 años atrás el misterio de casi toda la parrilla de Radio Horizonte quedó develado para mí, gracias a internet y en particular a Youtube. Comencé a llegar a listas de reproducción de música de los 70, 80 y principios de los 90. Todo fue como encontrar el baúl de los recuerdos y muchas sorpresas, ahí supe que Seals and Croft cantaban “Summer Breeze” una de las canciones más veraniegas y hippies que he escuchado. También me reencontré con la joven que cantaba al piano, era Beverly Craven y la canción era  “Promise me”, ahora ya se inglés, y tal como me lo imagine cuando niña, la voz poética le pide a su amado que la espere hasta su retorno.  

Rico
Por: Delfina Harms

Antenoche me hice pipí la cama. Estaba soñando regular, descascarando pintura al óleo del muro en un colegio cuico, y me dieron unas ganas irreales de mear. Me perdí entre los pasillos un rato, con la vejiga como una bombita de agua, hasta que salí por una puerta de emergencia. Afuera, en un estacionamiento, abrí la llave del cuerpo y dejé que cayera un caudal tan grande, suave y tibio, que sentí en mí lo que significaba el correr de un río en realidad. Fue un chorro translúcido y aromático que empapó todo, me sacó suspiros y lágrimas de los ojos. Desperté y la cama estaba mojada. Como una eyaculación, como un squirt, como la baba de un sueño verdadero. Como la leche dulce que sale igual que corriente del pezón succionado. Soñar que hago pipí siempre bordea lo erótico.

Vine a quedarme con mi mamá y amanecimos las dos mojadas con mi sueño. Le pregunté si le gusta mear en la calle. Me dijo que le encanta. Le gusta mear en todos lados y le da pena cuando encuentra un lugar bacán para mear y no tiene pipí. Le pregunté porque me meé en su cama y no vi que le molestara levantarse, sacar las sábanas, ayudarme a levantar el colchón y tirar mi ropa a la tina. Se sentó en las tablas del catre con el secador de pelo en la mano y me preguntó si estuvo rico.

Verano sin mar
Por: Gabriel Zanetti

No me amargaba quedarme en Santiago todo el verano si mis primos y primas estaban en la misma situación. Y por lo general era así, cuando uno de mis tíos podía darse el gusto de arrendar una casa en el litoral central terminábamos yendo todos al menos un fin de semana.  Cuando no viajábamos eran tardes de manguereo en el patio, guerra con poroteras entre damascos y paltos, llamados a comer torrejas de sandía o a tomar jugo de melón. 

Jugábamos hasta que alguien lloraba porque se había caído o cuando se formaba demasiado barro en el traspatio. O hasta que los grandes se aburrían de nosotros sin ninguna explicación: nos mandaban para dentro, nos metían todos juntos al baño y duchaban con agua bien caliente. Tomábamos el té medio insolados. Cuando llegaba mi papá del trabajo lo hinchaba para que nos llevara al videoclub del barrio: arrendábamos una película o un juego de Nintendo. 

Esa rutina para nosotros era suficiente, trascendía tiempo y espacio. Son los adultos quienes necesitan desplazarse por lo menos un par de horas lejos de sus casas para sentir descanso y desconexión. Mi infancia con mis primos fue como un largo año que terminó cuando Alejandro, mi primo mayor, empezó a carretear, se dejó el pelo largo y formó una banda de rock. Mucho antes que sucediera eso mi tía Leticia, dueña de la casa donde nos reuníamos, recibió una llamada de larga distancia. Era mi tía Clari. Después de hablar como una hora nos invitó a todos a su casa en Quillota.  

No recuerdo con exactitud el ajetreo ni el camino. Mi memoria despierta una mañana en esa ciudad de la V región sin mar: el mismo grupo de primos con primos lejanos bajo el sol distinto de la provincia. Verano sin Océano Pacífico, arena y huiros era novedad. Las veces que íbamos al centro nos llevaban a los flipper y después a la plaza a tomar helado. La mayoría del tiempo la pasábamos en la casa y sus alrededores. Creamos un menú de bicicleta, juegos de cartas y fútbol. Con los días, Alejandro empezó a sacar el Seat Fura de su mamá y empezamos a dar vueltas a la manzana. Era una locura: todos y todas arriba de ese auto, gritando por la ventana. En la actualidad algún acusete nos habría grabado con su celular para la mandarlo a la tele. 

Escena traumática la de un día después de almuerzo en el antejardín: de un momento a otro, mi hermana Constanza, que me habían encargado -yo tenía diez años y ella tres- desapareció. El verano como novela de aprendizaje: aún siento la angustia en el pecho, el miedo a que no apareciera o a encontrarla muerta, atropellada por otro adolescente que estaba aprendiendo a manejar. No sé cuánto rato pasó. Solo que alguien la encontró a algunas cuadras caminando por la vereda. Había ido a comprar chocolates a un almacén. Mi papá, estando en Santiago, me habría ahorcado. Pero estaba relajado con el veraneo, el reto fue menor para el tenor del condoro. 

Hay cosas que han caído en desuso y muchas tienen que ver con el afecto y las formas de relacionarse. Hay gente que se molesta con las llamadas telefónicas, quedamos apenas un grupo selecto de conversaciones largas -fundamentales, terapéuticas-, las fiestas ya no celebran como antes, las visitas familiares, para bien o para mal, escasean. Mi único sobrino vive en Berlín. La relación fundamental con los primos en el crecimiento de los niños y niñas la hemos reemplazado por hijos de amigos que están en una situación parecida.

Microliteratura: Carta desconocida
Por: Álvaro Marín Bravo. 

Hola amor, ¿Cómo estás? Hoy sí puedo escribir una canción de amor, estoy inspirado porque revisé tu Instagram y vi que te estabas besando con otro la noche de Año Nuevo. No sabes el dolor que tengo. Sin embargo, tuve energía para afeitarme. ¿Recuerdas cuando me hacías trencitas en la barbilla? Que estés bien, hasta nunca.

Por: Álvaro Marín Bravo. 

Entrevista| Javiera Tapia: “En una sociedad como la chilena, el placer se castiga”

La escritora,  experta en música popular y directora de POTQ y Es Mi Fiesta, ha defendido profundamente su trabajo luego de abrazar el feminismo y escribir desde una perspectiva de género en todos los escenarios en los que se desenvuelve. Sentada en su escritorio, aparece a través de la cámara mostrándose sonriente y con un librero atrás que ella misma acusa como endeble de tan cargado y desde ahí, en Santiago Centro,  cuenta su visión de amor hacia la cultura, arte y revolución. 

Cultura como verbo 

Existen múltiples formas de definirla, ¿Cómo lo harías tú? 

Hay muchas maneras de responder esta pregunta, porque para mí cultura es todo. No solamente es lo que leemos o lo que escuchamos, también la cultura es la manera en que se grafitea en las calles, las palabras que ocupamos de manera coloquial. Siento que se tiende a pensar que la cultura es el teatro, la danza, el cine, la literatura, los artefactos culturales, pero para mí es mucho más que eso, son las señas de identidad que nos ofrece el lugar que habitamos, las cosas que nos hacen sentido. 

Y en el futuro  proceso constituyente, ¿quién piensas que debería definirla? 

Si nos ponemos a hablar del proceso constituyente,  me parece que evidentemente conceptos importantísimos como la cultura lo debiera definir el pueblo, qué sentimos y qué pensamos con respecto a ese término, qué tan cerca o lejos estamos de aquel término también. Creo que este es el momento de empezar a pensar en eso.

Este es el momento para pensar realmente qué significa para nosotros la cultura, cuál es el lugar que le queremos dar. Para mí es un bien esencial que nos permite avanzar y es tan esencial porque son los pequeños lugares donde uno encuentra belleza, reflexión e identidad. Es como que uno va en la vida por una carrera muy rápido tratando de cumplir con todo y cultura es ese vaso de agua que te pasan a mitad de camino. La cultura es lo que te ayuda a respirar en medio de un sistema como el de Chile. 

¿Dentro de ese mundo, quiénes son los más perjudicados en este Chile actual? 

Los artistas son los más visibles dentro de la cadena del trabajo de la cultura en Chile, para que uno vea una obra de teatro por ejemplo, hay un engranaje gigante de personas trabajando y probablemente este año los más perjudicados en términos monetarios son los equipos técnicos que han tenido que saber sobrevivir a todas estas situaciones, muchos quedándose sin trabajo y desprotegidos absolutamente por el Estado que si no piensan en los artistas que son la cara visible, imagínate como es el escenario para ellos y ellas. 

¿Cómo hacer que esta nueva constitución asegure que el arte y sus mil formas llegue a todo el mundo y asegure también la tranquilidad de los trabajadores de la cultura? 

Pienso primero que todos los espacios como museos o bibliotecas deberían estar abiertos para todos, que ir a un museo no signifique estar yendo a  ver algo que no te pertenece. Creo que hay que cambiar la idea de que lo que está dentro de los Museos no nos pertenece a todos. Hay algo de mí que está en esas obras, hay algo de mi historia que está en ese arte y tengo que encontrar  lo que es.

¿Cómo ocupar esos espacios, que los museos no sean cementerios de cuadros y estatuas sino que se transformen realmente en centros sociales, en centros de reunión? 

Pienso en el colectivo VAM (Vamos al Museo), que ha hecho un trabajo estos últimos años sobre el desarrollo de audiencias muy lindo. Pienso que no hay mujeres en este país que amen más los museos que ellas, se nota en cada actividad el amor que tienen por los museos y la visión que tienen es esa, que los museos sean para la gente. Tenemos que transformar los lugares, que no se piense en la biblioteca como un lugar aburrido donde están esos libros juntando polvo, que podamos hacer muchas otras actividades más que estar en silencio leyendo. Hay que quitarle ese tono elitista que ha tenido y que mucha gente lo ve claramente en cada una de esas expresiones artísticas y vincularlo con lo que tenemos nosotros por dentro. 

El acceso a la cultura e incluso al acceso al ocio son cosas que se miran mal o se definen como poco importantes, ¿Cómo cambiar esa visión? 

El arte son las emociones humanas transformadas en historias, en colores, sonidos y todo eso es parte de nosotros mismos. No es difícil ver algo y apreciarlo porque está conectado con todo lo que llevamos dentro. Hay que buscar las maneras de quitar ese halo de que esto fue hecho para las minorías cuando en realidad son universales, te gusten o no te gusten. Uno puede llegar y escuchar una canción, no tener idea de quién la está cantando y ponerse a llorar porque te emociona, es así de simple. No necesitas un libro de filosofía para saber por qué una canción te hace llorar, sino porque es así no más. 

La cultura así como la entretención y el ocio son vitales para nuestra existencia pero no se permite o se ve feo, ¿Cómo transformar esa visión?

Para que todo esto cambie, tendríamos que deshacernos de muchos de esos conceptos. La cultura puede ser entretenida, puede ser una oportunidad de ocio. Creo que en realidad, todo esto que hemos estado hablando, se resume en que también vivimos en una sociedad donde está mal visto disfrutar y está mal visto el placer en todo ámbito. Y la cultura tiene mucho que ver con el placer y con la belleza. Cuando pongo un disco que me encanta, es porque quiero pasar un momento de placer. Porque quiero disfrutar de algo bello. Y en una sociedad como la chilena, el placer se castiga. Porque el placer no te hace productivo, se supone. 

Pensar en el futuro 

¿Cuál es el primer piso que  necesitamos para la cultura, pensando en los  y las futururas constituyentes?

Tenemos que tener mucha energía para el proceso que viene, porque haber votado por construir una nueva Constitución, fue votar para poder vivir de forma diferente, por eso tenemos que estar muy aguja para saber qué es lo que se va a construir. Entonces de verdad tenemos que seguir participando, mostrando las visiones que tenemos respecto a muchos temas que son muy importantes porque esa va a ser la carta que va a guiar nuestros próximos años de vida, los de mis sobrinos, los de sus hijos, los de sus nietos. Entonces, tenemos que preocuparnos de que lo que se construya, de verdad sea lo mejor para todos.

Un mensaje final 

Tenemos que decirles a las personas que están leyendo, que estén atentos, que conversen, que son tiempos de hablar, de hacer sobremesa del tema, de, ojalá, estar todo el tiempo pendiente a lo que va a ocurrir con este proceso. La fiesta de la democracia no fue ir a votar. La fiesta de la democracia es permanente, vivimos en la fiesta de la democracia. No hay que bajar la guardia nunca.

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