Por Carolina González López, actriz, gestora del patrimonio, y miembro del Laboratorio Audiovisual Chaski
Hablar de diáspora no es un ejercicio de nostalgia. Es una forma de resistencia frente al olvido y la violencia colonial que no solo intenta apropiarse de los territorios, sino también disputa las memorias y las narrativas de los pueblos que se piensan a sí mismos. El colonialismo intenta fragmentar la memoria colectiva, en busca de instaurar matrices de opinión que legitimen sus intereses.
Desde nuestro lugar de enunciación como parte del sur global, los pueblos de Latinoamérica y el Caribe, compartimos una herida en común con los territorios de Asia Occidental y el Norte de África: la colonización. Motivo por el cual, solidarizarse con la causa Palestina y su resistencia se ha vuelto inherente a la realidad política de la región, desde el Río bravo hasta la Patagonia, pasando por las Antillas.
Internalizar realidades ajenas puede resultar complejo, más no imposible. Llevar determinados contextos a la gran pantalla supone un reto a la hora de contar, pues para que el arte sea verdaderamente comprometido con las realidades materiales de los pueblos no solo se deben tener en cuenta las temáticas, sino las formas, y estas han sido aprehendidas y aprendidas a partir de agentes externos a nuestra subjetividad como sur global.
En ese sentido, el desafío para los y las cineastas desde el sur global no consiste únicamente en filmar, sino en preguntarse desde donde se hace. En los pueblos del mundo no hegemónico existe la posibilidad de disputar el monopolio de imágenes y construir otras formas de mirar. No se trata únicamente de ofrecer un relato alternativo, sino de desmontar las lógicas coloniales que históricamente han convertido a determinados territorios en objetos de observación antes que sujetos de su propia historia.
Dentro de este razonamiento, el cine documental deja de ser un simple registro de la realidad para convertirse en herramienta para la memoria, archivo vivo, y acto de solidaridad entre los pueblos que comparten experiencias de colonización y despojo. Es precisamente desde esta búsqueda ética que nace el documental La Raíz del Olivo (Cuba-Bolivia-Argentina-Líbano), dirigido por el cineasta y realizador cubano- boliviano Sergio Eguino Viera en el año 2024.
El filme cuenta la historia de cinco personas palestinas, residentes en Cuba. A través de diarios y cartas fílmicas, recursos narrativos de la no ficción, el director lleva al lenguaje audiovisual la cotidianidad de Watan, Omaima, Murid, Baylasan, y Bassel, amplificando sus experiencias frente al recrudecimiento del genocidio y la ocupación del estado sionista de Israel, que lleva más de siete décadas.
La película realizada por la productora independiente Laboratorio Audiovisual Chaski, fue llevada a cabo prácticamente desde la militancia, siendo sostenida por el compromiso político, y el trabajo colectivo de su equipo de equipo de realización y de los protagonistas del filme. Contó con el apoyo incondicional del medio de prensa Resumen Latinoamericano y del Tercer Mundo, quien en además coprodujo el filme, y colaboró con el medio de prensa panárabe Al- Mayadeen.
Mostrado a sus protagonistas en rutinas marcadas por el ejercicio constante de mantener viva la identidad palestina como acto de resistencia, el documental enfatiza la riqueza cultural su pueblo. Espacios, olores, sabores, y nombres son recordados en el diarismo por hijos e hijas de una diáspora que se rehúsa a perder el vínculo con su tierra de origen.
La raíz del olivo busca preservar las memorias, reivindicar identidades, y tender puentes entre Palestina y Nuestra América con una mirada construida desde el sur global. Este documental se transforma, por su propia naturaleza, en una práctica política y en una forma de internacionalismo cultural.
La tierra palestina comparte con Latinoamérica y el Caribe mucho más que una memoria marcada por el colonialismo. La mayor comunidad palestina de la diáspora fuera del mundo árabe ha echado raíces en uno de los territorios más australes de América del Sur: Chile.
En tierra chilena, generaciones enteras han preservado su identidad, su cultura, y la memoria palestina convirtiéndose en un puente vivo entre Asia Occidental y nuestra América. Es precisamente hacia ese territorio donde se dirige hoy La Raíz del Olivo. Allí, miles de familias han mantenido vivas sus tradiciones, su patrimonio cultural y su compromiso con Palestina durante generaciones, convirtiendo la memoria en una forma cotidiana de resistencia.
Documentar esta experiencia supone ampliar el mapa afectivo de la diáspora palestina en América Latina. Implica comprender cómo una identidad atraviesa océanos, se transforma con el paso del tiempo y, aun así, conserva intacta el vínculo con su tierra de origen. También implica reconocer el papel que Chile ha desempeñado como espacio de encuentro, organización y solidaridad con la causa palestina.
Con ese propósito nace La Raíz del Olivo: Capítulo Chile. Como ocurrió con la primera película, el proyecto se construye desde el compromiso político, el trabajo colectivo y la convicción de que el cine puede ser una herramienta para preservar la memoria de los pueblos. Sin embargo, llevar adelante una producción independiente de estas características requiere también del apoyo de quienes creen en un audiovisual comprometido con las luchas sociales.
Por ello, el equipo ha impulsado una campaña internacional de crowdfunding, entendida no solo como una forma de financiamiento, sino como una invitación a participar activamente en la construcción de esta memoria colectiva. Cada aporte contribuye a registrar una historia que trasciende a la comunidad palestina y que forma parte del patrimonio político, cultural y humano de Nuestra América.
Defender la memoria también es impedir que el olvido se convierta en una herramienta del colonialismo. Y mientras existan pueblos dispuestos a narrar su propia historia, el cine seguirá siendo un territorio de resistencia.

