Entrevista

«Con este libro reafirmo que la escritura es un acto colectivo»: Roxana Miranda Rupailaf y su incursión en la narrativa con «Dos corazones tengo»

Para la poeta mapuche, la literatura también puede ser una forma de resguardar aquello que está en riesgo de desaparecer. La pérdida del bosque nativo, la usurpación de tierras y la contaminación de los mares forman parte de un escenario frente al cual la escritura puede construir memoria y mantener vivos determinados imaginarios y formas de comprender el territorio.

«Con este libro reafirmo que la escritura es un acto colectivo»: Roxana Miranda Rupailaf y su incursión en la narrativa con «Dos corazones tengo»

Roxana Miranda Rupailaf, una de las voces reconocidas de la poesía mapuche contemporánea, debuta en la narrativa con Dos corazones tengo, publicado por la editorial valdiviana La Maña.

El volumen reúne relatos breves construidos desde la memoria familiar, la oralidad y las experiencias de infancia de la autora en Rahue, Osorno, territorio donde confluyen las identidades rural y urbana, la cultura popular, la religiosidad, el boxeo, las ferias y las historias transmitidas de generación en generación.

Escrito durante la pandemia y nacido de la necesidad de homenajear a familiares y amistades fallecidas, el libro propone una relación íntima entre escritura y duelo. Miranda Rupailaf convierte esas voces y recuerdos en relatos que dialogan con la presencia de sus muertos y con una tradición oral que, para la autora, no pertenece únicamente al pasado, sino que permanece viva en quienes la reciben y la transmiten.

El título Dos corazones tengo proviene de un canto mapuche huilliche que dice “uno de vida y otro de muerte”, imagen que también se vincula con la Shumpall, figura central en la obra poética de Roxana Miranda.

Aunque se trata de su primera incursión en el relato, en estas páginas permanecen preocupaciones que han acompañado su escritura: el cuerpo, el agua, la naturaleza, la espiritualidad y, especialmente, la relación con los territorios del sur.

Para Miranda Rupailaf, la literatura también puede ser una forma de resguardar aquello que está en riesgo de desaparecer. La pérdida del bosque nativo, la usurpación de tierras y la contaminación de los mares forman parte de un escenario frente al cual la escritura puede construir memoria y mantener vivos determinados imaginarios y formas de comprender el territorio.

El libro incorpora fotografías del artista y poeta osornino Aukán Martínez, tomadas en las mismas calles y espacios que recorren los relatos.

Dos corazones tengo tendrá su primera presentación este 14 de agosto en Gato Caulle Librería, en Valdivia, y continuará el 4 de septiembre en el Centro Cultural de Osorno. La publicación contempla además una próxima presentación en Santiago, cuya fecha y lugar serán anunciados próximamente.

«Homenajear a mis muertos»

Con este libro das el paso desde la poesía hacia la narrativa. ¿Qué necesitabas contar en estos relatos que no encontrabas en la poesía?

-La escritura de Dos corazones tengo surge de la necesidad de homenajear a mis muertos: familiares y amistades cuyos espíritus, creo, me siguen acompañando; escribir es mi forma de dialogar con ellos. La narrativa me ofreció el aliento y el ritmo necesarios para contar estas historias.

No reflexioné demasiado en la transición de una estructura a otra, pues los libros reclaman su propia forma y melodía: hay algo de profundamente intuitivo en la escritura. Estos relatos no fueron concebidos para conformar un libro, pero hay un escritor o una escritora en cada duelo, en cada despedida y en cada homenaje.

Existe un rol social que la escritura asume en el último adiós a los seres queridos: al final, solo nos queda el lenguaje para abrazar el cuerpo ausente.

Con el paso de los años acumulé experiencias con la muerte y, sin darme cuenta, también relatos. Hasta que un día de invierno, en una conversación casual con la editora Gabriela Balbontín, le dije: «Sí, eso lo tengo escrito». Y ella respondió: «Quiero leer esos relatos». Le agradezco que me propusiera esta publicación, pues, de un modo sumamente generoso, me obligó a repensar mis formas de decir y de escribir mis duelos.

El libro está profundamente ligado a Rahue, Osorno, tu infancia y las historias de tu familia. ¿Qué querías rescatar de este territorio?

-Buscaba construir una memoria territorial y familiar para revitalizar los recuerdos. Crecí en Rahue, un barrio popular con una identidad propia y marcada, por ser el lugar al que llegaban las comunidades williche que migran del campo a la ciudad.

Nosotros llegamos desde San Juan de la Costa y nos encontramos con un universo muy distinto al que se desplegaba al otro lado del río que divide la ciudad. Es un territorio atravesado por una identidad campesina y urbana a la vez: de música ranchera, ferias, religiosidad y boxeo.

El ídolo de Rahue sigue siendo Martín Vargas, quien siempre se encomendaba antes de sus peleas a la Virgen de Lourdes, la misma parroquia a la que mis padres me llevaban de pequeña. Por eso quería que el color celeste predominara en el libro, invocando esa idea de una religiosidad impura: mis abuelos, aun siendo mapuche, eran profundamente devotos de la Virgen.

Aunque hoy reniego de esos discursos judeocristianos, comprendo que una también es, en parte, aquello que niega ser. Y yo también soy un poco mis abuelitos. Considero que el precioso registro de fotografías presentes en el libro y que hace otro artista rahuino como Aukán Martínez, ilustran perfectamente esta identidad.

-Muchas de las historias de Dos corazones tengo vienen de la memoria familiar y de relatos que escuchaste desde niña. ¿Qué significa para ti llevar esas voces de la oralidad al libro?

-Escribir implica una gran responsabilidad. Con el tiempo, me he ido convirtiendo en la escritora de la familia, así que, entre en serio y en broma, me van contando historias para que las ponga en el papel.

De todas formas, la oralidad es algo que ya he trabajado en libros anteriores como Shumpall, un poemario que también nació del relato oral y que se construyó a partir de las distintas versiones sobre sus apariciones que me compartieron; así fui moldeando ese imaginario poético.

Con este libro reafirmo que la escritura es un acto colectivo: hay una multitud de voces resonando en una para que la palabra sea posible. Cargar con las voces de la oralidad exige respeto, responsabilidad y la conciencia plena de que el relato hablado es algo que está vivo.

El título proviene de un canto mapuche huilliche: “Dos corazones tengo, uno de vida y otro de muerte”. ¿Qué representa hoy para ti esa imagen y cómo dialoga con tu propia obra?

-Es una canción que le escuché cantar al lonko Paillamanque en un trawun: una cueca williche. Se trata de una pieza que se mezcla y entrelaza con la cueca chilena, y de la cual existen diversas versiones.

En lo personal, guarda un vínculo muy estrecho con la Shumpall, pues en varios de los relatos que me compartieron me contaban que ella tiene dos corazones. Fue a partir de esa potente imagen que la canción comenzó a dialogar de forma directa con mi obra poética.

Después de una trayectoria reconocida en la poesía, ¿qué descubriste de tu propia escritura al enfrentarte por primera vez al relato?

-Descubrí que la narrativa me exige dedicarle más horas a la escritura: los relatos demandan otro tiempo, un aliento más largo. Me siento más cómoda con la poesía porque es el terreno que más he transitado a lo largo de mi vida, por lo que asumir cada relato representó un verdadero desafío.

El territorio aparece constantemente en tu escritura. Frente a los conflictos en la zona y a la transformación acelerada de los territorios del sur, ¿puede la literatura convertirse también en una forma de defensa de la memoria territorial?

-Pienso firmemente que sí: escribir es una defensa de la memoria territorial. Los cuerpos somos territorio; los muertos, los cementerios y el mar también lo son. La escritura se convierte en un resguardo frente a la desaparición del bosque nativo, la usurpación de tierras y la contaminación de los mares. La literatura construye imaginarios y los transforma; a mí misma me cambió la vida leer a escritoras y escritores williche como Jaime Huenún, Graciela Huinao y Bernardo Colipán, entre otros.

Creo que la literatura mapuche no puede estar desligada de los territorios que habita ni de los procesos políticos que la atraviesan.

Tu poesía ha trabajado intensamente el cuerpo, el erotismo, el territorio, el agua, la naturaleza y la espiritualidad. ¿Qué elementos de esa poética permanecen en Dos corazones tengo?

-Creo que son varios los temas que cruzan la obra. Quizás el menos visible sea el erotismo, pues estoy hablando de cuerpos muertos, ausentes. Sin embargo, el cuerpo y su dimensión espiritual permanecen intactos en Dos corazones tengo: una espiritualidad ligada al territorio williche lafquenche, donde la naturaleza del agua es la que predomina.

Resulta complejo apartarse de los elementos poéticos que una ha venido trabajando de manera constante; sobre todo porque reconozco en este trabajo una narrativa profundamente poética.

¿-Qué lugar ocupa la lengua mapuche y la memoria huilliche en tu manera de construir literatura?

-Siento que la lengua mapuche ocupa el lugar del despojo; hablo de un territorio profundamente discriminado y despojado en lo cultural por medio de la religiosidad impuesta. Quienes mantuvieron vivo el chezungun lo hicieron con una fortaleza y una entrega dignas de toda admiración.

En cuanto a la memoria williche, para mí es fundamental porque es también la memoria de mis abuelos y de mis tíos: creo que una escribe para que ellos no se pierdan, para que sigan existiendo y hablando desde otro plano espiritual. La literatura nace, en el fondo, de la necesidad de conectar con los mundos íntimos de quienes amamos.

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