Crítica CiNeRd “Kill Bill: The Whole Bloody Affair” ¿Se puede separar la obra del autor?

La experiencia de ver en cines “Kill Bill” Vol

Crítica CiNeRd “Kill Bill: The Whole Bloody Affair” ¿Se puede separar la obra del autor?

Autor: Ernesto Garratt

La experiencia de ver en cines “Kill Bill” Vol. 1 y Vol. 2 juntas por primera vez en pantalla grande -bajo el título “Kill Bill: The Whole Bloody Affair” no tiene precio, especialmente para los fans del cine de Tarantino desde hace décadas, como quien suscribe estas líneas.

Quentin Tarantino es un maestro del guion discursivo, hiperbólico, musical, muy musical -tanto por el sonoro ritmo de sus ocurrentes diálogos como por los espectaculares soundtracks que los acompañan.

Es un maestro del guion caóticamente ordenado y cuyos detonantes pueden empezar por el final y sus postrimerías pueden terminar por el inicio sin perder ni un centímetro de lógica ni de sentido.

Y la magia del Enfant Terrible del cine de los 90, la magia de sus originales guiones más bien, es que pese a lo complejo de sus propuestas y las ramificaciones alambicadas con las que somete a los espectadores, sus historias logran avanzar como si doblaran el tiempo… como si Tarantino maniobrara desde el centro de mando del Enterprise de Star Trek (es fanático de la serie de los años 60) su acelerado relato que fluye nítido y directo en medio de su galaxia de puras referencias a la cultura pop hasta hacernos llegar a la velocidad Warp, sin siquiera darnos cuenta.  

Solo eso ayuda a explicar que merced además de su grácil ejecución desde la silla del director, cual alquimista del cine, pueda convertir las 4 horas y 35 minutos de “Kill Bill: The Whole Bloody Affair” en un suspiro, en un abrir y cerrar de ojos que se pasan volando, la verdad, bajo la forma de una estela de energía pura…como pocas veces he visto en el cine.

Y por Dios qué he visto cantidad de leseras en el cine.

Y también Tarantino. Por Dios, qué manera de ver leseras ese hombre.

Las tres veces que lo he entrevistado en Cannes, las tres han sido lecciones de cine y referencias a las películas más olvidadas y bastardas de samuráis, dobles de acción, bélicas, ciencia ficción: usted menciónela, la película que sea, y Tarantino seguro la ha visto, masticado, digerido, memorizado y probablemente homenajeado o piensa en hacerlo en algún futuro real o futuro alternativo al nuestro. ¿Quiénes somos para limitar a Tarantino por las leyes de la física de nuestra frágil realidad?

Aclarado el punto: acá hay admiración por el cineasta en cuestión y sin duda cabe en todo su derecho la incómoda y necesaria pregunta… ¿Podemos separar obra de autor cuando hemos sido testigos de cómo Tarantino ha apoyado a las fuerzas sionistas durante el genocidio palestino?

Respuesta polémica: creo que sí. Se puede. Y se debe separar.

¿Creo que Tarantino está del lado equivocado de la historia en 2026? Sin duda que NO está del lado correcto. Su decisiones políticas actuales me irritan profundamente. Pero miremos al pasado: en 2004, cuando Tarantino estrenó en Cannes “Kill Bill Vol. 2” fuera de competencia, el director de “Tiempos violentos”, Palma de Oro de 1994,  y de “Perros de la calle”, era solo un bocón controvertido, un pedante artista.

Me molesto al recordarlo por mostrar el finger y decir Fuck You a la prensa chilena acreditada en Venecia en 2010: el año que “Post Mortem” de Pablo Larraín sonaba para favorita. ¿La razón de su berrinche? Él como Presidente del Jurado de Venecia fue interpelado por los chilenos presentes para justificar el triunfo de su exnovia Sofia Coppola con “Somewhere” -una película muy menor- por sobre el filme chileno -una película muy superior-. Y lo hizo como pudo y recuerdo ese finger y el Fuck You final antes de abandonar la conferencia de prensa enojado con los periodistas chilenos.

¿Me cae bien la Tarantino, el personaje? En mi interacción profesional con él digamos que amé poder hacerle preguntas e incluso encararlo. Sin duda que en 2004, cuando presentó en Cannes “Kill Bill” Vol. 2 era un genio del cine y es aún en este 2026  un genio del cine… o más bien, un excelente genio sampleador de momentos ya vistos en el cine y reconvertidos en su mesa de DJ fílmico en algo nuevo y vibrante.

Un mago capaz de transformar un déjà vu (algo ya visto) en un jamais vu (algo nunca antes visto). ¿No es acaso eso lo que intentamos hacer todos los que escribimos ficción cuando sacamos de nuestro fuero interno lo que nos mueve y que es algo viejo y del pasado para intentar mostrarlo a los demás como algo nuevo para que los mueva y emocione aquí y ahora?

Podemos bucear -de nuevo- cómo se ha hecho miles de veces antes en las referencias y citas y homenajes de “Kill Bill” Vol. 1 y Vol. 2. Podemos correr el velo de los tributos y dejar al desnudo las copias y referencias… El cine de kung fu de los años 70,  los spaghetti westerns y a las películas japonesas de samuráis, haciendo referencia principalmente a “Lady Snowblood” (1973) por su trama de venganza, “Game of Death” (1978) por el traje amarillo y “Five Fingers of Death” (1972) por el efecto sonoro de la “Sirena de ira”.

Sin embargo, esa condición de pastiche kitsch, de última acción de post-post modernismo, no es solo un recurso nostálgico: se trata de una vital acción humana que consiste en atesorar lo que nos ha hecho amar, odiar y emocionarnos en el obtuso consumo de la cultura pop. Se trata de persistir en recordar aquello que nos ha hecho sentir… algo especial, algo fuera de este mundo.

El sampleo de Tarantino entonces a las miles de horas de vuelo que invirtió viendo desde niño TV, VHS de los videoclubs y programas dobles en los cines de  LA, trivialidades que a nadie más pareció importarle demasiado, él supo valorarlas, registrarlas y almacenarlas en su cabeza… y volver a volcarlas en el mundo como películas suyas: títulos independientes y autónomos de los pecados de su autor.

Pero ¿se pueden analizar las películas sin su autor? Cahiers du Cinéma diría que no. Y coincido. “Kill Bill: The Whole Bloody Affair” es sin duda una película de su autor… de Tarantino.

Sin embargo, me resisto a la idea de sancionar o censurar una obra de arte sea cual sea el caso. Es como culpar a los hijos por las faltas de los padres. Si uno censura una pieza de arte, seríamos iguales que nuestros némesis, aquellos personeros que en Estados Unidos y Norteamérica se encuentran prohibiendo desde los estamentos públicos libros para ellos problemáticos, como los de Isabel Allende o Gabriel García Márquez.

¿Solución? No sé si hay una. Pero la mía sería algo así: Al igual que Tarantino o Scorsese o cualquier cinéfilo hijo de vecino, por ejemplo, me parece sensato reclamar en buena ley el derecho a tener un banco de datos propio en la cabeza con las películas, libros, discos que nos han tocado, cambiado, transformado y mejorado de algún modo.

Para mi generación, “Kill Bill” es una de esas películas, es una de esas bandas sonoras que quedaron grabadas a fuego en los surcos de nuestros cerebros. Es el refrito del refrito. De acuerdo. Pero a la vista de la evidencia, a veinte y tantos años del estreno del Vol. 1, “Kill Bill: The Whole Bloody Affair” en su debut en salas chilenas sirve para constatar que la venganza de La Novia (Uma Thurman) aún corta con su filosa katana Hattori Hanzo como si fuera la primera vez.

De alguna manera, las brutales mutilaciones de espada de Beatrix Kiddo -propinadas contra tanto doble de acción en la genial secuencia de House of Blue Leaves- han cortado de manera simbólica el cordón umbilical después de tanto tiempo. Esto puede ser así porque  la película “Kill Bill: The Whole Bloody Affair” se defiende y se para y se sostiene sola. Más aún, considerando que ahora se suman Vol. 1 y Vol. 2 en una sola experiencia, con material nuevo, una nueva escena de animé, retoques extras, nueva secuencia post-créditos, y de esta manera ambos volúmenes juntos están convertidos en una sola fuerza de la naturaleza: dos piezas unidas que se alejan y se distancian a cada paso nuevo que han aprendido a dar de las luces y sombras de su polémico autor.

“Kill Bill: The Whole Bloody Affair” se trata entonces de una experiencia de 4 horas y 35 minutos que ha envejecido de manera increíble. Que sigue respirando pura juventud y que parece hecha ayer. No hace dos décadas. Un sampleo de la vieja escuela que suena como nueva escuela. Un déjà vu (algo ya visto) convertido en un jamais vu (algo nunca antes visto).

Otra vez.

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