Con la publicación de «Su cadáver avanza hacia el mar», Galo Ghigliotto vuelve al cuento después de más de una década para reunir 8 relatos atravesados por la muerte, la memoria y las distintas formas que adopta la violencia en la vida cotidiana.
Publicado por (Puya editora), el nuevo sello de Editorial Cuneta, el volumen confirma algunas de las preocupaciones centrales de una obra que, desde la poesía, la narrativa y la traducción, ha explorado con insistencia las relaciones entre territorio, duelo, poder y lenguaje.
Escritor, traductor, editor y gestor cultural, Galo Ghigliotto (Valdivia, 1977) ha construido una trayectoria consistente en la literatura chilena contemporánea.
Autor de los libros de poesía ‘Valdivia’, ‘Bonnie&Clyde’, ‘Aeropuerto’ y ‘Monosúper’; del volumen de cuentos ‘A cada rato el fin del mundo’; y de las novelas ‘Matar al Mandinga’, distinguida con el Premio Municipal Juegos Literarios Gabriela Mistral, y ‘El museo de la bruma’, ganadora del Premio Mejores Obras Literarias 2020, su obra ha explorado de manera persistente la memoria, el territorio, la violencia y el duelo.
Como traductor, ha llevado al español a autores como Annie Ernaux, Antonin Artaud y Daniel Borzutzky, mientras que su labor como impulsor de La Furia del Libro lo ha convertido en una figura clave para el desarrollo de las editoriales independientes y la bibliodiversidad en Chile.
A propósito de la publicación de «Su cadáver avanza hacia el mar», conversamos con Galo Ghigliotto sobre el vínculo entre literatura y política, las búsquedas que han marcado su escritura, el panorama de la narrativa chilena, el rol de las editoriales independientes y los desafíos que enfrenta hoy la cultura en nuestro país.
-Tus cuentos no son panfletarios, pero sí muestran relaciones de poder, violencia y desigualdad. ¿Crees que toda literatura es política, incluso cuando no pretende serlo?
Creo que sí, pero no solo en un sentido ideológico. Una literatura puede ser política porque muestra formas de convivencia y nos da la opción de juzgar incluso cuando no hay una ideología explícita. Puede ser política no porque hable de partidos, gobiernos o consignas, sino porque muestra de qué manera se organizan las relaciones humanas: quién tiene poder y cómo lo ejerce, quién puede contar su versión o quién no puede hacerlo. Incluso una historia íntima o familiar puede ser profundamente política.
Pero no me gusta escribir desde las ideas. Me parece pretencioso. Cuando empecé a escribir interesado en temas políticos, la primera forma fue panfletaria. Con el paso del tiempo entendí que quien declara no tiene que ser el narrador, sino los personajes; y estos, a su vez, no solo con sus palabras, sino con sus actos.
Hay una novela de Guebel que se llama «El terrorista», en la que acusan al protagonista de haber hecho estallar edificios gubernamentales, pero aunque no había sido él, decide asumir la culpa como para tener algo que decir de su vida. Y esa novela me dejó una pregunta: ¿solo es terrorista el que perpetra los actos o también quien asume la convicción? O puesto en otro contexto: en Chile, ¿solo fueron golpistas quienes tomaron las armas, torturaron o ejecutaron directamente, o también quienes sostuvieron, justificaron y se beneficiaron de esa violencia?
-¿Qué conversaciones te gustaría que generara este libro entre sus lectores? ¿Hay preguntas que esperas que permanezcan abiertas después de la lectura?
No me atrevería ni siquiera a pretender que se hable del libro, lo que no significa que no me gustaría. Además, hay muchos tipos de lectores y, dentro de esos distintos tipos de lectores, hay diferentes convicciones sobre lo que debe ser una cosa u otra. Ahora que me veo en la posición de responder a esta pregunta, creo que puedo decir que no pienso mucho en la idea que el lector se hará cuando escribo; eso puede ser intimidante.
Solo pretendo cumplir con un consejo que Romain Gary dio en alguna parte: el escritor tiene que ser como un botones de hotel, que recibe al pasajero, lo conduce a la habitación y le entrega las llaves para que entre por su cuenta. Me interesa esa libertad. Que el lector entre solo, mire lo que quiera mirar, se incomode donde tenga que incomodarse y se haga sus propias preguntas.
Quizás eso es lo más importante: no dirigir demasiado la lectura, sino dejar abiertas ciertas zonas para que cada quien decida qué juzga, qué comprende, qué le resulta imperdonable o qué, incluso, le produce una forma inesperada de piedad.
-En tus cuentos aparece con frecuencia la memoria. En un país donde la disputa por la memoria sigue siendo un tema político, ¿crees que la literatura tiene una responsabilidad particular frente a ese debate?
Sí, pero no me gusta ver la narrativa solo como archivo. Creo que una escritura literaria, aunque sea autobiográfica, aunque sea testimonial, siempre se transforma en ficción. Pienso que la literatura tiene que ser más que una constancia dejada en un retén o un testimonio entregado en un juicio. La literatura trabaja con zonas más ambiguas, donde los vacíos también narran.
En Chile, por supuesto, hay versiones enfrentadas sobre lo ocurrido: todavía hay sectores que niegan, relativizan o justifican la dictadura, la tortura, la persecución y la desaparición. Pero esas versiones no son equivalentes. No me interesa presentar el horror de la dictadura como si fuera un tema abierto al equilibrio entre opiniones. Hubo crímenes, hubo víctimas, hubo responsables y hubo también una sociedad que en parte sostuvo, justificó o prefirió no mirar.
Justamente por eso creo que hay que encontrar formas de volver a activar esa memoria, de refrescarla, de hacer que llegue incluso a quienes creen que ya la conocen o a quienes se han acostumbrado a escucharla como un discurso cerrado.
A veces, cuando una forma de enunciar se vuelve demasiado fija, deja de afectar. Y la literatura puede buscar otros caminos: entrar por una zona lateral, por un personaje derivado, por una escena mínima, por una herida que aparece desplazada en otra parte. No para suavizar lo ocurrido, sino para impedir que se vuelva una fórmula que algunos oyen sin escuchar.
-¿Crees que este libro marca el cierre de una etapa en tu escritura o sientes que abre un nuevo camino para los próximos proyectos?
Creo que hace ambas cosas. Por un lado, reúne cuentos escritos en distintos momentos, algunos muy separados entre sí, y en ese sentido cierra una etapa larga de trabajo. Pero no estoy seguro de que extinga mi interés por los temas que lo componen. Llevo mucho tiempo tratando de armar un libro que me ha resultado muy, muy desafiante. Y aunque está basado en un personaje real, en una persona a la que quise mucho, esa historia no está exenta de la oscuridad que podemos presenciar en estos cuentos.
También siento que este libro me deja más consciente de ciertas formas que me interesan: relatos que no siempre parecen relatos en el sentido tradicional, textos que pueden acercarse a una declaración, a un informe, a una voz oral, a un documento, a una confesión torcida. Me interesa esa zona en que la forma no acompaña simplemente a la historia, sino que también la contamina.
-¿Cómo observas hoy el panorama de la narrativa chilena? ¿Hay temas, voces o búsquedas que te parezcan especialmente interesantes en la literatura actual? ¿Qué temáticas se están abordando?
Veo una narrativa chilena muy diversa, mucho más amplia que la que existía hace 20 años en términos de procedencias, registros y formas de circulación. Eso hace que ya no haya una sola idea de «la narrativa chilena». Hay muchos centros, muchas periferias, muchas maneras de escribir y de leer. Eso es saludable.
También me parece que ha habido un giro interesante hacia formas de narrar que vuelven a dialogar con cierta tradición clásica, después de casi 20 años en que la narrativa chilena estuvo muy marcada, casi en bloque, por la autobiografía o por una autoficción a veces mal entendida. Patricia Espinosa habló muy acertadamente de la «novela selfie», y creo que ese diagnóstico iluminó bastante bien una zona de la producción de esos años.
No es que la autobiografía o la autoficción sean en sí mismas un problema; hay obras extraordinarias en esa línea. El problema es cuando se vuelven una fórmula, una restricción, una manera casi obligatoria de legitimar la escritura desde la experiencia personal inmediata.
Hoy veo una apertura mayor: narraciones que vuelven a la imaginación, a la construcción de mundo, a la trama, a personajes que no son necesariamente una proyección transparente del autor. Me interesan especialmente los libros que no intentan parecer universales borrando su lugar de origen, sino al revés: los que confían en la precisión de una lengua, de un territorio, de una experiencia concreta.
Hay muchos nombres, así que no quisiera reducir el panorama a una lista, pero creo que la obra de Alejandra Costamagna y de Lina Meruane es muy potente y coherente consigo misma.
-Fuiste uno de los impulsores de La Furia del Libro, un espacio que cambió la circulación de editoriales independientes en el país. Mirando ese recorrido, ¿qué crees que ha significado para la bibliodiversidad chilena?
Creo que La Furia del Libro ha sido una plataforma importante para el surgimiento, la visibilidad y el crecimiento de las editoriales independientes en Chile. Tal vez suena un poco pretencioso decirlo así, pero creo que es cierto: cuando partimos, el ecosistema independiente era mucho más reducido; había una veintena de editoriales circulando con dificultad, y hoy hablamos de cientos de proyectos editoriales, con catálogos, líneas estéticas y apuestas políticas muy diversas.
Por supuesto, ese crecimiento no se debe solo a La Furia. Sería absurdo pensarlo así. Pero sí creo que la feria ofreció un espacio de encuentro, circulación y legitimación que permitió que muchas editoriales llegaran a nuevos lectores, se conocieran entre ellas y pudieran sostenerse en el tiempo. Y al existir más editoriales, también se abrieron más espacios para autores emergentes, para escrituras menos visibles y para contenidos que probablemente no habrían encontrado lugar en los circuitos más tradicionales.
En ese sentido, La Furia ha aportado a la bibliodiversidad no solo porque reúne muchos libros, sino porque ha ayudado a que existan más caminos para publicar, leer y circular. La bibliodiversidad no es una palabra bonita: implica condiciones concretas para que haya más voces, más catálogos, más riesgos editoriales y más posibilidades de encuentro entre libros y lectores.
-La Furia del Libro nació como una alternativa a los circuitos tradicionales. ¿Sientes que ese espíritu sigue siendo necesario o el panorama editorial ha cambiado de manera significativa?
El panorama cambió mucho, pero ese espíritu sigue siendo necesario. Hoy hay más editoriales independientes, más ferias, más librerías interesadas en catálogos pequeños, más lectores atentos a otras propuestas. Pero los problemas estructurales siguen ahí: concentración, dificultades de distribución, costos altos, precariedad, poca presencia territorial, políticas públicas insuficientes.
Una feria independiente no puede quedarse congelada en la nostalgia de su origen. Tiene que preguntarse todo el tiempo qué significa ser alternativa en un contexto que cambia. A veces ser alternativa no es solo estar fuera del circuito dominante, sino crear nuevas formas de relación entre editoriales, lectores, instituciones, librerías y comunidades. El desafío es no perder esa energía crítica mientras se crece y se vuelve más visible.
-¿Crees que en Chile existe una comprensión suficiente de la cultura como un derecho y no solo como un bien de consumo?
Creo que esa idea está instalada en el discurso, pero no siempre en las prácticas. Se habla de la cultura como derecho, pero muchas veces se la sigue tratando como evento, decoración, producto o indicador de gestión. Si la cultura fuera entendida realmente como un derecho, habría una preocupación mucho más seria por el acceso, la formación de públicos y la sostenibilidad de quienes trabajan en el sector.
El libro, en particular, suele quedar atrapado entre dos miradas: o se lo piensa como mercancía o se lo piensa como objeto casi sagrado. Pero también es una herramienta de ciudadanía, de imaginación, de memoria y de pensamiento crítico. Para que eso funcione, no basta con publicar libros: hay que crear condiciones para que existan lectores.
-¿Cómo observas el rol del Estado en materia de cultura y libro? ¿Crees que existe una política consistente?
Ha habido avances importantes, pero cuesta hablar de una política realmente consistente. Muchas veces dependemos de fondos concursables, programas fragmentados o iniciativas que cambian según autoridades, presupuestos o énfasis de cada administración. Eso genera inestabilidad y obliga a los agentes culturales a vivir postulando, justificando y sobreviviendo de proyecto en proyecto.
Una política del libro debería pensar la cadena completa: creación, edición, impresión, distribución, librerías, bibliotecas, mediación lectora, internacionalización, archivo. Y debería hacerlo con perspectiva territorial, no solo desde Santiago. El Estado tiene un rol clave, pero ese rol no puede reducirse a financiar eventos o entregar fondos. Tiene que construir infraestructura cultural de largo plazo.
-¿Qué papel cumplen hoy las editoriales independientes en la construcción del debate cultural? ¿Es posible sostener un proyecto editorial independiente sin asumir, de alguna manera, una posición política respecto de la cultura y la circulación del conocimiento?
Las editoriales independientes cumplen un papel fundamental porque muchas veces publican aquello que no tiene lugar inmediato en el mercado más concentrado. Ahí aparecen libros menos evidentes, autores nuevos y apuestas que no responden necesariamente a una lógica de rentabilidad inmediata.
Creo que sostener un proyecto editorial independiente ya implica una posición política, incluso si no se formula como militancia. Decidir qué publicar, cómo circular, qué precio poner, con quién trabajar, cómo relacionarse con librerías y lectores, todo eso expresa una idea de cultura. La independencia no es pureza ni marginalidad; es una forma de disputar sentido en un ecosistema donde la concentración tiende a reducir la diversidad.
-Si tuvieras que pensar el panorama cultural chileno de los próximos diez años, ¿qué te preocupa y qué te da esperanza?
Me preocupa la precarización del trabajo cultural, la concentración de la circulación, el debilitamiento de la lectura y la posibilidad de que la cultura quede cada vez más sometida a lógicas de visibilidad inmediata. También me preocupa que las redes sociales hayan impuesto una velocidad que muchas veces va en contra de los procesos largos, silenciosos y complejos que necesitan los libros.
Pero también me da esperanza la cantidad de personas que siguen creando, editando, leyendo, organizando ferias, abriendo librerías, levantando proyectos en regiones, traduciendo, haciendo talleres, formando comunidades. Hay una energía muy persistente en el mundo cultural chileno, incluso en condiciones difíciles.
La cultura chilena ha sobrevivido muchas veces gracias a esa mezcla de tozudez y entusiasmo. Ojalá en los próximos años tenga mejores condiciones.

