Reseña literaria

El regreso de «Torito» Callulaf y otros relatos provincianos, de Jaime Huenún: Un pequeño laboratorio de literatura superviviente

"De estructura sencilla, casi lineal –con pocos y sencillos ornamentos: el salto temporal–, los cuentos de 'El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos' rememoran esos relatos que han existido siempre junto al fuego y sus brebajes, a modo de remembranza de un pueblo que se niega a desintegrarse".

El regreso de «Torito» Callulaf y otros relatos provincianos, de Jaime Huenún: Un pequeño laboratorio de literatura superviviente

Por Cristian Salgado Poehlmann

Parto de atrás para adelante, con el juicio. El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos –primer libro de narrativa en la carrera del poeta esencial Jaime Huenún Villa (Valdivia, 1967)– es un volumen de cuentos sorprendente.

Nada significativo, dirán ustedes, pues es de común acuerdo que todo poeta que transita hacia la ficción en prosa es exitoso. Falso, pues. Basta con recordar las incursiones en estas lides de Raúl Zurita, Friedrich Hölderlin y Novalis. Lo significativo aquí es que los cuentos de Huenún cautivan.

En mi función de lector no puedo dejar de mencionar que los 16 textos que componen el volumen recuerdan al glorioso Vidas imaginarias (1896), de Marcel Schwob. Esto por dos razones. Primero, porque cuentos-cuentos no son. Al menos no en el sentido tradicional del término. Más bien se trata de perfiles. Es posible que incluso en ocasiones solo de imágenes.

De esta forma averiguamos la vida en torno a la población Nueva Esperanza, ubicada en Osorno, y su cantina, propiedad de los padres del autor de Ceremonias (1999), lugar donde Huenún trabajaba.

“De sol a sol se trabajaba durante tres días seguidos, con apenas algunos breves descansos para dormir y dar del agotado cuerpo. Días pavorosos en verdad, en los que había que vender el máximo posible y así ‘salvar el año’”, cuenta Juan en “Antiguamente”, del trabajo “durante los patrioteros feriados de septiembre” junto al “violento padre huilliche” y la madre “chispeante e incansable”.

Son los parroquianos que acudieron a la cantina Esperanza la materia prima para el contenido de El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos. Huenún escribe, principalmente, acerca de las 3 últimas décadas del siglo XX.

La segunda señal que alerta de una conexión con la obra de Schwob es el punto de fuga de la propia escritura de El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos. Hay una intención específica de ficcionalizar las memorias, género que de por sí configura un narrador inexistente o utópico, que busca congeniar un sujeto del pasado (el que vivió la experiencia), con el que está recordando (responsable de poner en papel lo vivido).

Si no me acuerdo mal, es Freud el que dice que muchos de los recuerdos remotos son constructos de la imaginación, ya que en tales introspecciones uno se ve a sí mismo como parte de la escena, cosa que no sucede en la experiencia directa (Roberto Merino dixit).

Sobre la colección de relatos de Schwob, dice Borges: “inventó un método curioso. Los protagonistas son reales; los hechos pueden ser fabulosos y no pocas veces fantásticos. El sabor peculiar de esta obra está en ese vaivén”. La escritura de El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos se encuentra en un umbral de tiempos y procedimientos, entre la verdad recordada y la invención poética.

El epónimo de lo anterior es el último cuento del libro, “Odiar al campeón”: “Eso quedó más que claro el día domingo 1 de junio de 1980. Ese día, a las 5:15 de la mañana hora de Chile, Turra debió enfrentar en el Gimnasio de la Prefectura de la ciudad de Kochi al monarca mundial, un japonés de bigotes y pelo afro que nadie en estos pagos conocía. El gladiador osornino había ya disputado tres veces el título del mundo y tres veces había llorado virilmente sus decorosas derrotas. La cuarta es la vencida, decían todos, esperando que su derecha de hierro fulminara la quijada del japonés prepotente y mal encarado. En el barrio, esa noche nadie durmió, aguardando ansiosos la transmisión vía satélite desde el exótico país oriental”. Respecto de qué es real y qué no, es algo que queda a expensas de la sagacidad del lector.

“A eso de las seis de la tarde mi abuela ahorcó a la perra”, cuenta Jaime, narrador y cantinero al mismo tiempo, en el segundo cuento del volumen, a través del cual desciframos por qué se vuelve necesario colgar de un manzano al animal. “Temófila” nos congrega en torno al terrible huitranalhue y sus horrores repletos de vísceras y olores úricos. “Pantera” es sencillito: puro y tremebundo alcoholismo. Y así.

Jaime Huenún. Foto de Alvaro de la Fuente / DialogoProd.

Nuestra experiencia común de la literatura está determinada por el lenguaje y el ritmo de las frases. Como las calles por donde transitamos –tramos y cruces–, lugares encuentro donde nos reconocemos, comparamos y reinventamos. Es a partir de ahí donde inician nuestros desplazamientos psicológicos. La salida. Quizá por eso muchos escritores asocian el caminar a su proceso creativo.

Los hay los escritores que escriben con una mayor proyección visual y los que con una menor. Con esto me refiero a aquellos que estiran la frase hasta volverla uniforme, llana, sin importar la extensión. Otros, en cambio, prefieren los riscos, las hendiduras, los cortes.

En este sentido el fraseo de los cuentos de El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos poseen el atractivo de contar con un lenguaje y ritmo que jamás aburren, hay una constante aparición de asombros lingüísticos.

La manera que Huenún adopta para contar tiene un claro dejo cotidiano, algo muy del sur, con terminología de la zona, y que al mismo tiempo nunca deja de ser universal. Se las arregla para sonar arpado, no tropieza en esta conjunción de mundos. Florece aquí con propiedad su arrojo de poeta de todos estos años.

En mi recuerdo como comentador de libros, estos aparecen, la mayor parte del tiempo, como objetos cerrados sobre sí mismos. Reconozco mi obsesión por su arquitectura. Desde las páginas de El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos comencé a vislumbrar, con todo, algo todavía más interesante. Tiene que ver con la lectura del mundo que un escrito nos permite realizar.

“Leer el mundo de los otros para relacionarlo con el mundo propio y entender las diferentes expresiones”, en palabras de la colombiana Ana García. Prosigue: “Antes de hablar, percibimos lo que nos rodea, en imágenes, en acciones, olores, sabores, sonidos, y después comprendemos lo que queremos decir. Para hacer ese proceso es indispensable conocer esos estímulos desde los sentidos, pues solo así se hace un contexto de la palabra que está por surgir, cargada de un sentido íntimo y colectivo para nuestro interlocutor”.

Más allá de sus artificios, me doy cuenta de que El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos es un volumen de cuentos sorprendente porque está cargado de un tipo de palabra que me atrevo a llamar mágica. Sucede en muchas de las piezas de su último libro: un máximo potencial expresivo exacto.

Contrario a un diario de duelo, El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos es un libro celebratorio, pues lucha y triunfa contra la borrasca de la muerte y el olvido. Un mérito digno de ser temido, pues buena parte de los discursos de las minorías se conforman con la lamentación.

El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos desafía, asimismo, una forma de leer. Vuelvo a citar a Ana García: “Nos hemos concentrado tanto en la expresión del mundo en una memorización mecánica de la palabra que hemos obviado la existencia material y su reconocimiento a través de los sentidos para aprehender el mundo a través de la experiencia. Todavía no hay suficientes herramientas que nos lleven a relacionarnos con el texto desde la percepción; pensamos que leer un texto tiene como objetivo primordial entenderlo y olvidamos que leer también es sentir”.

La otra –digámoslo así– virtud de estos cuentos es que se hacen cargo de extrapolar la experiencia de lectura mediante el placer estético –el placer que otorga la palabra– para ayudarnos a darnos cuenta de que, como decía Paulo Freire, ninguna lectura es definitiva, y de que cuando nos acercamos a cualquier texto, lo que estamos haciendo es una relectura del mundo.

En cuanto a la escritura digital en este contexto probablemente también ha hecho lo suyo: disminuir la fuerza para evocar imágenes que despierten percepciones. A la contra de esta realidad, Huenún utiliza como arma de guerra la tradición oral, por más paradójico que suene, en un libro de cuentos impreso.

De estructura sencilla, casi lineal –con pocos y sencillos ornamentos: el salto temporal–, los cuentos de El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos rememoran esos relatos que han existido siempre junto al fuego y sus brebajes, a modo de remembranza de un pueblo que se niega a desintegrarse.

La leyenda, la reivindicación de la pequeña historia, que con el paso del tiempo se vuelve sagrada, precisamente gracias a la repetición de ese pequeño acto carnífice. Mi impresión es que Huenún conoce perfectamente la potencialidad de la voz como instrumento y la memoria como almacenador de pequeñas historias y vuelve este libro un pequeño laboratorio de literatura superviviente.

No hubiese resultado extraño que El regreso de “Torito” Callulaf y otros relatos provincianos, de haber sido publicado por otra editora, y con un poquito de tejemaneje, hubiese sido vendida como “novela contemporánea fragmentaria coral cuyos capítulos independientes terminan conectándose entre sí. Exige extremas y activas competencias lectoras”.

Pero LOM trabaja tradicionalmente, lo que se agradece. La mercantilización de las publicaciones porque los libros de cuentos no venden es algo a lo que hay que pelearle a la contra.

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