Entrevista a Elisa Clark: «Gabriela Mistral se ha liberado de una visión oficial y de quienes por muchos años intentaron adueñársela»

De bibliotecas, archivos, seudónimos, melodramas, la libertad de la lectura y el desafío de escribir a partir del legado mistraliano conversan los escritores Cristian Geisse y Elisa Clark.

Entrevista a Elisa Clark: «Gabriela Mistral se ha liberado de una visión oficial y de quienes por muchos años intentaron adueñársela»

Por Cristian Geisse Navarro
Foto: Álvaro Hoppe Guiñez

Oye Gabriela (Cuatro Propio 2025) es un libro punzante que perfectamente podría abrir tajos dentro de nuestro panorama literario. Es una novela en clave que soporta distintas lecturas, repleta de nombres encubiertos. Todos quienes han habitado el mundo en torno a los baúles de Santa Bárbara reconocerán fácilmente a los personajes enmascarados.

El relato nos presenta una visión despiadada de las mezquindades de nuestros campos culturales, sobre todo enfocada en el mundo de amantes, “esclavos”, “sirvientes” y parásitos de Gabriela Mistral, donde escritores, investigadores, biógrafos y académicos se mueven con truculencia y desesperación en bibliotecas, universidades, embajadas, talleres y presentaciones, tanto en Estados Unidos como en Chile.

La protagonista es una investigadora puertorriqueña encerrada en la Biblioteca Central, en medio de una profunda angustia por redactar una ponencia sobre Mistral.

Una serie de subtramas expanden este mundo a la vida académica y literaria de nuestro país, tanto dentro de nuestras fronteras como en el exterior: un taller literario donde diferentes escritores buscan hacer carrera, un prestigioso novelista chileno y sus oscuros diarios, las cartas de una de las enamoradas y servidoras de Mistral son parte de este relato que nos entrega un crudo y grotesco retrato de las formas de vivir la literatura en Latinoamérica.

Conversamos con su autora para desentrañar elementos claves de este notable texto en el que los límites de la realidad y la ficción se diluyen.

Quisiera partir con una pregunta con trampa: ¿con quién voy a hablar? ¿Con Elisa Montesinos o con Elisa Clark? Me parece una pregunta para nada insignificante, tomando en cuenta que Gabriela Mistral era algo así como un personaje, una máscara, una personae creada por Lucila Godoy Alcayaga.

-Haciendo mofa de la coyuntura política, te digo: depende. Me gustaría que fuera más con Elisa Clark o con cualquiera de mis heterónimos. Fuera de bromas, solo tuve otra personalidad poética antes. Mientras escribía una novela de viaje con el nombre Alina Reyes, tomado de un relato de Cortázar, descubrí que alguien se me había adelantado y era muy famosa en Francia, Europa y varios otros países, incluso de habla hispana. Así que en la novela intenté ahogar en una playa mexicana a la autora del libro. Quiero volver a publicarlo porque la primera edición constaba de ejemplares encuadernados y cosidos a mano que circularon poco, pues los vendía o regalaba en mi periplo por distintos países. Estoy pensando alterar el seudónimo y chilenizarlo en una próxima publicación.

Y en relación a la pregunta, me encantan los seudónimos y creo que en algunos casos son necesarios para escribir con más libertad, para construirse una personalidad literaria, para llamar la atención o generar un pequeño misterio, o simplemente para separarse del yo más funcional o funcionario.

Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga –que hoy suena bastante interesante y misterioso como nombre literario– tomó su nombre de dos escritores franceses célebres, uno de ellos Nobel. Lo mío fue bastante más mundano, aunque no podrán decir que no tengo calle: viviendo en Nueva York, andaba buscando nombre después de haber liquidado el anterior; vine de visita a Chile y pasé por el barrio Yungay. Crucé una calle corta que se llama Elisa Clark y sentí que me estaba esperando.

Me gustó porque me permitía conservar mi nombre real e introducir un apellido que sonara “gringo” o extranjero. Y además se podía fantasear una posible parentela imaginaria con Gordon Matta-Clark, artista y arquitecto legendario, hijo –dicen– no tan querido de Roberto Matta.

Es un tema que da para mucho: somos múltiples, complejos, contradictorios, encerramos tal vez varias personalidades. Así que hoy vas a hablar con ambas.

Cuéntanos sobre el origen del libro.

-El libro se origina en Nueva York, donde me ganaba la vida escribiendo para periódicos en español y por momentos “pelando el ajo”, como se dice en buen chileno.

Cuando murió Doris Dana, se me presentó esa oportunidad para la cual me había preparado tomando ramos de literatura mientras estudiaba periodismo y haciendo un magíster a medias, antes de irme de viaje a distintos países y terminar en Estados Unidos. Allí recibí un llamado de un diario chileno y me desafiaron a encontrar a la sobrina y heredera de Doris Dana y entrevistarla. Encontré un número, llamé y era ella: Doris Atkinson.

Viajé a Massachusetts a entrevistarla y luego anduve como un año detrás de los papeles de Mistral, lo que conocemos ahora como “el legado mistraliano”. Viajé a distintas ciudades y entremedio tomaba notas que iban más para el lado literario que periodístico. Algunas de esas notas aportaban más vivacidad a mis artículos, pero mucho material quedaba fuera.

Cuando terminé esos trabajos y me senté a escribir con esos materiales, me entretuve bastante, también sufrí un montón y comencé a desplazarme hacia la ficción, la exageración, la anécdota, la pose, lo teatral.

El libro tiene una primera edición en 2020 por los Perros Románticos. ¿Hay alguna diferencia entre esa edición y ésta?

El libro fue corregido en algunos detalles, pero el mayor cambio es en cuanto al diseño, la nueva portada y las fotos que acompañan la edición, donde desarrollo un juego performativo en esto de la autora versus el personaje literario, los límites entre la ficción y la realidad.

En el libro, el lugar donde la investigadora queda encerrada se llama Biblioteca Central, pero en las fotos podrán reconocer la Biblioteca Nacional de Santiago, ese edificio que tanto me inspiró y me sigue inspirando. Cada vez que subo sus escaleras, se me agita el corazón, pues se cruza lo real, lo imaginario y sus múltiples combinaciones.

De 2020 a la actualidad han cambiado y se han enriquecido también las lecturas en torno a la novela. Me parece interesante destacar que más que tratarse de Mistral, es una historia en torno a sus papeles y a las disputas que provocan. Un crítico ha señalado que el verdadero protagonista es el archivo.

Oye Gabriela es –dice Bernardita Domage– una “roman a cléf”, una novela en clave, donde para todos quienes son cercanos a este mundo, los personajes encubiertos son reconocibles. Nos encontramos con directores de bibliotecas y museos, connotadas biógrafas norteamericanas, prestigiosos novelistas del Boom, académicos y críticos, un actor famoso con cargos diplomáticos otorgados por la Concertación, importantes novelistas chilenas que hacen clases en Nueva York y una escritora residente del Museo Gabriela Mistral de Vicuña. Sin embargo, a ti te han preguntado por los nombres que encubren esos personajes y has decidido no revelarlos, ¿por qué?

-Considero que la lectura es un espacio de libertad y hay que cuidarlo –ya que en varios otros espacios la libertad se ve amenazada–. Los libros se pueden quemar o censurar como en el pasado, pero como señalaba Doris Lessing, no pueden decirte cómo leer un libro.

“La biblioteca es la más democrática de las instituciones, porque nadie en absoluto puede decirnos qué leer, cuándo y cómo”, señaló la autora en su discurso de aceptación del Premio Nobel. Yo añadiría que tampoco te pueden decir cómo escribir un libro.

Generalmente los libros que se escriben para alabar a tal o cual persona son malos en cuanto a calidad literaria, y los mejores son aquellos en que el autor o la autora se deja llevar por un flujo creativo que rebasa nuestro entendimiento racional. Me interesa que cada uno pueda interactuar con el libro, entrar y salir, leerlo a su manera: leer un fragmento o varios, leer en otro orden, imaginar mundos posibles, reconocer historias o personas que tal vez ni yo misma conocí.

Es verdad que me inspiro en personas reales, y algunas escritoras y lectoras con ojo aguzado han logrado ver debajo del agua. Pero la realidad es un punto de partida, el resto está en la imaginación y no está en mis intenciones coartar las posibilidades de lectura de un libro, sino por el contrario, ampliarlas.

El libro presenta situaciones novelescas ancladas en sabrosos cahuines, como el de la investigadora chilena que se terceó con unos baúles “to be shipped to Chile”, quien los inventaría y publica un libro. Hechos que descubriste a lo largo de un año y medio de trabajo periodístico y de anotaciones al margen a partir de las cuales decidiste hacer una novela, en vez de una crónica. Háblanos de incidentes como ese y el porqué de tu decisión de trabajarlos en forma de ficción.

-Durante varios meses estuve siguiendo la deriva de los papeles de Mistral en Estados Unidos, que primero reunió Doris Atkinson en un departamento, pues estaban desperdigados en distintas propiedades de Doris Dana. Luego salieron en camión hacia la embajada de Chile en Washington D. C., cuando la heredera decidió donarlos al Estado chileno.

Posteriormente hubo varios obstáculos que se debieron sortear para que los documentos, cuadernos, cartas, manuscritos, libros y objetos pudieran partir rumbo a Chile. Todo eso era muy novelesco. En medio de ese ajetreo en el que estaba, descubrí la existencia real de un libro que da cuenta de la historia de los baúles y que fue sacado de circulación por Doris Dana, pero aún quedaban algunos pocos ejemplares. Tuve acceso a ese libro en una biblioteca y me gatilló mucha escritura.

Se aprecia una carnavalización del mundo que rodea a los investigadores de Gabriela Mistral, una muestra de lo no oficial, una caricatura grotesca y una sátira.

-No me lo propuse, pero poco a poco fueron apareciendo la exageración, la biblioteca como escenografía, los afectos vinculados al archivo. Hoy lo leo en conexión con las estrategias de resistencia de las minorías sexuales, de lo camp, una estética de la exageración, el artificio y cierto gusto por lo teatral y lo melodramático. Lo podemos ver en las Yeguas del Apocalipsis; está presente también en la narrativa de la propia Mistral sobre su vida. Pienso que los mismos materiales fueron dictando la forma de narrarlos.

El título Oye Gabriela –lo dice el epígrafe– se extrajo de un poema-canción de los Poetas Marcianos. Lo cito:

Oye Gabriela, es muy raro que te hayan convertido en un billete de a cinco lucas
Y a tu apellido en una marca de pisco,
Y eso pasó en vez de convertirte en más libros
Para los niños y los viejos
Para los viejos y los niños
Oye Gabriela, te invito un Mistral ICE

Me parece que hay una interpelación a Gabriela Mistral, una búsqueda de diálogo, una reivindicación después de años de manipulación de su imagen. Su presencia en la cultura popular, su utilización como imagen institucional y como marca comercial. ¿Puedes referirte a los cambios que percibes en la recepción y en la elaboración de la imagen pública de Mistral?

-Siento que ahora Mistral se ha liberado de una visión oficial y de quienes por muchos años intentaron adueñársela, lo que restringió no solo las lecturas de su obra, sino lo que se podía o no publicar sobre ella.

Ahora, con todos estos nuevos materiales digitalizados y al alcance de todxs, su figura se ha democratizado. Muchos creadores y creadoras se han inspirado en ella desde antes y actualmente lo siguen haciendo: hay poemas musicalizados, murales, pinturas; textos literarios de ficción y no ficción, de educación y de otros temas; además de nuevas antologías de su obra.

Cualquiera que tenga interés en investigar algún aspecto de su vida y obra puede encontrar sus manuscritos, cartas y fotografías en la Biblioteca Nacional Digital. Aún hay ciertos problemas de catalogación que dificultan llegar a lo específico que uno busca, pero es un gran trabajo el que se ha hecho y podría asegurar que hoy Mistral es más libre que cuando yo empecé a escribir la novela.

La homofobia seguirá existiendo siempre, pero cada vez se la condenará más y habrá menos personas que padezcan sus consecuencias, espero.

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